La esposa del conde

Vendida

La tensión estaba a punto de estallar en la mansión de los Arlen.

El silencio que había descendido sobre el gran salón era tan denso que parecía haberse convertido en otra presencia dentro de la habitación. Las llamas de los candelabros temblaban débilmente, proyectando sombras deformes sobre las paredes cubiertas de retratos familiares.

Ofelia y Sofía se miraban sin saber qué decir, ninguna de las dos encontraba una palabra capaz de salvarlas.

Héctor, en cambio, temblaba de rabia.

Frente a él se encontraba Ermes, el criado de aquel hombre al que jamás habían debido pedirle dinero. Su aspecto no era particularmente monstruoso; de hecho, sentado en aquel elegante sillón, con una taza de porcelana entre los dedos, parecía casi fuera de lugar.

Casi.

Porque detrás de él había tres hombres tirados inconscientes sobre el mármol.

Y la enorme puerta de madera del salón yacía hecha pedazos a varios metros de distancia.

Ermes no parecía haberlo notado, dio otro sorbo a su té, con absoluta tranquilidad, como si aquella no fuera una mansión destrozada, como si no hubiera tres hombres desmayados en el suelo, como si no estuviera frente a una familia que, hasta hacía unas horas, se consideraba intocable.

—¿Y bueno?

La voz de Ermes rompió el silencio y levantó ligeramente una ceja.

—¿Por qué están tan callados? No crean que tengo toda la tarde.

El sonido de la taza al posarse sobre el platillo resonó en el salón.

Héctor apretó los puños.

—¿Y qué quieres que te digamos? —espetó, con la voz cargada de furia.

Ermes lo observó durante unos segundos y después sonrió.

—Que me expliquen como pagaran el adeudo.

Héctor frunció el ceño.

—¿Qué?

—Le deben un millón de Erlines a mi amo.

La expresión de Héctor se endureció.

—Eso ya lo sabemos.

—Me temo que no.

Ermes tomó nuevamente su taza.

—Con los intereses acumulados durante los meses de impago, la suma se ha triplicado.

Héctor palideció.

—¿¡Qué!?

Ermes bebió tranquilamente.

—Además, debido a que decidieron esconderse durante dos días y burlarse de mi señor, los intereses han aumentado otro veinte por ciento.

Por un instante nadie respiró y Héctor se levantó de golpe.

—¡Eso es una estupidez! ¡Es un abuso!

Su voz retumbó contra las paredes.

—¡Ni siquiera el banco cobra semejantes tarifas!

Ermes alzó lentamente los ojos hacia él, su expresión no cambió.

—El banco tampoco posee dinero suficiente para prestar las cantidades que mi amo ofrece.

Una pausa.

—Y, además, aquellos que solicitan sus servicios son perfectamente conscientes de los requisitos.

—¿Dónde decía semejante abuso? —rugió Héctor.

Ermes ladeó ligeramente la cabeza.

—En las letras pequeñas.

El silencio que siguió fue casi sobrenatural, Ofelia sintió que una vena palpitaba en su sien.

—Esto es inaudito. ¿Cómo se atreven a querer aprovecharse de nosotros?

Su voz se elevó con indignación.

—¿Acaso no saben quiénes somos?

Ermes la miró.

Ofelia se irguió, recuperando parte de la arrogancia que había perdido.

—¡Somos los Arlen! ¡Está hablando con el vizconde de Arlen y con su esposa, Ofelia, vizcondesa de estas tierras! Y, por si no lo sabías, criado miserable, ¡somos prácticamente familia de la emperatriz!

Ermes soltó una carcajada, no fue una risa estruendosa, fue peor, una risa breve, seca, incrédula.

Ofelia se quedó paralizada, su rostro se encendió de humillación.

—¿Qué te parece tan gracioso?

Ermes dejó la taza sobre el platillo.

—Dudo que la familia imperial quiera mantener lazos con gente como ustedes.

—¿Qué has dicho, insolente?

Ofelia avanzó furiosa y levantó la mano, estuvo a punto de abofetearlo, pero se detuvo, los dedos le temblaron en el aire, porque Ermes la estaba mirando.

Nada más.

No había levantado la voz.

No había hecho un movimiento amenazante.

Ni siquiera había cambiado de postura.

Y, sin embargo, Ofelia sintió un frío recorrerle la espalda, aquellos ojos no contenían ira, parecían estar llenos de repulsión.

Ermes volvió a tomar su té.

—¿De verdad creen que la gente ve bien a los deudores?

Nadie respondió.

—Tendrán que vender esta mansión y la mayor parte de sus tierras para pagar las deudas con mi amo.

Hizo una pequeña pausa.

—Y aun así no será suficiente.

Sofía tragó saliva.

—Tendrán que pedir préstamos al banco.

Ermes levantó un dedo.

—Y a sus conocidos.

Luego otro dedo.

—Después podrán pedir limosna o incluso venderse ustedes mismos.

Bajó lentamente la mano.

—Y quizá, solo quizá, con todo eso consigan reunir lo necesario.

—¡Padre!

Sofía dio un paso adelante, la rabia le temblaba en la voz.

—¿Vas a dejar que ese insolente siga insultándonos?

No estaba pensando en la deuda, ni siquiera en su padre, pensaba en su nombre, en su posición y en los rumores.

En todo aquello que había construido alrededor de la imagen de una joven noble destinada a convertirse en princesa heredera.

Y ahora aquel hombre estaba reduciéndolo todo a cenizas con unas cuantas palabras.

Héctor ya no respondió, el sudor corría por su frente, sus manos temblaban.

—Yo... no tengo ese dinero.

Su voz había perdido toda la arrogancia.

—¿Cómo podría conseguir una suma tan monstruosa?

Ermes lo contempló en silencio y su sonrisa desapareció.

—Entonces haga lo que le he dicho.

Se levantó, el simple movimiento hizo que Sofía retrocediera instintivamente.

Ermes alisó tranquilamente una arruga de su uniforme.

—A menos, claro, que tenga algo demasiado valioso como para ofrecerlo a cambio.

Nadie dijo una palabra.

Ermes caminó hacia la puerta destruida y se detuvo entre los restos de madera.

—Mi amo vendrá mañana mismo a cobrar su deuda.




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