La Esposa Que No Quería

45. Protegerte no es encerrarte

Dante

El problema con aprender a no controlar a mi esposa es que el universo parece decidido a probar cuánto aprendí.

La llamada llega el jueves a las cinco de la mañana.

Salgo de la cama antes del segundo tono.

Evelyn se mueve.

—¿Qué pasa?

Levanto una mano.

Luca habla durante cuarenta segundos.

Es suficiente.

Uno de nuestros depósitos fue atacado.

Dos hombres heridos.

Nadie muerto.

Todavía.

Y encontraron un mensaje.

Russo.

Mierda.

—Voy.

Cuelgo.

Evelyn ya está sentada.

—¿Qué pasó?

—Nada que necesites...

Me detengo.

Su expresión cambia.

No.

Eso era el antiguo yo.

—Atacaron un depósito.

—¿Cuál?

—Queens.

—¿Heridos?

—Dos.

—¿Graves?

—Uno.

Se levanta.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

La miro.

Demasiado rápida.

—Encontraron el nombre Russo.

Su cara pierde color.

Me arrepiento instantáneamente de haberlo dicho.

No.

No.

Eso tampoco.

Decirle la verdad no es un error.

—¿Mi padre?

—No sabemos.

—¿La empresa?

—Tampoco.

Voy al vestidor.

Evelyn me sigue.

—Voy contigo.

—No.

La palabra sale antes de pensar.

Ella se detiene.

Yo también.

—No al depósito —corrijo—. Todavía no sabemos si es seguro.

—No dije al depósito. Quiero ir a la oficina.

—Evie.

—Si esto tiene relación con Russo Group, puedo ayudar.

Mi primer impulso es encerrarla en esta casa con veinte hombres armados.

Es fuerte.

Físico.

Casi insoportable.

La amo.

Eso debería darme derecho a protegerla.

No.

Ahí está la trampa.

Amarla no me da más derecho a decidir por ella.

Me da más cosas que perder.

Nada más.

—Vas con seguridad —digo.

—Siempre voy con seguridad.

—Hoy duplicada.

Abre la boca.

—No es negociable.

Su mirada se estrecha.

—Eso sonó mucho a una orden.

—Porque hay una amenaza concreta.

—Dante.

Me acerco.

—No voy a impedirte trabajar. No voy a encerrarte aquí. Pero si alguien escribió el apellido de tu familia después de atacar uno de mis depósitos, necesito aumentar tu seguridad hasta saber qué significa.

Evelyn me observa.

—¿Y puedo ir a Russo?

—Sí.

La palabra me duele físicamente.

—¿Vas a seguirme?

—Probablemente.

—Dante.

—No personalmente.

—Eso no mejora...

—Evie.

Tomo su cara entre mis manos.

—Estoy intentando.

Eso la detiene.

—Sé que puedes hacer tu trabajo. Sé que no necesitas que te esconda. Pero también sé cosas sobre esta amenaza que tú todavía no sabes porque ni siquiera yo las sé. Déjame hacer la parte que sí es mi trabajo.

Su expresión se suaviza.

—Seguridad.

—Doble.

—Sin convertir mi oficina en un cuartel.

—Difícil.

—Dante.

—Bien.

Suspira.

—Y me mantienes informada.

—Sí.

—No tres horas después.

—Sí.

—No me dices que todo está bien si no lo está.

Mierda.

—Sí.

—Entonces de acuerdo.

La beso.

Breve.

Necesito salir.

Evelyn toma mi muñeca antes de que pueda hacerlo.

—Ten cuidado.

La miro.

—Siempre.

—Mentiroso.

Sonrío apenas.

—Hoy sí.

• • •

A las nueve sabemos más.

No me gusta.

El ataque no fue aleatorio.

Tampoco estaba dirigido directamente contra Evelyn.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

Una organización con la que llevamos meses teniendo problemas está intentando presionar la alianza Russo-Moretti. Los depósitos son míos, pero parte de la red logística pertenece a contratos que Evelyn ayudó a reestructurar.

Ella no participa en nada ilegal.

Russo Group tampoco en esta operación.

Pero alguien cree que el apellido es suficiente.

—Sácala de la ciudad —dice uno de mis hombres.

—No.

La palabra sale instantánea.

Luca me mira.

—Eso fue rápido.

—Porque no voy a mandarla a ninguna parte sin hablar con ella.

El hombre frente a mí parece confundido.

No me importa.

—Refuercen la casa. Cambien rutas. Quiero dos vehículos cuando se traslade y revisión completa de cualquier evento público.

—¿Cancelamos su agenda?

—No.

Me cuesta decirlo.

Mucho.

—Le presentan los riesgos. Ella decide qué cancela.

Luca no dice nada hasta que quedamos solos.

Después:

—Estoy orgulloso.

—Cállate.

—Realmente.

—Luca.

—Hace seis meses habrías enviado a tu esposa a una propiedad en otro estado sin preguntarle.

—Hace seis meses mi esposa y yo apenas hablábamos.

—No creo que eso te hubiera detenido.

Tiene razón.

Lo odio.

• • •

A las once voy a Russo Group.

No porque necesite controlarla.

Me repito eso cuatro veces en el ascensor.

Cuando entro en su planta, la veo a través del cristal de la sala de reuniones.

Está trabajando.

No escondida.

No asustada.

Trabajando.

Dos hombres de seguridad permanecen fuera.

Suficiente.

Me quedo observándola.

Evelyn levanta la vista.

Me encuentra.

Dice algo a las personas de la mesa.

Sale.

—¿Qué haces aquí?

—Información.

Su expresión cambia inmediatamente.

Le cuento todo lo que sabemos.

No minimizo.

Tampoco exagero.

Cuando termino, cruza los brazos.

—Entonces el problema es la alianza.

—En parte.

—¿Mi trabajo con logística?

—Puede haber hecho tu nombre más visible.

—Entiendo.

—Quiero que canceles la gala del sábado.




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