La Falsa esposa del Alfa

Capítulo 5—La dosis menguante

El cerrojo exterior encajó con la pesadez de una sentencia.

​Los pasos de los guardias se alejaron por el corredor de piedra hasta que solo quedó el silbido del viento norteño azotando las rendijas del ventanal. Vespera no se movió de inmediato; permaneció de pie tras la puerta maciza, contando mentalmente los segundos hasta asegurarse de que la guardia en el pasillo se apostaba a una distancia prudente.

​Cuando el silencio fue total, soltó el aire que retenía en los pulmones.

​Un espasmo violento le sacudió el estómago. La frialdad anestésica que había congelado sus sentidos durante el viaje comenzaba a evaporarse, dando paso a una fiebre sorda que le quemaba la piel por dentro. El dolor en la base del cráneo ya no era una punzada sutil: era un latido ardiente, un aviso desesperado de su cuerpo exigiendo la siguiente dosis antes de que la naturaleza reclamara su lugar.

​Miró a su alrededor.

​La cámara de la torre este era amplia, pero despojada de cualquier lujo cortesano. Las paredes eran de sillar negro sin tapices; un fuego escaso chisporroteaba en un hogar de granito, y al fondo descansaba una cama inmensa de postes de roble cubierta con pieles oscuras. Había una mesa de madera pesada con una jofaina de agua fría y un espejo de metal pulido.

​No había sirvientas ni doncellas para desvestirla. Mejor así. Nadie presenciaría su caída.

​Con manos presurosas, Vespera se desató las cintas del velo negro, arrojándolo sobre el respaldo de una silla de madera. Después, con los dedos entumecidos y temblorosos por la debilidad repentina, buscó entre las costuras internas de sus faldas. Sus uñas rasgaron el forro hasta dar con el cilindro frío: el segundo vial de supresor clandestino.

​El líquido carmesí brilló con un destello oscuro bajo la luz mortecina de las velas.

​Solo le quedaba esa ampolla y una jeringa de metal con aguja corta. Una sola dosis. Cuando se terminara, en esa fortaleza aislada por la nieve y rodeada de alfas de Colmillo de Hierro, no tendría forma de conseguir más.

​—Una noche a la vez —se susurró a sí misma con la voz quebrada por la sequedad de la garganta—. Sobrevive esta noche.

​Se acercó a la mesa, apoyó una mano contra el borde de la madera para sostener su peso y ladeó la cabeza frente al espejo pulido.

​Su reflejo le devolvió una mirada febril. En la base de su cuello, justo donde la piel se unía a la clavícula, un rubor rojizo comenzaba a extenderse: las glándulas de olor pugnaban por abrirse, amenazando con expulsar el aroma dulce, espeso y dulce como fruta madura que la delataría al primer respiro de Valerius.

​Destapó el vial con los dientes. El olor amargo y metálico del químico le inundó las fosas nasales, provocándole una náusea instantánea. Llenó la jeringa con pulso contenido, contando las gotas, y levantó el brazo hacia su nuca.

​El metal frío tocó la carne viva.

​Vespera apretó la mandíbula y empujó el émbolo.

​Un fuego líquido le corrió por la columna vertebral, tan abrasador que sus rodillas cedieron y tuvo que aferrarse con ambas manos al borde de la mesa para no desplomarse sobre los adoquines. Ahogó un quejido en el fondo de su pecho mientras las lágrimas de dolor le empañaban la vista. El compuesto actuó con brutalidad: congeló las glándulas, aplastó el calor incipiente de su biología y devolvió a su piel esa neutralidad inodora y muerta.

​El alivio fue casi instantáneo, pero la dejó exhausta, con el corazón martilleando contra las costillas y la frente perlada de sudor frío.

​Limpió la aguja en el dobladillo de su saya, guardó el frasco vacío en una grieta del suelo bajo la pesada alfombra de lana y se lavó la cara con el agua helada de la jofaina. El frío del agua le devolvió la lucidez.

​Apenas se secaba el rostro con la manga, el crujido metálico de la cerradura resonó desde el corredor.

​No hubo aviso ni llamado a la puerta.

​El pesado madero de roble se abrió de golpe hacia adentro, y la silueta inmensa de Valerius Radek llenó el umbral. Se había despojado de la capa de viaje y de la armadura pesada; vestía únicamente una camisa negra de cuello abierto y pantalones oscuros ceñidos a sus botas de montar.

​Traía consigo el olor cortante del viento invernal y esa presencia física demoledora que hacía encoger el espacio a su alrededor.

​Sus ojos dorados barrieron la habitación en un parpadeo: el velo tirado sobre la silla, la postura erguida de Vespera junto a la mesa y el brillo de humedad en sus pómulos pálidos.

​Valerius cerró la puerta a sus espaldas con un empujón del pie y pasó el cerrojo interior.

​—Me dijeron que no pediste cena ni llamaste a las doncellas —dijo él, avanzando con pasos lentos y pesados hacia el centro de la estancia—. O los Belmont te enseñaron una disciplina monástica, o estás demasiado asustada para respirar en mi casa.

​Vespera no retrocedió ni un milímetro, sosteniendo la mirada del Alfa mientras las uñas se le clavaban en las palmas cerradas a la espalda.

​—No tengo apetito, Alfa —respondió, con la voz serena pero raspada por el efecto del químico—. Y sé muy bien dónde estoy para esperar atenciones.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.