La esposa del conde

El peso de unas monedas

Sofía regresó a su habitación como si acabara de librarse de una sentencia de muerte.

Tarareaba una melodía bajo la respiración y, de vez en cuando, daba pequeños brincos por el pasillo, incapaz de ocultar la satisfacción que le provocaba su propio plan.

Cuando abrió la puerta, encontró a Ofelia esperándola, su madre la observó con el ceño profundamente fruncido.

—¿Acaso estás loca?

Sofía dejó escapar una risita.

—¿Por qué lo dices?

—¡Porque actúas como si no estuviera pasando nada! —Ofelia se acercó a ella—. ¿Cómo puedes estar tan despreocupada después de todo lo que acaba de suceder?

Sofía se dejó caer sobre la cama.

—Porque yo siempre me salgo con la mía.

Ofelia la miró, desconcertada.

—¿Qué?

—Aunque mi padre no encuentre a la estorbosa de mi hermana, yo no seré vendida para pagar esa deuda.

La sonrisa de Sofía se ensanchó.

—Así que deja de molestarme. Estoy cansada y tengo sueño.

Ofelia dio un paso hacia ella.

—¿De qué estás hablando?

Sofía se cubrió con una manta.

—Buenas noches, madre.

—¡Sofía! ¿Qué me estás ocultando?

Pero Sofía ya estaba levantándose.

Tomó a su madre del brazo, la condujo hasta la puerta y, antes de que Ofelia pudiera protestar, la empujó suavemente hacia el corredor.

—¡Sofía!

La puerta se cerró, el pestillo cayó y Sofía apoyó la espalda contra la madera y sonrió.

—Ay, Eleonor...

Miró hacia la ventana.

La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes oscuras.

—Viva o muerta, no vales nada.

Su sonrisa desapareció.

—Pero solo por esta vez...

Se metió en la cama.

—Más te vale aparecer pronto.

Mientras tanto, en otra parte de Valdoren, Octavio acababa de descubrir una verdad que le heló la sangre.

Había conseguido averiguar la cantidad exacta que el conde de Ballestas reclamaba, cuando escuchó la cifra, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, aquello no era una deuda que pudiera solucionarse con unas cuantas monedas, ni siquiera vendiendo algunas propiedades menores.

Era una fortuna.

Octavio regresó a su residencia en silencio, abrió la caja fuerte, contó sus ahorros, después revisó sus joyas, sus inversiones, todo.

El resultado era el mismo, no importaba cuánto reuniera, no alcanzaría.

—No...

Se pasó una mano por el rostro.

“Ni siquiera vendiendo todo lo que tengo podría salvarla.”

Entonces comprendió que solo quedaba una opción.

Sus padres.

Horas más tarde, Emiliano y Alexandra, condes de Valmon, fueron despertados por los golpes desesperados de su hijo en la puerta.

—¡Padre! ¡Madre!

Cuando finalmente estuvieron frente a él, Octavio se arrodilló, Alexandra abrió los ojos, sorprendida.

—Octavio, ¿qué estás haciendo?

Él levantó el rostro.

—Madre... padre...

Su voz temblaba.

—Por favor, concédanme su bendición.

Emiliano frunció el ceño.

—¿Para qué?

Octavio tomó aire.

—Quiero casarme con Sofía de Arlen.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Qué? —preguntó Alexandra.

—Quiero pedir su mano mañana.

Octavio apretó los puños.

—Ella es la mujer que amo.

Emiliano intercambió una mirada con su esposa.

—¿Tan rápido?

—No es algo repentino para mí.

—Pero nosotros no tenemos una buena relación con esa familia —respondió Emiliano—. Y esa muchacha...

Hizo una pausa.

—Tiene una reputación bastante cuestionable.

Octavio se puso de pie.

—¡Sofía es la dama más hermosa y virtuosa de todo Valdoren! ¡La están confundiendo con su hermana mayor Eleonor!

—Octavio...

—¡Sofía es la mujer de mis sueños!

Su voz resonó por toda la estancia.

—¡Es la única mujer con la que voy a casarme!

Emiliano endureció el rostro.

—No puedes hablarme en ese tono.

Octavio respiró profundamente.

Entonces dijo algo que dejó a ambos padres completamente inmóviles.

—Si no aprueban mi petición...

Los miró fijamente.

—No tendrán ningún heredero.

Alexandra se llevó una mano al pecho.

—¡Octavio!

—Jamás me casaré con otra mujer.

Emiliano permaneció en silencio.

Alexandra miró a su esposo.

—Nuestro hijo nunca nos ha pedido nada.

—Precisamente por eso debemos pensar con cuidado.

—Además —añadió Alexandra—, esa muchacha tiene buena reputación.

Emiliano soltó una risa incrédula.

—¿Buena reputación?

Se volvió hacia ella.

—¡Es la hija de la amante de Héctor!

Su expresión se endureció.

—¿Cómo puede ser un buen partido para nuestro único hijo?

Octavio volvió a arrodillarse.

—Por favor, padre, cuando conozcas a Sofía, la amarás.

Emiliano lo observó durante largo rato, finalmente, soltó un suspiro.

—Levántate.

Octavio levantó la cabeza.

—¿Eso significa...?

Alexandra tomó la mano de su esposo.

—Haz lo que quieras.

Los ojos de Octavio se iluminaron.

—Gracias.

El amanecer llegó lentamente, la tormenta había desaparecido, sobre los jardines de Arlen, una luz grisácea comenzaba a filtrarse entre las nubes.

Sofía despertó con una sonrisa, había dormido poco, pero se sentía extrañamente tranquila.

Se vistió y, antes de que el resto de la casa despertara por completo, salió hacia el lugar acordado.

El rincón estaba vacío, miró nuevamente alrededor.

Ni una bolsa.

Ni una caja.

Ni una sola joya.

Su sonrisa comenzó a desaparecer.

—No...

Miró detrás de los arbustos, entonces su rostro se transformó, la frustración dio paso a la furia.

—¡Inútil!

Golpeó el tronco de un árbol.

—¡Eres un inútil!

Miró hacia el cielo, completamente fuera de sí.

—¡¿Dónde está lo que prometiste?!

Sus manos temblaban, no había una sola moneda, ni una perla si quiera.




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