La Esposa Que No Quería

EPÍLOGO

Evelyn

Nuestro

Un año y ocho meses después

Hay un golden retriever durmiendo encima de mis zapatos.

Ese es el primer problema de la mañana.

El segundo es mi marido.

—Dante.

Nada.

—Necesito levantarme.

Su brazo se cierra más alrededor de mi cintura.

—Cinco minutos.

Cierro los ojos.

—Tengo una reunión.

—Problema tuyo.

—Es a las ocho.

—Todavía falta.

Miro el reloj.

—Son las siete y diez.

—Muchísimo.

—No.

Intento moverme.

No puedo.

El hombre pesa aproximadamente lo mismo que un edificio pequeño y ha decidido dormir con la cara enterrada en mi cuello.

La situación no mejoró con el tiempo.

Empeoró.

Muchísimo.

—Dante.

—Estoy dormido.

—Estás hablando.

—Puedo hacerlo dormido.

Me río.

La frase era mía.

Ahora aparentemente todo lo nuestro es compartido.

Incluidas las excusas.

Paso una mano por su cabello.

—Cinco minutos.

—Bien.

—Después me sueltas.

—No prometí eso.

—Dante.

El perro levanta la cabeza.

Se llama Nero.

No porque yo quisiera.

Yo había propuesto Milo.

Dante dijo que un perro grande no podía llamarse Milo.

Discutimos durante tres días.

Finalmente acepté Nero porque mi marido, que aseguraba no querer un perro, pasó cuarenta minutos en el suelo jugando con él el mismo día que fuimos «solo a mirar».

Ahora Nero duerme del lado de Dante cuando él no está y ocupa mis zapatos cuando sí.

Supongo que ambos ganamos.

• • •

A las ocho estoy en Russo Group.

Directora de Estrategia desde hace más de un año.

Mi padre dejó de intentar anticipar todas mis decisiones.

No completamente.

Es Vittorio Russo.

Pero aprendió.

Las cláusulas que vinculaban mis derechos de voto al matrimonio desaparecieron formalmente meses atrás y la nueva estructura dejó las garantías donde siempre debieron estar.

Entre las empresas.

No sobre mi vida.

La operación Caldwell se convirtió en una de nuestras mejores inversiones.

Nate continúa trabajando con nosotros.

También sigue recordándole a Dante que una vez me invitó a salir porque tiene un deseo de muerte difícil de explicar.

Daniel dejó Russo Group seis meses atrás.

Recibió una oferta en otra empresa.

Aceptó.

Nuestra última conversación fue breve.

Amable.

Final.

No sentí tristeza cuando se fue.

Solo una extraña gratitud por comprobar que el pasado puede quedarse exactamente donde pertenece.

• • •

A las once y veinte recibo un mensaje.

DANTE: Almuerzo.

YO: Tengo reunión.

DANTE: Después.

YO: Tengo otra.

Tres puntos.

DANTE: Cancélala.

Sonrío.

YO: No.

Silencio.

Después:

DANTE: ¿A qué hora terminas?

Eso.

Ahí está el crecimiento.

Sonrío todavía más.

YO: 14:30.

DANTE: Te busco.

YO: Tengo auto.

DANTE: No importa.

Eso no cambió.

Probablemente nunca.

• • •

Dante aparece a las dos veintisiete.

Mi asistente ya no se sorprende.

Nadie lo hace.

Cruza la planta con traje oscuro, expresión seria y dos hombres detrás.

Varias personas se apartan ligeramente cuando pasa.

Yo no.

Estoy hablando con Marissa cuando aparece junto a mí.

Su mano llega directamente a mi cintura.

—Hola.

—Hola.

Me besa.

No demasiado.

Suficiente para que Marissa mire hacia otro lado con una sonrisa.

—Tengo tres minutos más.

—No.

—Dante.

—Dos.

—Tengo trabajo.

Hunde la cara en mi cuello.

En medio de mi oficina.

—Mal día.

Ah.

Eso cambia todo.

Paso una mano por su nuca.

—¿Personas estúpidas?

—Muchísimas.

—¿Luca?

—Peor.

—Eso parece grave.

Su respiración empieza a relajarse.

Marissa me mira.

Yo hago un gesto de un minuto.

Sonríe y se marcha.

El gran Dante Moretti.

Temido por hombres que probablemente no dormirían bien si supieran que piensa en ellos.

Acurrucado contra el cuello de su esposa en medio de Russo Group.

Ridículo.

Perfecto.

—¿Mejor? —pregunto.

—Sí.

—Entonces almuerzo.

Levanta la cabeza.

—Te amo.

Sonrío.

—Yo también.

Todavía me gusta decirlo.

Muchísimo.

• • •

Isabella se comprometió hace tres meses.

No con alguien que Dante eligió.

El detalle es importante porque cuando ella nos contó, mi marido pasó aproximadamente cuarenta minutos interrogando al pobre hombre hasta que le recordé que tenía treinta y dos años y podía elegir sola.

Dante argumentó que seguía siendo su hermana.

Yo argumenté que si continuaba iba a dormir con Nero.

Se comportó.

Más o menos.

Luca sigue siendo Luca.

Todavía entra en nuestra casa sin preguntar.

Todavía come nuestra comida.

Todavía llama a Dante hipócrita cuando es necesario y a mí manipuladora cuando consigo que mi marido acepte algo después de decir que no durante diez segundos.

Nuestra familia no quedó limitada por sangre.

Nunca lo estuvo.

• • •

Por la noche cenamos los cuatro.

Isabella habla de la boda.

Dante objeta precios que podría pagar sin darse cuenta.

Luca critica las flores.

—No cincuenta rosas —dice.

Todos miramos a Dante.

—Fue hace casi dos años.

—Nunca lo superaremos —respondo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.