La mañana avanzaba lentamente sobre el jardín de la casa de Elías.
Después del caos de la noche anterior, la luz del sol parecía empeñada en devolverle al lugar una tranquilidad que todavía no terminaba de sentirse natural. Las flores que habían brotado por toda la hierba permanecían allí, extendiéndose entre las piedras del sendero y trepando por los bordes de los pequeños parterres. Algunas conservaban un brillo tenue, casi imperceptible, como si aún guardaran algo de la magia que las había hecho crecer.
Aurelion contempló el jardín durante unos instantes antes de volverse hacia Kael.
—Levántate.
Kael, que acababa de terminar de desayunar y había conseguido sentarse en una silla del porche con una taza entre las manos, alzó lentamente la mirada.
—¿Perdón?
—Has oído perfectamente.
—Creía que habíamos quedado en que empezaría después del desayuno.
—Y ya has desayunado.
Kael miró su taza.
Después miró a Aurelion.
—Esto es café. No un desayuno.
—Entonces deberías haber comido más.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Insoportable.
Aurelion inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera considerando la observación.
—Solo cuando es necesario.
—Qué suerte la mía.
Arlina, sentada en el escalón inferior del porche, soltó una risita.
Kael le dirigió una mirada de traición.
—No te rías. Tú también vas a terminar sufriendo.
—No recuerdo haberme quejado de mi desayuno.
—Todavía.
Aurelion se apartó del porche y avanzó hacia una zona despejada del jardín.
—Vamos, Kael. Quiero comprobar cuánto has recuperado antes de empezar.
Kael dejó la taza sobre la mesita.
Se incorporó despacio, intentando disimular la rigidez de sus movimientos. El dolor seguía presente en sus músculos, y las marcas oscuras del pacto, aunque ahora permanecían tranquilas bajo su piel, le recordaban que su cuerpo aún no se había recuperado del todo.
Arlina se levantó de inmediato.
—¿Estás seguro de que puedes hacerlo?
—Estoy seguro de que puedo caminar.
—No es lo mismo.
—Arlina…
—Solo pregunto.
Kael la observó durante un momento. Su expresión se suavizó ligeramente.
—Estoy bien, Arlina.
Ella no pareció del todo convencida, pero terminó apartándose para dejarlo pasar.
Aurelion, que había presenciado el intercambio, esperó a que Kael llegara hasta él.
—Antes de comenzar, quiero dejar algo claro. No me interesa comprobar si eres capaz de soportar más dolor que otra persona. Ya sé que puedes hacerlo.
Kael arqueó una ceja.
—Qué alentador.
—Me interesa saber si eres capaz de reconocer tus propios límites sin permitir que el orgullo decida por ti.
—Eso suena bastante menos divertido.
—No estamos aquí para divertirnos.
—Habla por ti.
Aurelion lo miró con una serenidad exasperante.
—Si has terminado, empezaremos.
Kael suspiró.
—Adelante, Custodio. Ilumíname.
—No te preocupes. Lo haré cuando dejes de hablar.
Arlina se llevó una mano a la boca para contener otra risa.
Kael la señaló con un dedo sin apartar los ojos de Aurelion.
—Tú y yo hablaremos después.
—Estoy deseándolo —respondió ella, divertida.
Aurelion levantó una mano, reclamando silencio.
Y el entrenamiento comenzó.
—Atácame.
Kael lo miró fijamente.
—¿Así, sin más?
—¿Necesitas una invitación formal?
—No. Solo quería asegurarme de que eras consciente de lo que estabas pidiendo.
Aurelion no respondió.
Ni siquiera adoptó una postura de combate.
Permaneció de pie en mitad del jardín, con los brazos relajados y la expresión tranquila, como si Kael le hubiera pedido que lo acompañara a dar un paseo.
Aquello resultaba irritante.
Kael flexionó los dedos.
—No digas que no te lo advertí.
Se lanzó hacia él.
Su primer movimiento fue rápido, dirigido al costado, pero Aurelion giró apenas el cuerpo y lo esquivó con una facilidad insultante. Kael corrigió la trayectoria, intentó alcanzarlo con el brazo contrario y recibió como respuesta un movimiento preciso que le desvió el ataque.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Aurelion le sujetó la muñeca, aprovechó el impulso de su propio movimiento y lo desequilibró.
Kael terminó de rodillas sobre la hierba.
Hubo un breve silencio.
Desde el porche, Arlina parpadeó.
Kael permaneció inmóvil durante un segundo, con una mano apoyada en el suelo.
Después levantó la cabeza.
—¿En serio?
Aurelion lo soltó.
—Te has precipitado.
—Me has tirado al suelo.
—Precisamente.
Kael se incorporó con una expresión que prometía una larga lista de quejas.
—De acuerdo. Otra vez.
Volvió a atacar.
Esta vez esperó un poco más, observó la posición de los pies de Aurelion e intentó engañarlo con un movimiento de hombros antes de cambiar de dirección.
Aurelion bloqueó el golpe.
Kael aprovechó el contacto para intentar apartarlo, pero el Custodio apenas se movió.
Ni siquiera retrocedió.
La diferencia resultaba evidente.
Kael poseía una fuerza considerable, una velocidad extraordinaria y años de experiencia en combate. Sin embargo, frente a Aurelion, sus movimientos parecían encontrar siempre una respuesta antes de llegar a completarse.
El Custodio no desperdiciaba energía.
No se precipitaba.
No necesitaba responder a cada ataque con otro más fuerte.
Simplemente sabía dónde debía estar antes de que Kael decidiera cómo alcanzarlo.
Kael intentó golpearlo de nuevo.
Aurelion desvió su brazo, le hizo perder el equilibrio y lo derribó por segunda vez.
Esta vez, Kael rodó sobre un hombro y se levantó inmediatamente.
—Empiezo a sospechar que esto está amañado.
—¿Por quién?
—No lo sé. Por el universo, quizá.
—El universo tiene asuntos más importantes.