La esposa del conde

Incertidumbre

La noche había caído sobre la mansión de Arlen como un sudario.

La tormenta se había ensañado con la ciudad durante horas, azotando los tejados con una furia casi sobrenatural. La lluvia golpeaba los ventanales como dedos impacientes, mientras los relámpagos desgarraban de cuando en cuando la oscuridad, iluminando los corredores vacíos y las estatuas de mármol que parecían observarlo todo con sus ojos muertos.

El vizconde de Arlen no había dormido.

Había pasado la noche entera junto a la ventana de su despacho, con el rostro hundido en sombras y una copa de vino intacta sobre la mesa. Cada minuto que transcurría sin noticias de Eleonor hacía que la angustia se le clavara más profundamente en el pecho.

Había ordenado a sus criados que la encontraran.

A cualquier precio.

—Quiero saber dónde está —había exigido—. Pregunten a todos. Mendigos, comerciantes, cocheros, sirvientes... a quien sea. Y si alguien se niega a hablar, páguele. No me importa cuánto.

Las monedas habían comenzado a cambiar de manos aquella misma noche.

Pero la tormenta había borrado las huellas, ahogado los rumores y convertido las calles en un laberinto de barro y sombras. Nadie parecía haber visto nada. Nadie sabía nada.

Hasta que, poco antes del amanecer, la suerte —o quizá la desgracia— llamó a las puertas de Arlen.

Un mendigo que solía rondar los alrededores de la mansión, buscando alguna moneda o un mendrugo de pan, fue llevado ante uno de los criados.

Temblaba de frío. Su ropa estaba empapada y su barba goteaba sobre el pecho.

—¿La señorita Eleonor? —preguntó después de recibir unas monedas—. Sí... creo que la vi.

La noticia llegó hasta Héctor como un relámpago.

—¿Qué has dicho?

—La vi aquella noche. Un hombre la llevaba en brazos.

Héctor se incorporó de golpe.

—¿Quién?

El mendigo tragó saliva.

—Un criado... o eso parecía. Pero tenía unos ojos... unos ojos rojos.

Por un instante, Héctor quedó inmóvil, después comenzó a reír, no era una risa alegre.

Era la risa desesperada de un hombre que acaba de encontrar la pieza que faltaba en un rompecabezas demasiado peligroso.

—¡Todo este tiempo ellos la tuvieron!

Su voz retumbó por el despacho.

—¡Todo este maldito tiempo!

La risa se transformó en una carcajada cargada de rabia.

—¿Cómo se atreve ese miserable criado a hacerse el loco? ¡Ese bastardo de Lucian sabe perfectamente que me tiene en sus manos!

Caminó de un extremo al otro del salón, apretando los puños.

Ahora lo entendía, Lucian no había perdido a Eleonor, la había tomado y eso significaba que la deuda seguía pendiente, el problema era que Héctor no tenía dinero suficiente para pagarla, pero sí tenía algo que podía vender, algo mucho más valioso.

Eleonor.

Una sonrisa fría se dibujó lentamente en sus labios, en cuanto saliera el sol, iría a la mansión del conde de Ballestas.

Su peor enemigo.

Y allí terminaría el trato.

En otra ala de la mansión, la desesperación tenía otro rostro, Ofelia caminaba de un lado a otro de la habitación de Sofía, sus pasos nerviosos golpeaban el suelo una y otra vez.

Tenía las manos entrelazadas y no dejaba de morderse el borde de las uñas.

—¡Esa maldita Eleonor no se cansa de ser un problema!

Su voz quebró el silencio de la habitación.

—¿Por qué diablos tenemos que estar pasando por todo esto?

Sofía permanecía sentada, rígida, con el rostro pálido y Ofelia se detuvo frente a ella.

—¿Y si la desgraciada está muerta?

Sofía levantó lentamente los ojos.

—Claro que no, a esa cosa ni los perros se la hubieran comido.

—¿Por qué no? ¡Es una posibilidad!

Ofelia se llevó ambas manos al cabello.

—Si Eleonor está muerta, te tocará ir en su lugar. ¿Lo entiendes? ¡Tendrás que ocupar su lugar y entonces nuestro plan para convertirte en princesa heredera se habrá ido a la basura!

El rostro de Sofía se contrajo, odiaba a Eleonor, la odiaba con una intensidad que jamás se había atrevido a confesar en voz alta, una parte de ella incluso deseaba que aquella muchacha desapareciera para siempre.

Pero no así, no todavía.

Porque muerta o desaparecida, Eleonor seguía teniendo el poder de destruir sus planes.

—Ponte a rezar —continuó Ofelia con desesperación—. Ruega al cielo que esa maldita esté viva y que la encuentren pronto. Solo así podremos seguir adelante con nuestros planes.

Sofía cerró los ojos durante unos segundos, sentía que las paredes comenzaban a estrecharse a su alrededor.

—Ya no aguanto más.

Se levantó de repente.

—Voy a dar una vuelta.

Ofelia la sujetó del brazo.

—¿Adónde crees que vas? ¿Que no vez que el clima es terrible allá afuera?

—¡Iré al jardín!

—¡Ahora?

—No quiero morirme aquí encerrada en esta angustia. Necesito pensar. Necesito respirar.

Ofelia la miró con desconfianza, pero Sofía ya había soltado su brazo y salió de la habitación sin mirar atrás.

El jardín estaba cubierto de humedad.

La tormenta había dejado las rosas inclinadas bajo el peso del agua y los senderos convertidos en estrechas cintas de barro. Una niebla tenue se arrastraba entre los arbustos, y las ramas de los árboles se mecían lentamente bajo el viento.

Sofía caminó sin rumbo, el silencio le pareció un alivio y respiró profundamente.

Quizá, pensó, todavía había una forma de salvarlo todo.

Quizá Eleonor aparecería.

Quizá...

Un ruido entre los arbustos la hizo detenerse.

Sofía frunció el ceño, miró hacia un lado y no veía nada, solo las hojas húmedas agitándose bajo la brisa y continuó caminando.

Entonces una mano surgió de entre los matorrales y le cubrió la boca, Sofía apenas tuvo tiempo de contener un grito.

—¡Mmmph!

Sofía forcejeó una vez más, intentando liberarse de aquella mano que le cubría la boca, entonces lo reconoció.




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