Los bailes de la Escuela
La vida social en campaña es difícil. Tal vez por eso son tan importantes los bailes de la escuela. Por supuesto, asiste toda la familia. No he estado en ninguno en muchos años, pero creo que hay cosas que nunca cambian, o lo hacen muy lentamente. Ir a esos bailes era como hacer un viaje directo a la época de mis abuelos.
Aquellas fiestas se organizaban a total beneficio de la escuela rural de la zona; siempre hacían un gran asado, y la gente de los alrededores llevaba tortas y todo tipo de preparaciones caseras para vender en los mostradores. Venía una orquesta típica y se tocaba tango, milonga y música folklórica, del tipo de la que mis padres solían bailar con elegancia en su juventud.
Mi prima Nivia, hija de una de las hermanas de mi abuelo, los definió en sus recuerdos como algo sencillamente "imperdibles". Yo coincido totalmente con su definición, pero por razones completamente diferentes. Ella los sentía como un lugar idílico donde ir a disfrutar, mientras que yo no paraba de asombrarme por todo lo que veía suceder a mi alrededor. Claro que eran lo más divertido que podía pasar cuando uno pasaba períodos muy largos en el campo. Ya fuera encerrada en la casa por el mal tiempo o jugando en las rocas de las cañadas; pero luego de un tiempo, para mi mirada de niña de la ciudad, aquello se volvía más de lo mismo.
El final del testimonio de NIvia, sin embargo, siempre me arranca una sonrisa:
«Había un bar donde se vendían refrescos y bebidas espirituosas; ocasionalmente alguna persona debió ser observada o retirada por exceso de "beberaje". Pero en general todos respetaban mucho la escuela. Ponían bancos alrededor del salón y la gente se sentaba a observar los bailarines, en especial las madres a "cuidar" a sus hijas. Allí nadie se perdía los detalles de vestimenta, calzado, peinado y actitud de aquellos que, al bailar, se sentían observados en todo momento. Cuando se acercaba el final del baile, mi hermana y yo tratábamos de bailar lo más lejos posible de nuestro padre quien, si nos veía acercar, nos haría señas para irnos».
Darwin
Recuerdo un baile en particular, que habrá sido por el año 1974, debido a tres cosas muy puntuales que pasaron esa noche. La primera involucró al hijo de Francisco e Isabel: Darwin. Aunque técnicamente era primo hermano de mi mamá, por los giros generacionales del campo era apenas un poco mayor que yo.
En medio de la fiesta, Darwin me llamó de apuro para que oficiara de "testigo" y declarara sobre nuestro parentesco real. Resulta que su novia de aquel entonces estaba muerta de celos porque yo lo había saludado de forma muy natural con un beso en la mejilla; así que él, acorralado, me hizo contarle a la muchacha toda la línea del árbol genealógico para demostrar quién era yo.
Durante décadas no supe si él y esa joven habrían seguido juntos tras los celos de aquella noche, pero hace varios años me enteré de que siguían unidos, vivían en el campo, tenían tres hijos y hasta una nieta. Probablemente la familia ya haya crecido mucho más.
La camisa roja
La segunda cosa que pasó en ese baile tan particular de 1974 fue que alguien, bailando entre la gresca con un cigarrillo encendido en la mano, me dejó un agujero quemado en la manga de mi camisa favorita.
Recuerdo que en aquel momento se había puesto muy de moda en el país un comercio especializado que se llamaba La Casa del Zurcido Invisible. La llevamos allí y los costureros hicieron lo que pudieron con la tela; no quedó perfecta ni idéntica, pero al menos zurcieron el agujero de alguna manera disimulada.
Aunque estos dos hechos cotidianos no tuvieron mayor trascendencia en el rumbo de mi vida, no puedo decir lo mismo del tercero.
Ese cuento está en el libro de Tata. Aquella noche en la escuela rural supe, de forma completamente inesperada, una verdad oculta: mi abuelo Tata había vuelto a casarse, y de eso hacía incluso varios años. Al principio pensé que se trataba de una broma pesada de la campaña, pero mi madre Isabel me lo confirmó con total seriedad al regresar. Me molestó muchísimo que me hubieran ocultado un acontecimiento familiar de semejante magnitud.
Ese cuento completo y sus implicancias se encuentran en el libro de Tata.
Muchos años después, en el 2011, de forma completamente azarosa, la hija de Darwin me hizo llegar una fotografía antigua en donde aparezco con familiares y amigos luciendo con orgullo esa misma camisa roja. Fue un regalo inesperado que conectó los hilos del pasado, recordándome la noche en que la inocencia del campo se rompió con un secreto familiar.