La Estancia Santa Isabel

El Lincoln azul y el viento en la Toyota

Al escarbar en las carpetas de mi infancia en la estancia de Durazno, el universo de los motores y los carruajes brota con un color local fascinante.

En mis primeros años, recuerdo perfectamente haber visto a alguien, tal vez a mi abuelo, arrancando una vieja cachila a manija, con ese traqueteo tan característico de antes.

Mi hermana Irene atesora en su memoria que en uno de los galpones principales descansaba un tílburi, ese tipo tan especial de carruaje ligero. Yo, en cambio, sólo logro recordar un carro rústico en el que alguna vez llegué a andar de paseo. También anduve muchísimo en el tractor de la estancia y en su respectiva zorra de remolque. El juego con mis hermanos era sumamente divertido y arriesgado para los estándares de hoy: cuando el tractor marchaba bien despacio por los callejones, nos tirábamos al suelo desde la zorra, corríamos un tramo atrás y nos volvíamos a subir en plena marcha entre risas.

Mi cuarta hermana, Mona, por su parte, rescata del olvido dos postales desopilantes de aquellos tiempos: recuerda que le encantaba meterse a jugar adentro de los enormes tanques de dosecientos litros que se utilizaban para acarrear el agua limpia desde la cachimba, y también atesora un viaje trágico y cómico a la vez.

Íbamos todos a bordo del auto llevando una caja cargada de pollitos pequeños cuando el vehículo se quedó plantado por completo en medio del cruce de un arroyo. El agua del caudal empezó a filtrarse con fuerza por debajo de la carrocería y todo el mundo en el habitáculo tuvo que levantar las piernas de apuro...

¡Hasta el día de hoy no tengo la más pálida idea de qué habrá sido del destino de aquellos pobres pollitos! Para empeorar la situación, Tata abrió su puerta, intentando bajarse a solucionar el problema, logrando con la maniobra que el coche se inundara todavía más de agua.

Las cosas en el campo tienen sus bemoles…

El Buick astillado y el dilema de las marcas

No logro recordar con total certeza científica la marca exacta de aquel vehículo tan antiguo que le vi a Tata; solo tengo grabado en la retina que era de un color azul oscuro y que lucía el parabrisas astillado en el frente. Esa rajadura en el cristal fue el resultado directo de un pequeño accidente doméstico que provoqué yo misma: Tata pegó un frenazo brusco en el camino, y como yo tenía apenas tres o cuatro años e iba sentada en la falda de mi madre Isabel, salí despedida y golpeé de cabeza contra el vidrio.

¡El episodio no pasó a mayores, pero confirma mi hipótesis —y la de muchos en la familia— de que desde el nido soy una mujer sumamente cabeza dura!

Era el típico auto robusto de los años cincuenta; en casa me comentaron alguna vez que se trataba de un Buick, pero la duda quedó flotando en mi cabeza.

Buscando develar el misterio, le escribí a mis familiares y amigas de mi madre en Uruguay. Pichuca, gran amiga de mi madre, me contestó de inmediato a través de los mensajes: «No soy buena para las marcas, Anabel, pero recuerdo claramente a mi padre y a Chiquito —que tenían muchísimo feeling con tu abuelo— hablar con gran admiración del Lincoln de Labandera». Chiquito era su esposo de Pichuca.

Por su parte Teresa, una de las primas de mamá, que se crió bajo el mismo techo con mi madre, me dio una versión diferente: ella creía recordar que el coche era un Chrysler. Sin embargo, en medio del cruce de datos, pude comprobar un hecho indiscutible: ¡el auto sí era azul! Ninguna de las dos objetó jamás el color en sus testimonios.

Hacia el año 1970, Tata dio un salto de modernidad y se compró una camioneta Toyota. En la cabina delantera solo había espacio para que viajaran cómodos dos adultos, generalmente acompañados por un par de niños chicos en la falda; los restantes gurises de la familia íbamos ubicados atrás, en la caja que era completamente abierta.

Hoy en día las leyes de tránsito no permitirían semejante travesía por cuestiones de seguridad, pero en aquel entonces nos parecía un paseo sumamente divertido. El vidrio que comunicaba la cabina con la caja trasera tenía tres barrotes de metal; a mí me fascinaba pararme en la caja, agarrarme firmemente de esos caños y sentir el viento del campo dándome de lleno en la cara mientras avanzábamos despacio por los caminos vecinales del pago.

Tanto mi abuelo como mis padres tuvieron también sendos Volkswagen, a los que cariñosamente todo el mundo les llamaba "escarabajos". El de mi padre, con el correr de los almanaques, terminó siendo de nuestra propiedad en Montevideo, pero esa es una historia completamente diferente.




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