A las siete de la mañana descubrí que mi marido era un hombre bastante desagradable.
No porque me hubiera insultado, ni porque me hubiera obligado a dormir en una habitación separada.
Sino porque había cometido el peor crimen que podía cometer un hombre contra una mujer recién casada.
Había prohibido que saliera a comprar café.
Sí. Café.
Me encontraba frente a la puerta principal de la mansión, vestida con unos jeans, una camiseta blanca y zapatillas deportivas, cuando uno de los guardaespaldas se interpuso en mi camino.
—Buenos días, señora Moretti.
—Buenos días, Roberto.
El hombre parpadeó.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Porque ayer escuché que el señor De Santis te llamó así. Tengo memoria, no una discapacidad.
Roberto carraspeó.
—¿Necesita algo?
—Sí. Salir.
—El señor De Santis indicó que no puede abandonar la propiedad sin autorización.
Miré hacia el cielo.
—Dios mío, ¿me casé con un hombre o adopté un carcelero?
El segundo guardaespaldas soltó una tos sospechosa.
Lo miré.
—¿Y usted cómo se llama?
—Gabriel.
—Gabriel, ¿tienes esposa?
—No, señora.
—Qué inteligente. Sigue así.
Roberto intentó mantener la seriedad.
—No podemos dejarla salir.
—Perfecto. Entonces tráiganme un café.
—Podemos pedirlo.
—No quiero que lo pidan. Quiero salir a comprarlo.
—No es posible.
Sonreí.
—Está bien.
Los dos hombres parecieron relajarse.
Pobres ingenuos.
Veinte minutos después estaba en la cocina, preparando tostadas.
La empleada que me había recibido el día anterior se llamaba Teresa. Era una mujer encantadora y tenía una paciencia que yo admiraba profundamente.
—Señora, el señor suele desayunar a las ocho y media.
—Qué suerte tiene. Yo desayuno cuando tengo hambre.
—¿Quiere que le prepare algo especial?
—Un café bien fuerte y tostadas. Si tiene algo para matar a mi marido, también me sirve.
Teresa se rio.
—No diga esas cosas.
—Es una broma. Creo.
Estaba untando manteca cuando Alessandro entró.
Llevaba pantalón oscuro, camisa blanca y el cabello todavía húmedo.
Se detuvo al verme.
—¿Qué haces?
—Estoy cocinando.
Miró las tostadas.
—Tenemos cocineros.
—Y yo tengo manos. Una combinación maravillosa.
Se acercó a la cafetera.
—¿Dónde está mi café?
—En la cocina.
—¿Y por qué no está preparado?
—Porque no soy tu empleada.
Teresa fingió estar muy ocupada ordenando unas tazas.
Alessandro me observó unos segundos.
—Hoy tienes que acompañarme a una reunión.
—No.
—No era una pregunta.
—Y mi respuesta tampoco era una sugerencia.
Dejó la taza sobre la mesa.
—Valentina, necesito que entiendas que hay ciertas cosas que no puedes hacer.
—Y yo necesito que entiendas que no soy una de tus hombres.
—No me obligues a recordarte las condiciones del contrato.
—No me obligues a recordarte que tu contrato no incluye mi obediencia absoluta.
Me miró fijamente.
Después tomó una tostada.
—Estás empezando a irritarme.
—Qué bueno. Ya tenemos algo en común.
A las diez de la mañana encontré una oportunidad.
Alessandro había salido con sus hombres y Roberto estaba en la entrada principal.
Gabriel se encontraba vigilando el jardín.
Yo tenía un objetivo muy claro: salir de aquella mansión.
No iba a pedir permiso para comprar un café, una revista y unas cosas para mi hermano.
Me acerqué a Teresa.
—¿Por dónde entran los proveedores?
—Por la entrada de servicio.
Sonreí.
—Teresa, creo que vamos a llevarnos muy bien.
Cinco minutos después estaba detrás de un repartidor que acababa de entregar unas cajas.
No fue difícil.
Lo difícil fue llegar a la calle sin que alguien me reconociera.
Cuando finalmente salí, respiré profundamente.
¡Libertad!
Caminé tres cuadras hasta encontrar una cafetería.
Pedí un café con leche, dos medialunas y un sándwich.
Me senté junto a la ventana y saqué el teléfono.
Tenía varios mensajes de mi hermano.
Vale, necesito hablar contigo.
Es importante.
No le cuentes nada a nadie.
Fruncí el ceño.
Lo llamé inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Vale, tenemos un problema.
—¿Otro? Estoy empezando a pensar que nuestra familia viene con una suscripción a los problemas.
—Los hombres que me prestaron dinero volvieron.
Se me cerró el estómago.
—¿Qué quieren?
—Dicen que la deuda no está cancelada.
—Pero te dije que iba a conseguir el dinero.
—No es solamente dinero. Quieren saber quién te está ayudando.
Me quedé callada.
—Escúchame, no hagas nada estúpido —le advertí—. Voy a solucionarlo.
—Vale...
—Te quiero. Después hablamos.
Corté.
No quería preocuparlo más.
Lo que no sabía era que alguien llevaba varios minutos observándome desde un automóvil estacionado frente a la cafetería.
Cuando regresé a la mansión, Roberto estaba esperándome.
No parecía feliz.
—Señora.
—Roberto.
—El señor De Santis quiere verla.
—Qué romántico. ¿Me extrañó?
—Está bastante molesto.
—Entonces debería tomar un té.
Caminé hacia el despacho.
Alessandro estaba detrás de su escritorio.
No se levantó cuando entré.
—Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
—¿Dónde estuviste?
—En una cafetería.
—¿Cómo saliste?
—Por la puerta.
—Valentina.
—Alessandro.
Golpeó el escritorio con la palma de la mano.
—¡Te dije que no salieras sin seguridad!
Lo miré sorprendida.
No por el grito, sino por la intensidad de su enojo.
—No sabía que necesitaba autorización para comprar un café.
—No entiendes el peligro que corres.
Editado: 31.10.2026