El sueño comenzó como si no fuera mío.
Era una sensación extraña, difícil de explicar. Como si, mientras dormía, hubiera atravesado una distancia imposible y terminado en un lugar que existía mucho antes de que yo naciera.
Al principio, no comprendía dónde estaba.
Me encontraba en un salón inmenso, rodeado de altos pilares blancos que parecían extenderse hasta el cielo. Sobre mí se alzaba un techo abovedado, adornado con esculturas delicadas y figuras que no lograba reconocer. Más allá de los arcos, un cielo despejado se extendía entre nubes luminosas, como si aquel lugar hubiera sido construido en lo más alto del mundo.
No había ventanas.
Una brisa constante recorría el salón, acariciándome el rostro y moviendo suavemente mi cabello.
Todo era hermoso.
Demasiado hermoso para parecer real.
Pero había algo más.
Una familiaridad inexplicable. La sensación de estar contemplando un recuerdo que no me pertenecía y que, de alguna manera, llevaba mucho tiempo esperándome.
Entonces los vi.
Reconocí a dos personas.
Y mi corazón dio un vuelco.
A unos metros de mí se encontraba un hombre de cabello blanco, impecablemente vestido, con una presencia tan elegante que parecía formar parte de aquel lugar. Sus ojos amarillos tenían el brillo del amanecer, esa misma tonalidad dorada que había aprendido a reconocer en una mirada que rara vez dejaba entrever sus pensamientos.
Aurelion.
No había ninguna duda.
Pero ¿qué hacía él allí?
Mi mirada se desplazó hacia la mujer que estaba frente a él.
Y entonces dejé de respirar por un instante.
Tenía un rostro que se parecía extraordinariamente al mío. Los mismos rasgos delicados, la misma forma de los labios… aunque su cabello era blanco como la nieve, cayendo suavemente sobre sus hombros.
La conocía.
No porque la hubiera visto en una fotografía o porque alguien me la hubiera descrito.
La conocía de una manera mucho más profunda.
—¿Mamá…? —susurré, sin poder apartar los ojos de ella.
Seraphina.
Era mi madre.
La mujer a la que había perdido cuando todavía era demasiado pequeña para comprender todo lo que su ausencia significaría para mí.
Sentí un nudo en la garganta.
¿Por qué estaba allí? ¿Por qué parecía tan joven? ¿Y qué relación tenía con Aurelion?
Aunque, pensándolo bien, no debería sorprenderme tanto que se conocieran. Aurelion sabía cosas sobre ella que no ha querido decir. Lo que no comprendía era por qué aquel encuentro me producía una sensación tan inquietante.
Quise acercarme, pero mis pies permanecieron inmóviles.
Era como si yo no formara parte de aquel lugar.
Como si estuviera observando algo que había sucedido hacía mucho tiempo.
Entonces Aurelion habló.
—¿Comprendes lo que estás poniendo en riesgo, Seraphina?
Su voz era tranquila. No necesitaba levantarla para hacerse escuchar.
Mi madre sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Y aun así mantienes tu decisión?
Seraphina tardó en responder.
Por un instante, percibí algo que jamás habría imaginado en ella: miedo.
No un miedo que la hiciera retroceder, sino uno con el que había aprendido a convivir. Algo que pesaba sobre sus hombros, aunque se negara a permitir que la doblegara.
—No he dicho que no tenga miedo.
Aurelion inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces, ¿por qué no retrocedes?
Mi madre miró hacia las enormes puertas situadas al otro extremo del salón. Su expresión se suavizó, aunque la preocupación permaneció en sus ojos.
—Porque tener miedo no significa que esté equivocada.
Aurelion guardó silencio.
Y aquel silencio resultó más inquietante que cualquier amenaza.
—Una decisión así no afectará únicamente a tu destino —advirtió finalmente—. Hay consecuencias que no podrás deshacer cuando llegue el momento.
—Lo sé.
—No. —Por primera vez, una dureza perceptible se filtró en su voz—. Sabes lo que estás dispuesta a perder. Todavía no sabes lo que esa elección puede llegar a costarte.
Seraphina bajó la mirada.
Quise gritarle que no lo hiciera. Que, fuera cual fuese su decisión, debía pensarlo bien. Que no tenía que enfrentarse sola a algo que parecía asustar incluso a alguien como Aurelion.
Pero no podía intervenir.
Ni siquiera sabía si ella habría podido escucharme.
—Si cruzas ese umbral —continuó él—, no puedo garantizar que el Cielo te permita regresar. Y, si deciden que no debes hacerlo, tampoco podré garantizar qué será de tu destino.
Mi madre levantó el rostro.
No parecía sorprendida.
Quizá ya había contemplado esa posibilidad mucho antes de presentarse ante él.
—No te estoy pidiendo que me garantices el regreso.
Aurelion permaneció inmóvil.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, no encontró una respuesta inmediata.
Seraphina lo observó con tristeza, una que sentí debía venir de muy lejos
Después, sonrió con gentileza.
—Aurelion… tú llegaste a amar. Entiendes, ¿verdad? Lo que uno sería capaz de hacer por amor.
Algo cambió en la expresión del arcángel.
Fue apenas un instante, una grieta diminuta en aquella serenidad que parecía imposible de quebrar. Sus labios se apretaron y sus ojos perdieron parte de su brillo habitual.
Rabia.
No una rabia explosiva, sino una que imagino llevaba demasiado tiempo contenida.
Y, debajo de ella, algo más.
Dolor.
—No amé lo suficiente —respondió.
Su voz se quebró apenas en la última palabra.
Me quedé helada.
¿Aurelion había amado a alguien?
La idea me resultaba tan inesperada que, por un momento, olvidé incluso dónde estaba.
El hombre que siempre parecía tener una respuesta para todo, que observaba el mundo como si pudiera comprenderlo desde una distancia inalcanzable… acababa de admitir que había fracasado en algo.