La esposa del conde

El intruso

Los caminos de la vida son misteriosos.

Nadie sabe adónde habrá de conducirlo cada sendero, ni qué rostro lo estará esperando al final de la ruta. Hay caminos que parecen cubiertos de flores y otros que, sin que uno lo advierta, se hunden poco a poco en la oscuridad.

Para el vizconde de Arlen y su familia, la fortuna parecía haber decidido sonreírles una vez más.

Y lo hacía con una crueldad casi perfecta.

Porque el destino, a veces, tiene la extraña costumbre de favorecer precisamente a quienes menos lo merecen.

Sofía era la más convencida de todos.

Aquella muchacha saltaba por la casa como una cierva joven que acabara de descubrir un mundo hecho exclusivamente para ella. Las faldas de su vestido se agitaban entre las flores, sus cabellos se mecían con la brisa y una sonrisa luminosa adornaba su rostro, como si nada en aquella vida pudiera alcanzarla.

Estaba segura de que aquella historia le pertenecía.

Ella era la protagonista.

Ella era quien debía vencer.

Ella era quien, después de todas las desgracias, habría de quedarse con el final feliz.

¿Acaso no era eso lo que les ocurría siempre a las protagonistas de las historias?

Sin embargo, aquella felicidad no estaba destinada a durar.

Al principio, nadie supo decir exactamente cuándo cambió el día.

Quizá fue cuando el viento dejó de cantar entre los árboles.

Quizá cuando las aves desaparecieron de las ramas.

O quizá cuando una sombra comenzó a extenderse lentamente sobre el jardín, devorando el azul del cielo.

Las nubes llegaron primero como manchas grises en el horizonte. Después se multiplicaron.

Se hicieron espesas, negras y en cuestión de minutos, el cielo entero parecía haber sido cubierto por un manto de luto.

La luz del día murió.

Los jardines, que poco antes resplandecían bajo el sol, quedaron sumergidos en una penumbra enfermiza. Las flores parecían haber perdido su color y los árboles se retorcían bajo el viento, golpeando las ventanas con sus ramas desnudas como dedos impacientes.

Entonces cayó el primer trueno, el estruendo hizo vibrar los cristales de la casa.

Un relámpago atravesó las ventanas y durante un instante iluminó los salones con una luz blanca y violenta, arrancando formas fantasmales de las paredes.

Después volvió la oscuridad con sus relámpagos, era como si el cielo estuviera anunciando algo.

Algo que ninguno de ellos podía comprender todavía, pero que, de alguna manera, todos podían sentir.

La inquietud se instaló en sus pechos sin pedir permiso.

Ofelia fue la primera en dejar de sonreír.

Sofía, aunque intentó conservar la expresión despreocupada, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Y Héctor...

Héctor no podía quedarse quieto.

Caminaba de un extremo al otro de la habitación con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Sus pasos resonaban sobre el suelo de madera con una insistencia desesperante.

Ofelia terminó por exhalar un suspiro de fastidio.

—¿Qué te pasa?

Héctor no respondió y siguió caminando.

—¿Acaso no puedes alegrarte con nosotras ni siquiera por un momento? —insistió ella, cruzándose de brazos—. ¿O sigues pensando en la mugrosa de Eleonor?

Aquellas palabras hicieron que Héctor se detuviera.

Giró lentamente la cabeza hacia ella, había algo extraño en sus ojos.

—Es que no entiendes...

Su voz salió más baja de lo habitual.

—Necesito encontrarla.

Sofía frunció el ceño.

—Padre deja de preocuparte por ella ¿te parece poco la invitación que acabamos de recibir? Todo es gracias a mí, mi hermana nunca ha hecho algo por la familia, si no la encuentras compra una mujer y vendérsela al viejo ese.

Otro relámpago iluminó el salón, por un instante, su rostro quedó completamente blanco.

—¿Y crees que aceptará tan fácilmente? Ya conoce a tu hermana y le parece hermosa, no se va conformar con otra mujer, además…¿que hago si el maldito de Lucian viene a cobrar la deuda antes de que la encuentre?

El nombre cayó sobre la habitación como una piedra dentro de un sepulcro y nadie respondió, incluso el viento pareció guardar silencio durante un instante.

Ofelia intentó disimular su incomodidad con una sonrisa.

—¿Lucian? ¿Otra vez con eso?

—No estoy bromeando.

Héctor tragó saliva.

—Dicen que aquella noche vino en persona.

Sofía dejó de jugar con su cabello.

—¿Vino aquí?

El trueno que siguió pareció confirmar sus palabras.

—Pero no llegó hasta la entrada —continuó Héctor—. La lluvia era demasiado fuerte. Algunos dicen que permaneció afuera durante varios minutos... observando.

Ofelia soltó una pequeña risa nerviosa.

—¿Observando qué?

Héctor levantó los ojos hacia las ventanas.

La lluvia comenzaba a golpear los cristales con una fuerza brutal.

—La casa.

Nadie volvió a reír.

—Y eso es lo que me preocupa —dijo él—. Porque si realmente vino hasta aquí, significa que ya no está dispuesto a esperar.

Sofía sintió que algo frío le recorría el cuerpo.

—¿Pues cuanto le debes?

—Demasiado… es por culpa de los malditos intereses.

Un relámpago desgarró el cielo, la habitación quedó blanca y entonces, en medio del estruendo, Héctor pronunció las palabras que ninguno de ellos quería escuchar:

—Es como todos dicen, por eso lo llaman “La peste de Ventor” destruye todo a su paso, seré uno más a los que deja en la ruina.

Expresó Hector temblando de miedo y afuera, algo golpeó una de las ventanas, los tres se volvieron al mismo tiempo, estaban llenos de miedo.

Entonces, las puertas del salón se abrieron de golpe, la criada apareció en el umbral, estaba pálida.

Tan pálida que por un instante pareció que la sangre había abandonado por completo su rostro. Respiraba con dificultad, y sus manos temblaban con tanta violencia que apenas podía mantenerlas juntas frente a su pecho.




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