La Flor del Ángel Caído

CAP 14. Lo que permanece entre nosotros.

La casa había recuperado poco a poco su ritmo habitual.

O, al menos, eso intentaban aparentar sus habitantes.

Desde la cocina llegaba el sonido de los platos, acompañado por la voz de Sam, que discutía con Chloe sobre algo relacionado con el desayuno. Iván se reía de ambas, mientras Adrián parecía disfrutar demasiado de la situación como para intervenir. Alice, por su parte, intentaba poner orden sin demasiado éxito.

Era extraño escuchar aquellas voces después de la noche anterior.

Pero también era reconfortante.

La luz del verano se filtraba por las cortinas de la sala, dibujando pequeños reflejos dorados sobre el suelo. Algunas flores seguían creciendo en el jardín, desafiando cualquier explicación lógica. Sus pétalos se mecían con la brisa que entraba por la puerta entreabierta.

En el sofá, Kael permanecía inmóvil.

Su respiración era más tranquila que horas atrás. Las marcas oscuras de su cuello habían perdido intensidad, aunque todavía quedaban rastros bajo su piel, como grietas de tinta que se negaban a desaparecer.

Arlina seguía sentada a su lado.

Había intentado desayunar con los demás, pero apenas había probado un par de bocados antes de regresar a la sala. No podía evitarlo. Cada vez que se alejaba, una parte de ella permanecía pendiente de su respiración, de sus movimientos, de cualquier señal que indicara que algo volvía a ir mal.

Sus dedos descansaban sobre la mano de Kael.

No la apretaba con fuerza.

Simplemente, no quería soltarla.

—No tienes que vigilarlo todo el tiempo —dijo una voz desde la entrada.

Arlina alzó la mirada.

Aurelion estaba apoyado junto al marco de la puerta, con su habitual expresión serena. Su cabello claro recogía los destellos del sol, y su postura conservaba aquella elegancia que parecía imposible de alterar, incluso después de enfrentarse a una criatura de sombras durante la noche.

Arlina bajó los ojos hacia Kael.

—Ya lo sé.

—Sin embargo, llevas aquí desde que despertaste esta mañana.

—Porque él sigue inconsciente.

Aurelion no discutió.

Se limitó a observarla durante unos segundos.

—Su estado es estable. Necesita descansar, pero su cuerpo está recuperándose.

—¿Y el pacto?

La pregunta salió más rápido de lo que Arlina pretendía.

La expresión de Aurelion perdió parte de su ligereza.

—Sigue ahí.

Arlina sintió que sus dedos se cerraban involuntariamente alrededor de la mano de Kael.

—Pero dijiste que había cambiado.

—Y así es. Aunque todavía no sabemos hasta qué punto.

Ella guardó silencio.

No le gustaba aquella respuesta. No porque esperara que Aurelion tuviera una solución para todo, sino porque cada vez que preguntaba por Kael descubría una nueva razón para temer lo que pudiera sucederle.

—¿Crees que volverá a pasar? —preguntó finalmente.

Aurelion dirigió la mirada hacia el rostro dormido del muchacho.

—Creo que Zhakar volverá a intentarlo.

No adornó sus palabras.

Tampoco intentó suavizarlas.

Arlina tragó saliva.

—Entonces tendremos que encontrar la manera de detenerlo.

—La encontraremos.

Ella lo miró, buscando alguna señal de duda en sus ojos dorados.

No la encontró.

Aurelion se acercó un poco más al sofá.

—Pero, por ahora, deja que despierte antes de decidir cómo salvarás el mundo entero.

Arlina frunció el ceño.

—No intento salvar el mundo entero.

—Por supuesto que no.

La leve ironía de su respuesta hizo que ella lo mirara con indignación.

—¡Lo digo en serio!

—Y yo también.

Aurelion alzó una ceja.

—Aunque debo admitir que tu manera de afrontar los problemas suele incluir gritar, hacer florecer el jardín y desafiar a entidades infernales que te superan en experiencia.

Arlina abrió la boca.

La cerró.

—No hice florecer todo el jardín.

—Una observación muy tranquilizadora.

Ella le lanzó una mirada molesta.

Por primera vez en toda la mañana, Aurelion sonrió abiertamente.

Arlina estaba a punto de responder cuando sintió algo bajo sus dedos.

Un movimiento.

Pequeño.

Casi imperceptible.

Su sonrisa desapareció.

Bajó la mirada de inmediato.

La mano de Kael acababa de moverse entre las suyas.

—¿Kael…?

Él no respondió.

Pero sus dedos se contrajeron ligeramente, aferrándose a los de ella.

Arlina se incorporó tan deprisa que casi golpeó la mesa junto al sofá.

—¡Aurelion!

—Lo he visto.

Kael frunció el ceño.

Su respiración cambió.

Una arruga apareció entre sus cejas, como si estuviera intentando regresar desde un lugar demasiado lejano. Después, su cabeza se movió apenas contra el cojín.

Y, lentamente, sus ojos comenzaron a abrirse.

Durante unos segundos, su mirada permaneció desenfocada.

No parecía reconocer el techo ni la luz que atravesaba las ventanas. Sus pupilas se contrajeron ante la claridad y su respiración se volvió irregular.

Entonces intentó incorporarse.

Un dolor repentino le atravesó el cuerpo.

—Mierda…

Volvió a caer contra el sofá, apretando los dientes.

—¡Kael, no te muevas! —exclamó Arlina, inclinándose hacia él—. ¡Acabas de despertar!

Él cerró los ojos un instante.

—Ya me había dado cuenta.

Su voz sonaba ronca, desgastada.

Pero era su voz. Y estaba despierto.

Arlina sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho.

Por primera vez desde la noche anterior, pudo respirar sin sentir que el aire se le quedaba atrapado en la garganta.

Kael volvió a abrir los ojos.

Esta vez, su mirada encontró la de ella. Y se detuvo.

Observó su rostro cansado, las sombras bajo sus ojos y la forma en que todavía sostenía su mano. Después bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

Algo cambió en su expresión.

—¿Cuánto tiempo…?




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