La introducción histórica de nuestro establecimiento familiar es un poco larga en el papel, pero considero que posee una riqueza y un suspenso que merecen ser rescatados con total rigor documental.
El padre de uno de mis tatarabuelos, Manuel Aldama, era el propietario original de una estancia de dimensiones verdaderamente increíbles en el siglo XIX. Aquel inmenso campo fue adquirido hacia el año 1850 en la entonces denominada Villa de Guadalupe, lo que hoy constituye la ciudad de Canelones, capital del departamento del mismo nombre. Al fallecer el patriarca, uno de sus hijos, mi tatarabuelo Miguel Aldama, heredó la cuota parte que legalmente le correspondía en el mostrador sucesorio.
Por aquellos almanaques, la familia Aldama se encontraba profundamente involucrada en las sangrientas guerras civiles uruguayas que enfrentaban a las divisas Blancas y Coloradas. No es mi intención redactar un tratado académico en estas páginas, pero considero de un interés científico inmenso comprender el cerco de inestabilidad política que vivió el Uruguay en sus primeras cuatro décadas de vida independiente.
De Wikipedia:
Los primeros cuarenta años del nuevo país fueron testigos de una gran inestabilidad política: los continuos enfrentamientos entre blancos y colorados dieron lugar a la llamada Guerra Grande y al largo sitio de Montevideo, con el país dividido entre dos gobiernos rivales, y que presenciaron graves intromisiones en sus asuntos internos por parte de la Argentina y el Brasil. A esa guerra siguieron una serie de golpes de estado y revoluciones, que llevaron incluso a Uruguay a participar en la larga y costosa Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Sólo después de la Revolución de las Lanzas, en 1872, comenzó una etapa de resolución más pacífica de las situaciones políticas, aunque siguieron ocurriendo pequeñas guerras civiles a una fecha tan tardía como el año 1904.
Fue precisamente la muerte del caudillo blanco Aparicio Saravia en la batalla de Masoller la que le puso el punto final a ese ciclo de luchas que desangró al país por casi setenta años.
Para mi mente analítica, representó una sorpresa mayúscula toparme un día con una antigua litografía de mi tatarabuelo oculta en un libro de historia dentro de la Biblioteca Nacional. Años más tarde, durante un paseo por el Día del Patrimonio —esa hermosa ocasión anual en que se abren los monumentos, embajadas y museos usualmente vedados al público—, visité la Casa del Partido Nacional en Montevideo. En el primer piso ldel edificio, me choqué de frente con una fotografía histórica de Aparicio Saravia junto a sus principales capataces de guerra. ¡Y allí, con total nitidez en el mostrador de la historia, figuraba mi tatarabuelo Miguel Aldama! La propia historiografía oficial lo registra en sus documentos: de la División Nº 1 a la 14, los jefes saravistas fueron Enrique Yarza, Basilio Muñoz, Bernardo G. Berro, Juan José Muñoz y, en la Quinta División, Miguel Aldama .
Para financiar las costosas zafras de las revoluciones del partido, los hermanos Aldama fueron vendiendo de forma paulatina sus respectivas fracciones de tierra. Hoy en día, analizar ese desprendimiento financiero por una causa política resulta algo completamente inconcebible.
La esposa de Miguel se llamaba Isabel Aguilera; la hija de ambos, también de nombre Isabel, contrajo matrimonio con José Murguiondo, un hombre de recio origen vasco que, con una visión económica brillante, se dedicó a ir comprando de a poco las partes de campo que los tíos de su mujer habían rematado. De esa manera tan paciente, mi bisabuelo logró regenerar de forma parcial la gran estancia original.
Obviamente, al fallecer los bisabuelos, el stock de la propiedad volvió a dividirse entre los herederos. Creo que eran como siete hermanosl, pero aun así mi abuela materna, Anilia Isabel (Mamama), llegó a recibir una muy buena porción de tierra. Mi abuelo materno (Tata) también aportó su capital comprando parcelas linderas que trabajó durante toda su vida y que, finalmente, terminaron en el testamento de mi madre, también llamada Isabel. También mi hermana menor e llama así.
Con varias generaciones de Isabel, el nombre del establecimiento no podía ser de otra manera: Estancia Santa Isabel.