La esposa del conde

En la cueva del lobo

Las grandes puertas de hierro comenzaron a abrirse. Lo hicieron con una lentitud exasperante, arrastrando sus goznes oxidados en un alarido que se propagó por la entrada como el lamento de un espectro condenado a vagar por los inviernos más desolados del olvido.

El sonido se deslizó entre las columnas, arañó los muros y se perdió en algún lugar de aquella propiedad, donde ni siquiera el viento parecía atreverse a silbar sin permiso. Héctor sintió que el frío le penetraba los huesos.

Más allá de las rejas, el aire era distinto. No se trataba únicamente de una temperatura más baja, sino de algo más áspero, más hostil; un viento afilado que se colaba bajo sus ropas y le mordía la piel con dientes invisibles.

A su alrededor, la piedra oscura del camino parecía exudar humedad, mientras las sombras de los árboles se retorcían sobre el suelo como dedos deformes que trataran de aferrarse a sus tobillos. Pero no fue el viento lo que le hizo contener la respiración.

Fueron los ojos. Aquellos ojos húmedos, inmóviles, que lo aguardaban desde todos los rincones; ojos que parecían arañar el suelo de piedra incluso cuando sus dueños permanecían perfectamente quietos.

Criados apostados junto a las columnas, junto a los arbustos podados con una precisión enfermiza, detrás de los ventanales y bajo los arcos de la entrada. Ninguno hablaba. Ninguno parecía tener la menor intención de darle la bienvenida.

Todos lo observaban. Y, por alguna razón que no conseguía explicarse, Héctor tuvo la impresión de que no estaban mirando a un hombre, sino a una presa que había cometido la imprudencia de internarse en territorio ajeno.

Su corazón le trepó hasta la garganta. Había esperado encontrar a Ermes, aquel criado de ojos rojos cuya apariencia ya le había parecido suficientemente inquietante. Al menos sabía qué esperar de él: una mirada perturbadora, una cortesía desagradable, quizá alguna sonrisa que le erizara la piel. Sin embargo, el hombre que apareció ante él era otro. Un criado de unos cuarenta y cinco años, alto, fornido, de cabello completamente blanco y ojos azules tan fríos que parecían haber sido extraídos de un lago en pleno invierno.

Su rostro, surcado por la severidad, no revelaba sorpresa alguna ante la presencia del visitante. Tampoco curiosidad. Ni siquiera el más elemental de los saludos. Permaneció erguido frente a él, con las manos entrelazadas a la espalda y la expresión de quien lleva demasiado tiempo acostumbrado a contemplar desgracias ajenas. Héctor parpadeó. Había algo profundamente desconcertante en todos aquellos sirvientes. No era solo su aspecto intimidante, ni aquella forma de observarlo como si pudieran despojarlo de la piel con una mirada. Era la semejanza entre ellos. Una uniformidad casi antinatural en sus facciones, en la rigidez de sus posturas, en la imperturbabilidad de sus rostros. Como si un mismo escultor los hubiera tallado a partir de una sola piedra y, después, hubiera insuflado en cada uno una porción distinta de la misma crueldad.

Héctor tragó saliva y se aclaró la garganta.

—Eh… Yo soy el vizconde de Arlen. Mi nombre es Héctor y soy el padre de la mujer que tienen retenida en esta mansión sin mi consentimiento. He venido para…

—Adelante, lo escoltaré hasta el despacho de mi amo.

El hombre lo interrumpió sin alterar un solo músculo del rostro. Héctor se quedó con la boca entreabierta durante un instante. Ni una disculpa. Ni una pregunta. Ni la menor señal de que acababa de escuchar una acusación de semejante gravedad.

“Qué modales tan escasos”

Pensó, con una punzada de irritación que apenas consiguió imponerse al nerviosismo.

—Bien… Por supuesto.

El mayordomo se volvió y comenzó a caminar. Héctor lo siguió. Apenas había cruzado el umbral cuando tuvo la incómoda certeza de que acababa de dejar atrás el mundo de los vivos para internarse en uno de esos lugares que las viejas historias advertían no visitar después del anochecer.

El vestíbulo se alzaba sobre él como la nave de una catedral profana. Columnas de mármol negro sostenían un techo altísimo, perdido entre las sombras, y una inmensa lámpara de cristal pendía de cadenas oscuras, derramando una luz pálida que apenas lograba arrancarle destellos a la piedra pulida.

Los ventanales, cubiertos por cortinas de terciopelo, filtraban una claridad mortecina que teñía los corredores de un gris enfermizo. El aire olía a cera derretida, madera antigua y humedad. Bajo aquellos aromas persistía otro, más tenue y desagradable, semejante al de las flores olvidadas sobre una tumba.

Sus pasos resonaban sobre el suelo de mármol. Tac. Tac. Tac. Cada sonido parecía demasiado fuerte, demasiado vivo, como si la mansión entera permaneciera en silencio únicamente para escucharlo avanzar.

Héctor se frotó la nuca. Después miró a la izquierda. Luego a la derecha. No podía evitarlo. Una parte de su mente, la más cobarde y sensata, insistía en recordarle que aquella propiedad estaba llena de personas que lo observaban con una hostilidad apenas disimulada. En cualquier momento, pensaba, una flecha podía silbar desde algún corredor y atravesarle el cuello antes de que tuviera tiempo de comprender qué había ocurrido.

Se descubrió mirando las ventanas, las esquinas, los espacios oscuros entre las columnas. No había nada. Solo los criados. Y aquellos malditos ojos. Unos seguían sus movimientos con descaro; otros fingían estar ocupados, aunque Héctor podía sentir sus miradas deslizándose sobre su espalda como uñas recorriendo una tela.

Una doncella que sostenía una bandeja no inclinó la cabeza al verlo pasar. No sonrió. Ni siquiera pestañeó. Héctor aceleró el paso para no quedarse atrás del mayordomo.

“Maldita sea.” “¿Qué clase de gente vive aquí?” “Nunca había visto tan malos modales”

A medida que avanzaban, la mansión se revelaba más vasta y opulenta. Los corredores parecían multiplicarse detrás de cada arco; las paredes estaban adornadas con retratos de rostros severos, paisajes sombríos y escenas de cacerías en las que los animales, con los ojos desorbitados, parecían haber sido sorprendidos en el instante preciso de su muerte. Había jarrones de porcelana, esculturas de mármol y muebles de maderas tan oscuras que apenas podían distinguirse de las sombras.




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