La esposa del conde

Una esposa sin velo

Ya estaba hecho.

Eleonor había sido entregada a cambio de una deuda, sacrificada por la misma sangre que debió protegerla y condenada a pertenecer al hombre más temido de Ventor sin siquiera conocer la magnitud de la sentencia que pesaba sobre su destino.

Su padre había negociado su vida como quien dispone de una propiedad improductiva, una parcela estéril o una yegua cuyo valor apenas justificaba el alimento que consumía. No hubo despedidas, ni lágrimas, ni una última mirada cargada de remordimiento. Héctor de Arlen había encontrado una solución para sus desgracias y, en su miserable entendimiento, aquello bastaba para justificar cualquier atrocidad.

Pocos días después, el acuerdo quedó sellado.

El documento, redactado por el propio conde de Ballestas, establecía con una precisión casi quirúrgica la cesión de la hija mayor del vizconde a cambio de la cancelación íntegra de la deuda, además de la tercera parte del patrimonio que Héctor había prometido entregar.

Su firma quedó estampada al pie de aquellas cláusulas con la misma facilidad con que un verdugo ejecuta una sentencia.

Y entonces comenzó la verdadera carnicería.

No hubo espadas desenvainadas ni soldados derribando las puertas. No hizo falta. La ruina llegó vestida de terciopelo, perfumada con almizcle y acompañada por hombres de manos enguantadas que examinaban los bienes de los Arlen con la frialdad de quienes acuden a un banquete del que no tendrán que pagar la cuenta.

Las tierras fueron vendidas a compradores que apenas disimulaban su entusiasmo ante la desgracia ajena. Las alanas, aquellas hermosas piezas de caza que durante años habían adornado los dominios del vizconde, pasaron a manos de nuevos propietarios. Después llegaron los acreedores, los prestamistas y los intermediarios, todos dispuestos a arrancarle al moribundo patrimonio su último jirón de dignidad.

Héctor vendió cuanto pudo. Hipotecó lo que todavía conservaba. Solicitó un préstamo para reunir el faltante, comprometiendo lo poco que le quedaba a cambio de una tranquilidad que, hasta entonces, había considerado imposible.

Y, sin embargo, no se arrepintió.

Ni una sola vez.

No lamentó haber entregado a su hija. No se preguntó si Eleonor lloraría al descubrir que su padre había firmado su condena con tinta negra. Tampoco sintió curiosidad por saber qué clase de existencia le aguardaba bajo el techo del hombre al que las madres de Ventor mencionaban en voz baja para mantener obedientes a sus hijos.

Lo único que alimentaba su rabia era Lucian.

Lucian, que había despojado a los Arlen de buena parte de su patrimonio. Lucian, que había reducido al orgulloso vizconde a un hombre obligado a contemplar cómo los extraños tasaban los recuerdos de su familia. Lucian, cuya sola existencia se había convertido en una espina clavada en su orgullo.

Lo odiaba con una intensidad que rozaba la locura.

Pero, debajo de aquel odio, había algo más mezquino todavía: alivio.

Por primera vez en meses, Héctor podía dormir sin despertar empapado en sudor, sin escuchar en su imaginación los pasos de los acreedores ni calcular cuánto tiempo le quedaba antes de que sus tierras fueran confiscadas. La deuda había desaparecido. El peso que le oprimía el pecho se había disipado.

Y si el precio de semejante libertad era Eleonor, entonces, para él, el trato había sido excelente.

Aquel pensamiento le proporcionaba un consuelo tan repugnante como eficaz.

La mansión de los Arlen, entretanto, había adquirido el aspecto de un cadáver al que todavía no terminaban de despojar de sus vestiduras.

Las puertas permanecían abiertas de par en par. El aire frío se colaba por los corredores, agitando las cortinas y arrastrando el aroma de la cera derretida, la madera encerada y los perfumes costosos que aún impregnaban los aposentos. En el salón principal, varios hombres envolvían los espejos con telas gruesas antes de desmontarlos de las paredes. Otros retiraban las lámparas, desmontaban los candelabros y registraban los cajones con una diligencia que habría resultado admirable de no ser tan humillante.

El sonido de los muebles arrastrándose sobre el suelo de mármol se mezclaba con el tintineo de las joyas, el golpeteo de las cajas y las órdenes secas de los compradores.

Cada ruido parecía arrancarle un pedazo más a la dignidad de aquella casa.

Ofelia contemplaba la escena con el rostro descompuesto.

Un criado acababa de entregarle la noticia de que también se llevarían sus joyeros, y la mujer apretaba los labios con tanta fuerza que las comisuras habían comenzado a palidecer. Sus vestidos más costosos, aquellos que había reservado para las recepciones de invierno y las veladas de la nobleza, estaban siendo doblados y guardados en baúles ajenos.

No podía creerlo.

Ella, Ofelia de Arlen, obligada a contemplar cómo unos desconocidos examinaban sus encajes, sus sedas y sus brocados como si jamás hubieran pertenecido a una vizcondesa.

Giró hacia su esposo, que observaba el desmantelamiento de su fortuna con las mandíbulas rígidas y las manos cerradas en puños.

—¿No dijiste que ese desgraciado te perdonaría la deuda a cambio de la idiota de Eleonor?

La pregunta cortó el aire del salón.

Héctor volvió la cabeza lentamente. Tenía los ojos enrojecidos y el semblante endurecido por una ira que no encontraba dónde descargarse.

—¡Por eso lo llaman la Peste de Ventor! —bramó—. ¡Porque destruye todo cuanto toca! Es peor que la viruela, peor que la peste negra. ¡Ese hombre no conoce límites!

Un golpe seco resonó en las proximidades cuando uno de los hombres cerró un arcón repleto de joyas.

Ofelia se estremeció.

—¡Pero tú aseguraste que bastaría con entregarle a Eleonor…!

—¡Y bastó para cancelar la deuda! —la interrumpió él—. ¡Lo que no bastó fue para librarme de todo lo demás!

La mujer lo miró con una mezcla de incredulidad y furia.




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