La Estancia Santa Isabel

El croquet en los potreros y la faena rústica

En la inmensidad del establecimiento, cada fracción de tierra o potrero se encontraba identificado mediante un número específico o, en ciertos casos, con un nombre propio del pago.

En mi infancia, mi mente analítica nunca se preocupó demasiado por memorizar cuál era cuál. No me parecía un dato científicamente importante. Algunas de aquellas parcelas eran verdaderamente enormes, separadas de las restantes fracciones por alambrados perimetrales que muchas veces se divisaban tan distantes en el horizonte que no había ninguno a la vista en la redondez del campo.

Sin embargo, existía un potrero de reducidas dimensiones ubicado estratégicamente en las cercanías de la casa principal. En ese espacio acotado era donde los mayores colocaban provisoriamente a las vacas recién traídas de la campaña antes de iniciar la zafra de la yerra. También era el mostrador rústico destinado a la carneada de los animales, una dura tarea de campo que precisaba del despliegue de muchos hombres corpulentos y de un amplio espacio físico para maniobrar.

Lo curioso es cómo un territorio tan ligado a la crudeza del trabajo rural cambiaba radicalmente de color al caer la tarde: en ese mismo potrero chico nos juntábamos a jugar divertidas partidas de croquet junto a Diego, mi novio de juventud, y mis hermanos.

La cueva de Alí Babá, la nafta de Irene y el misterio del portón rojo

El galpón principal de la estancia constituía el centro absoluto de nuestras andanzas infantiles. Era una estructura imponente de paredes blancas y un gran portón pintado de color rojo, coronado en la parte superior del frente por un agujero perfectamente redondo.

Durante mis años escolares, yo contemplaba ese círculo y mi imaginación volaba alto: siempre me pregunté en el fuero íntimo si ese agujero habría albergado en algún momento, una campana de bronce destinada a llamar a los peones a comer o a convocar a la gente en caso de emergencias.

No obstante, al consultarle a mi madre me dio una explicación muchísimo más prosaica y científica: ¡ese círculo calado en la pared era, simplemente, una gatera diseñada para permitir la ventilación!

En el interior de ese galpón se almacenaba de forma ordenada todo el stock necesario para ensillar los caballos, y además funcionaba como el garaje de la familia para resguardar los autos. En un rincón descansaba siempre un bidón lleno de nafta para casos de estricta emergencia, dado que en aquellos tiempos no existían estaciones de servicio cercanas en la Ruta 5 y era necesario para emergencias.

Al respecto de este lugar, Irene me hizo sonreír de oreja a oreja con un recuerdo que me mandó a la pantalla: resulta que a mi hermana le gustaba un poco el sobrino de Chiche, uno de los capataces del campo. Una tarde, el gurí comentó al pasar que a él le fascinaba el olor a nafta; Irene, en una jugada romántica muy poco científica, se puso a oler el combustible directo de un tanquecito para sintonizar con él y terminó completamente drogada, experimentando alucinaciones raras en el garaje. ¡Se vino a "despertar" recién cuando el muchacho la pescó en ese estado y la sacó de allí de un tirón!

A mí también me agradaba el aroma de la nafta en el boliche del galpón, pero mi organismo jamás registró ningún tipo de alucinación.

Al costado de esa edificación principal se alineaban varios galpones más, de menores dimensiones, que albergaban todo tipo de herramientas para las faenas rurales. Allí se acopiaban los fardos de lana mientras se esperaba el momento exacto de su comercialización en el mercado, empaquetados en unas bolsas de arpillera enormes.

Del techo colgaba un pesado gancho de hierro que servía para elevar los fardos mediante poleas y poderlos estibar ordenadamente sobre los que ya estaban asentados.

Nosotros, los niños, usábamos ese stock de bolsas gigantescas para escalar y subirnos a jugar a las escondidas en las alturas. En la penumbra de esos cuartos descansaban instrumentos de hierro forjado que hoy en día tendrían que estar exhibidos con total orgullo en las vitrinas de un museo: una vieja desgranadora de maíz a manivela, una inmensa balanza para pesar la lana, antiguos arados de tracción a sangre y un sinfín de aparatos cuyos nombres y utilidades nunca logré descifrar en mi niñez y que ya se encontraban en total desuso.

Un poco más alejado se erguía otro galpón, construido enteramente de hojalata y pintado de rojo, que mi hermana Irene definió en sus cartas de forma perfecta como una verdadera «cueva de Alí Babá». Jugábamos en esos galpones por horas enteras sin sentir el paso del tiempo; nos colgábamos con fuerza del gancho de la lana, nos pesábamos entre risas en la balanza rústica, le dábamos vueltas furiosas a la manija de la desgranadora...

Nos divertíamos de una manera imponente en la libertad de la Estancia Santa Isabel.




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