Cuando yo tenía aproximadamente unos doce años, mi padre tomó la firme determinación de encarar varias reformas estructurales en el casco del campo. En primer lugar, tomó la decisión de cerrar por completo el porche; mediante esa obra la casa ganó un ambiente techado más, un rincón ideal donde los niños podíamos jugar al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque en el proceso se perdió una buena parte del encanto arquitectónico original. Asimismo, eliminó de forma definitiva el alambrado perimetral que rodeaba y separaba a ambas viviendas, logrando que los terrenos quedaran perfectamente comunicados entre sí. Gracias a esa maniobra, el jardín original de la casa principal se expandió de forma notable, extendiendo su stock de verde hasta la mismísima zona de los galpones.
Con la colaboración activa de los peones del establecimiento, papá construyó además un largo muro de ladrillos al costado de la casa que se prolongaba en línea recta hasta alcanzar el galpón principal, la gran estructura que usualmente nos funcionaba como garaje para resguardar los vehículos. Para permitir el libre tránsito, el jardín de la casa contaba con un portón de dimensiones generosas, diseñado para que los autos pudieran arrimarse hasta la puerta de la vivienda en caso de ser necesario.
Con el objetivo de otorgarle estabilidad y resistencia al muro ante los embates del viento, mi padre diseñó y construyó bancos de material y jardineras redondas de material cada tanto; allí plantó arbolitos y diversas variedades de plantas. De esa manera tan ingeniosa, el jardín, además de ganar metros de superficie, adquirió una visual muchísimo más estética y hermosa.
Bajo la copa de uno de los grandes árboles del predio, colocaron una hamaca colgante de estructura fuerte, en la cual podían sentarse a descansar cómodamente tres adultos o un batallón entero de niños. ¡El único inconveniente campestre era que a veces veces nos caían los bichos peludos directo encima de la ropa! En las ramas de ese árbol generalmente florecía algún clavel del aire, esa planta epífita nativa tan característica de nuestro suelo. En algunas ocasiones nos daba por salir a andar en bicicleta por los alrededores de las casas, pero en aquellos caminos de tierra y pozos la física de las ruedas no funcionaba muy bien y terminábamos trancados.
Otra de las grandes reformas de mi padre fue la construcción de una hermosa estufa a leña abierta en el comedor de la finca. Aquello representó una idea verdaderamente grandiosa, dado que hasta ese preciso instante no existía ningún sistema de calefacción para aclimatar las habitaciones de la estancia; durante el invierno, la gente de la casa generalmente se veía obligada a quedarse aglomerada cerca de la cocina económica de hierro, la cual, con su hermoso y constante fuego de leña, caldeaba el ambiente familiar en santa paz.
Al caer la noche, la batalla contra el frío de la campaña se libraba usando bolsas de agua caliente de goma para entibiar los pies y un stock inmenso de frazadas pesadas sobre la cama; en las noches de heladas extremas, incluso se ponían a calentar ladrillos en las brasas de la cocina o cerca de la estufa, los cuales se envolvían con cuidado en paños viejos y se introducían entre las sábanas para mantener el calor del cuerpo.