El ascenso por el desfiladero fue implacable.
A medida que el carruaje ganaba altura entre los riscos escarpados, la temperatura cayó en picada. El frío del norte se filtraba por las rendijas del blindaje de hierro, convirtiendo el aire en vaho blanco a cada respiración. Vespera mantenía la espalda recta contra el respaldo de cuero desgastado, con las manos entrelazadas sobre su regazo para evitar que el temblor involuntario de los músculos la delatara.
No era solo el frío del exterior.
El efecto del supresor clandestino empezaba a mostrar su costo biológico. La sustancia química que dormía su aroma actuaba como un veneno sordo en sus venas: una punzada aguda le taladraba la base de la nuca, expandiendo oleadas de entumecimiento hacia sus hombros. Sabía que la dosis apenas duraría unas horas más. En su bolsillo, bajo las capas de tul y seda pesada, el segundo vial de repuesto descansaba frío contra su muslo. Si no encontraba la oportunidad de administrárselo a solas antes de la noche, su cuerpo colapsaría y el engaño saltaría en pedazos.
Frente a ella, Valerius Radek no se movía.
El Alfa permanecía recostado con una pierna estirada y los brazos cruzados sobre el pecho. No cerraba los ojos ni un segundo; sus pupilas doradas la observaban en la penumbra con una paciencia calculadora, como un depredador que vigila a una presa que no termina de encajar en el patrón habitual. Su presencia llenaba el espacio con ese zumbido invisible de autoridad que hacía que el aire dentro del coche pesara el doble.
De pronto, el retumbar de un cuerno de guerra cortó el viento exterior.
El sonido fue grave, ronco, repetido tres veces con ecos metálicos entre las montañas. Las ruedas del carruaje redujeron la velocidad mientras los cascos de los caballos repiqueteaban sobre un puente levadizo de madera maciza y cadenas gruesas.
—Hemos llegado —dijo Valerius.
No hubo aviso ni cortesía en su tono; era una constatación simple.
El carruaje se detuvo en seco con un crujido de ejes. Afuera, el murmullo de cientos de voces armadas y el chocar de espadas contra escudos llenaban el ambiente. Los soldados de Colmillo de Hierro aclamaban a su líder tras la campaña en el sur.
La portezuela se abrió desde el exterior y la luz grisácea de la tarde norteña inundó el carruaje junto a una bofetada de viento helado.
Valerius bajó de un salto ágil, sin apoyarse en los estribos, y su sola figura erguida en el patio desató un rugido gutural de aprobación entre sus hombres. Decenas de guerreros fornidos, vestidos con armaduras oscuras y capas de piel de lobo, formaban filas disciplinadas en el patio de armas del Bastión de Colmillo de Hierro.
Era una fortaleza monumental, excavada directamente en la roca viva de la cordillera. Muros negros de granito se alzaban hacia un cielo cubierto de nubes de tormenta, con estandartes plateados ondeando bajo la ventisca y antorchas encendidas en las almenas. No había jardines, ni estatuas de mármol, ni la ostentación delicada de la mansión Belmont: el lugar era un monumento a la guerra, austero, brutal y construido para resistir cualquier asedio.
Valerius se giró hacia el coche y extendió una mano enguantada.
No era una invitación amable. Era una orden muda.
Vespera respiró hondo, tragando el dolor sordo de su garganta, y asomó su figura por el marco de la portezuela. Ignoró la mano extendida del Alfa y descendió por sus propios medios, pisando los adoquines cubiertos por una fina capa de escarcha con paso firme y seguro.
El murmullo de los soldados murió de golpe.
Centenares de pares de ojos se clavaron en ella. Los guerreros esperaban ver descender a una noble mimada, encogida en lágrimas y rogando por clemencia; en su lugar, vieron descender a una mujer de porte severo, envuelta en un vestido nupcial oscuro que se mecía con la ventisca, con la cabeza alta y unos ojos oscuros que barrieron las filas de soldados sin bajar la mirada ante ninguno.
Valerius bajó la mano que ella había rechazado y una sombra de burla fría cruzó sus labios. La insolencia de su prisionera comenzaba a ser predecible, pero no por eso menos intrigante.
Un hombre corpulento, de cabello canoso y una enorme cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, se adelantó con paso marcial. Llevaba el emblema de capitán de la guardia en la hombrera.
—Bienvenido a casa, Alfa —saludó el veterano, inclinando la cabeza con respeto marcial antes de posar sus ojos desconfiados sobre Vespera—. ¿Es este el tributo de los Belmont?
—Es la supuesta flor de Rosa Negra, Toran —respondió Valerius, y su voz profunda resonó clara en todo el patio—. Llévala a los aposentos de la torre este. Asegura las puertas por fuera. No quiero sirvientes cerca de ella hasta que yo mismo termine de interrogarla esta noche.
—A la orden, Alfa.
Toran hizo una seña a dos guardias armados con lanzas pesadas, quienes se colocaron de inmediato detrás de Vespera.
—Por aquí, señora —dijo el capitán con un tono seco que dejaba en claro que la palabra "señora" era solo un formulismo militar para una cautiva.
Vespera echó a andar escoltada a través del patio hacia las inmensas puertas de roble del bastión central. A cada paso que daba, sentía la mirada ardiente de Valerius clavada en su espalda.