Acá tenés otra historia divertida: "El tesoro escondido". Cuando yo tenía alrededor de once años de edad, llegó de visita a la estancia una familia que era muy amiga de mis papás: un matrimonio encantador acompañado por todos sus hijos. Una tarde soleada, los niños salimos a corretear y a jugar en dirección a unas formaciones de rocas que quedaban bastante cerca de la casa principal.
Allí nos encontrábamos entretenidos en nuestras andanzas cuando Ninón, la madre de los chicos visitantes, tomó un palo largo del suelo y golpeó la superficie de la tierra un par de veces con fuerza.
—¡Suena a hueco! —excluyó con los ojos abiertos.
¡Y era la pura verdad! Todos los gurises interrumpimos de inmediato lo que estábamos haciendo y nos acercamos corriendo, fascinados, para investigar aquel misterio que se abría bajo nuestros pies. La mujer golpeó un par de veces más y el eco retumbó con claridad: realmente sonaba a hueco.
En un segundo empezaron las especulaciones más salvajes entre nosotros y llegamos a la firme conclusión de que, con total seguridad, allí abajo había un tesoro enterrado desde los tiempos de la colonia.
Inundados por la codicia infantil, salimos corriendo de regreso a las casas. El asunto era de una urgencia absoluta: había que conseguir palas, picos y cualquier herramienta que nos sirviera para cavar. Íbamos todos marchando con los ojos brillando de la ilusión, como se imaginarán...
Sin embargo, al cruzar el patio, escuché sin querer que Ninón le comentaba a mi madre Isabel, mientras se sonreía con ternura de nuestra santa ingenuidad, que entre las rocas subterráneas y la capa de tierra exterior siempre queda atrapada una pequeña cámara de aire, y que esa era la única razón científica por la cual el suelo resonaba de esa manera.
¡Qué rabia e impotencia me dio en ese preciso instante! Me sentí profundamente engañada y estafada en mi buena fe. Si ella sabía perfectamente el secreto desde el primer momento, ¿por qué demonios nos había dejado levantar tanto vuelo y tejer todo tipo de fantasías? Nos había roto la ilusión en un segundo.
Pero ahora, mirando el asunto en retrospectiva, comprendo que las cosas no son blancas o negras. En realidad, aquella mujer nos regaló un momento mágico inolvidable, y hoy en día le agradezco en mi interior los muchos años de diversión y anécdotas que ese tesoro fallido me ha proporcionado.