La frontera exacta de las nubes
Un mediodía de mi infancia escolar, me encontraba refugiada adentro del cuarto de los niños cuando me arrimé a mirar por la ventana. Desde ese ángulo de la casa, vi que el cielo se presentaba completamente encapotado, cubierto de nubes negras y descargando una copiosa lluvia sobre el campo.
Con el fin de salir a bichear el temporal, me abrigué y me preparé de forma adecuada para el agua, dirigiéndome con paso firme hacia la puerta principal de la casa. Sin embargo, al abrir el pestillo y poner un pie afuera, me topé con un escenario que me dejó completamente sin habla: en esa fachada, el cielo se mostraba de un azul radiante y el día estaba plenamente soleado.
Aquel contraste tan brutal me sorprendió de una forma imponente, por lo que decidí darle la vuelta completa a la edificación trotando por el jardín. Fue entonces cuando mis ojos presenciaron un extraño y fascinante fenómeno meteorológico: el firmamento se encontraba dividido, completamente cubierto de tormenta hasta un punto fijo, y a partir de allí, azul y despejado. Las densas nubes se iban desplazando con lentitud, cediendo dando paso a una jornada hermosa.
Nunca en todos mis años de vida me ha vuelto a ocurrir una experiencia similar. Sé perfectamente que a veces llueve en un punto geográfico y en el vecindario de al lado no, y es evidente que en algún lugar exacto del mapa tiene que situarse la frontera donde la lluvia cesa. Pero lo habitual es que, cuando el agua para, el cielo permanezca cubierto por un manto gris que demora horas o incluso días enteros en disiparse por completo ante el viento.
Aquella tarde, la estancia me regaló el suspenso de ver el borde mismo del mundo.
El horno de barro y el lienzo de mi madre
Al costado de la vivienda destinada al capataz del establecimiento, se erguía un horno de pan construido de forma tradicional con barro y paja. Lamentablemente, cuando a mí me tocó empezar a pasar mis temporadas en la estancia, esa hermosa estructura ya se encontraba en total desuso y abandono. ¡Una verdadera pena!
Creo recordar que, posteriormente, los mayores se decidieron a repararlo y se llegó a encender de forma comunitaria en algunas contadas ocasiones para hacer pan.
Muchos años más adelante, los hornos de pan experimentaron una popularidad bastante grande en las zonas urbanas, al extremo de que varios de mis amigos y conocidos construyeron sus propios hornos de ladrillo en los patios de sus casas de Montevideo para cocinar pizzas y panes caseros los fines de semana.
Sin embargo, el auténtico horno rústico de la campaña no se perdió en las brumas del tiempo: mi madre se encargó de inmortalizarlo para siempre en un cuadro al óleo sumamente bonito que ella misma pintó con sus manos artistas. Una obra que hoy custodia la memoria viva de la Estancia Santa Isabel desde la pared de la casa de Irene en Roma.