La Esposa Que No Quería

44. Russo

Evelyn

Mi apellido se convierte en un problema un lunes a las nueve de la mañana.

No Moretti.

Russo.

Entro a la reunión del directorio esperando discutir la operación Caldwell.

En cambio, encuentro una carpeta frente a cada asiento.

Mi padre está en la cabecera.

Mi madre no participa en la empresa, así que no está.

Hay siete directores.

Dos abogados.

Y una tensión que conozco demasiado bien.

—¿Qué pasó?

Vittorio señala mi asiento.

—Siéntate.

No me gusta.

Me siento.

Abro la carpeta.

Necesito menos de treinta segundos.

—No.

Mi padre exhala.

—Evelyn.

—No.

Miro el documento otra vez.

Reestructuración corporativa.

Participación accionaria.

Derechos de voto.

Y una cláusula redactada dos meses antes de mi boda que condiciona parte de mi futura participación en Russo Group a la estabilidad de la alianza con Moretti Holdings.

Levanto la mirada.

—¿Qué demonios es esto?

Uno de los abogados interviene.

—Fue parte de la estructura acordada...

—No le pregunté.

Miro a mi padre.

—Te pregunté a ti.

Vittorio mantiene la expresión.

—La alianza necesitaba garantías.

—¿Yo era la garantía?

Silencio.

Ahí está la respuesta.

Me levanto.

—Evelyn.

—Me casaste con Dante y además vinculaste mis acciones al matrimonio.

—No exactamente.

—Explícamelo.

El abogado intenta hablar.

Levanto una mano.

—Mi padre.

Vittorio suspira.

—La participación que recibirás cuando se complete la transferencia generacional conserva sus derechos económicos. Los derechos de voto adicionales dependen de que determinadas condiciones de la alianza permanezcan...

—Mi matrimonio.

—Entre otras.

Me río.

No hay humor.

—Increíble.

Uno de los directores se mueve incómodo.

—Evelyn, esto no cuestiona tu puesto.

Lo miro.

—Todavía.

—Nadie dijo eso.

—Entonces ¿por qué estoy descubriendo hoy que una parte de mi poder futuro dentro de la empresa está vinculada a mi marido?

Nadie responde.

Lo entiendo.

Porque nunca pensaron que tuviera que saberlo.

O peor.

Pensaron que no importaría.

—¿Dante sabe?

Mi padre tarda.

Un segundo.

Dos.

—Conocía la estructura general.

Eso duele.

Mucho.

Cierro la carpeta.

—La reunión terminó para mí.

—Tenemos que discutir Caldwell.

—No hoy.

—Evelyn.

—Si quieres que siga dirigiendo esa operación, hoy no.

Salgo.

• • •

No llamo a Dante.

Eso requiere más autocontrol del que debería.

Trabajo desde mi oficina durante dos horas.

A las once recibo un mensaje.

DANTE: ¿Almorzamos?

No respondo.

Cinco minutos después:

DANTE: Evie.

Nada.

Diez minutos.

DANTE: ¿Estás bien?

Lo odio un poco porque esa es la pregunta correcta.

YO: ¿Sabías que mis derechos de voto futuros en Russo estaban vinculados a nuestro matrimonio?

No aparecen los tres puntos inmediatamente.

Eso es peor.

Finalmente:

DANTE: Sí.

Cierro los ojos.

Me duele.

YO: No vengas.

La respuesta llega rápido.

DANTE: Bien.

Nada más.

Y, aunque era exactamente lo que pedí, me enfurece todavía más.

• • •

Llego a casa a las ocho.

Dante está en su despacho.

No viene a buscarme.

Respeta lo que dije.

Maldito hombre aprendiendo precisamente cuando quiero estar enfadada.

Voy yo.

Entro sin llamar.

Está sentado detrás del escritorio.

Levanta la mirada.

—Hola.

—¿Cuánto sabías?

No intenta fingir.

—Que parte de la transferencia futura de derechos de voto estaba incluida como garantía de estabilidad.

—¿Desde cuándo?

—Antes de la boda.

—¿Y nunca pensaste en decírmelo?

Su silencio responde.

—Dante.

—No.

—¿No qué?

—No pensé en decírtelo.

La honestidad duele más que una excusa.

—¿Por qué?

Se levanta.

—Porque cuando se negoció, yo estaba mirando la alianza como una operación.

—Y yo era parte de la operación.

Su mandíbula se tensa.

—Sí.

—Excelente.

—No estoy justificándolo.

—Sabías que trabajar era lo único que te pedí.

—Sí.

—Sabías cuánto significa Russo Group para mí.

—No entonces.

Eso me detiene.

—¿Qué?

—Sabía que querías trabajar. No sabía lo que sé ahora.

Se acerca.

—No sabía que llevabas dos años construyendo un lugar ahí. No sabía cómo hablabas de tu equipo. No sabía que querías formar parte de la dirección. Para mí, antes de conocerte, Russo era la empresa de Vittorio y tú eras su hija.

—Exactamente el problema.

—Sí.

Silencio.

No intenta defenderse.

Eso me obliga a escucharlo.

—¿Qué quieres hacer? —pregunta.

—No quiero que tú hagas nada.

Algo cruza su expresión.

Lo ignoro.

—Quiero que esas cláusulas desaparezcan.

—Bien.

—No quiero que llames a mi padre.

—Bien.

—No quiero que Moretti compre mi independencia dentro de Russo.

—Bien.

Entrecierro los ojos.

—¿Vas a decir algo que no sea bien?

—Estoy intentando no hacer exactamente lo que me pediste que no haga.

Maldito.

—Quiero resolverlo yo.

—Entonces resuélvelo.

—¿Así de fácil?

—No.

Dante me mira.

—Va a ser una pelea. Vittorio aceptó esas condiciones porque eran útiles. Los directores también. Probablemente intentarán decirte que son simbólicas porque nuestro matrimonio es permanente.




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