La esposa del conde

El trato

Héctor llevaba varios minutos sentado frente al conde de Ballestas, pero habría jurado que había envejecido diez años desde que cruzó el umbral de aquel despacho.

La espalda le dolía de mantenerla rígida. Tenía la garganta seca, las palmas húmedas y el corazón golpeándole el pecho con una violencia que comenzaba a resultarle insoportable. A su alrededor, el silencio se había vuelto una presencia física, espesa y opresiva, mientras Lucian lo observaba desde el otro lado del escritorio con aquella expresión imperturbable que parecía privar de sentido a cualquier palabra pronunciada en su presencia.

Y entonces Héctor estalló.

—¡Desde que llegué, ninguno de sus criados se ha dignado siquiera a inclinar la cabeza para saludarme! —espetó, incapaz de seguir conteniendo la indignación—. ¡Me han escoltado hasta su despacho como si fuera un criminal! ¡Sus sirvientes me observan como si desearan atravesarme con sus malditas miradas!

La voz le tembló, pero ya había comenzado y no parecía dispuesto a detenerse.

—¡Sé perfectamente que soy su deudor, conde, pero eso no le da derecho a mantener a mi hija recluida en esta mansión sin mi consentimiento! ¡Eso es un secuestro! ¿Me oye? ¡Un secuestro! ¡Podría denunciarlo ante las autoridades y hacer que todos ustedes acabaran en prisión!

Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en los brazos del sillón.

—¡No vuelva a tratarme como si fuera inferior a usted! ¡Yo también soy un noble! ¡Y ustedes me deben explicaciones!

Su respiración se había vuelto errática. El pecho se le inflaba y desinflaba con brusquedad, y las últimas palabras salieron de su boca acompañadas de una indignación tan descontrolada que por un instante pareció olvidar dónde se encontraba.

—¿Tiene la menor idea de la angustia que he sufrido? ¡No saber dónde estaba mi querida hija, si seguía viva, si alguien le había hecho daño! ¡Días enteros sin tener noticias de ella! ¡Ustedes deberían avergonzarse de su comportamiento! ¡Son unos desalmados y yo no voy a permitir que…!

Y de pronto.

Los puños de Lucian cayeron sobre el escritorio.

El estruendo hizo temblar los objetos de la mesa y retumbó contra las paredes, ahogando de golpe la voz de Héctor. Un tintero se sacudió junto a un montón de documentos; la llama de una vela osciló violentamente.

Héctor se quedó petrificado.

El color abandonó su rostro con tanta rapidez que sus labios adquirieron una palidez enfermiza. Las palabras que tenía preparadas murieron antes de alcanzar su lengua.

Lucian se había puesto de pie.

—¡Cállese la boca!

La orden restalló en el despacho.

El conde apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia él. Sus ojos azules, habitualmente tan claros que parecían contener la luz del invierno, se habían vuelto glaciares.

—¿Se atreve a venir a mi casa y ponerse a ladrar delante de mí?

Héctor abrió los labios, pero Lucian no le concedió la oportunidad de responder.

—Puedo hacer que le corten la lengua si me da la gana y luego hacer que se la trague.

Lo dijo sin alzar la voz y aquello fue peor.

No hubo un arrebato teatral ni una amenaza pronunciada en el calor de una discusión. Lucian lo contempló como si acabara de mencionar una posibilidad perfectamente razonable, una cuestión tan insignificante que no merecía siquiera que se detuviera a considerar sus consecuencias.

De pronto, una sonrisa torcida le deformó la expresión.

—Ja…

La risa brotó de su garganta, breve y desprovista de alegría.

—¡Qué sinvergüenza!

Lucian negó lentamente con la cabeza, como si la existencia de Héctor constituyera una ofensa personal al sentido común.

—Es usted un espectáculo lamentable, vizconde. Llega a mi casa, me acusa de cometer delitos, me amenaza con la justicia y después pretende darme lecciones de decencia.

Soltó otra carcajada, esta vez más abierta.

—¿De verdad cree que puede permitirse semejante insolencia?

Héctor sintió que la vergüenza le quemaba las mejillas.

El miedo seguía allí, apretándole las entrañas, pero por debajo de él comenzó a agitarse algo más oscuro: el resentimiento de un hombre acostumbrado a que su título le abriera puertas y le garantizara deferencia. Que un hombre como Lucian lo humillara de aquella manera era intolerable.

Apretó los puños.

—¿Por qué me insulta? —replicó, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Yo también soy un noble!

Una sombra se deslizó detrás de su sillón.

Héctor apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de sentir dos manos cerrándose sobre sus hombros.

Los dedos de Ermes se hundieron en la tela de su abrigo y apretaron con una fuerza brutal. Héctor intentó incorporarse por puro reflejo, pero aquellas manos lo mantuvieron sujeto al asiento. Sus brazos quedaron inmovilizados a ambos lados del cuerpo.

El criado se inclinó ligeramente hacia él.

—Será mejor que se tranquilice, Vizconde, estoy seguro de que aprecia su lengua.

Su voz era tan amable que resultaba obscena.

Héctor sintió el aliento del hombre cerca de su oído. No necesitó mirarlo para imaginar aquella sonrisa delicada, los labios curvados en una expresión de cortesía impecable y los ojos rojos brillando con una diversión que no se molestaba en ocultar.

—No querrá empeorar las cosas, ¿verdad?

Héctor tragó saliva.

La rabia se le deshizo en la boca, dejando un sabor amargo.

—Yo… lo lamento —murmuró al fin.

Lucian se enderezó.

—¿Qué ha dicho?

Héctor parpadeó, desconcertado.

—He dicho que lo lamento, pero…

—¿Pero qué?

—Mi hija… Mi hija ha sido raptada por ustedes y…

El rostro de Lucian cambió.

No fue una transformación espectacular. No hubo un grito ni un gesto violento. Simplemente, la expresión de diversión desapareció de sus facciones, y algo en sus ojos se volvió tan frío que Héctor deseó no haber pronunciado aquellas palabras.




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