*Cambio de perspectiva, Ling'er*
Habían pasado cuatro largos años desde que empecé a entrenar con mi madre. Muchas cosas cambiaron desde entonces, a través de las críticas, las burlas, la tristeza, la rabia, la impotencia, la decepción y la soledad... Poco a poco, las cosas que no podía entender cuando tenía cinco años se hicieron claras como el agua.
Con el peso de estos años había visto mucho, inocencia, lealtad, malicia, rencor, envidia, entre otras cosas. una vez dijo mi madre, el corazón humano podía ser oscuro, e incluso a veces, las cosas no eran tan simples como blanco o negro. Las cosas podían ser mucho más complejas .
Como el asunto del sello de mi padre. Nadie me dijo nada jamás, pero conforme crecía me hice más consciente de mí misma. A veces mientras meditaba podía sentir algo dentro de mi estirarse, eso me hacía preguntarme qué tan aterrador debía ser como para que me sellaran. Así que en este tiempo entendí que todo lo que había pasado tenía un propósito. Aunque entenderlo no significaba que pudiera dejar ir tan fácilmente todo el amargo camino que me había tocado recorrer.
En el último año se podría decir que lo perdoné a medias, en parte por regalarme un huevo de bestia espiritual; aunque aún no encontré la forma de recuperar la confianza perdida en él.
Aquella mañana me encontraba entrenando con la espada, en los últimos años se había convertido en mi obsesión, solo blandiendo la espada me sentía libre y no como un pájaro en una jaula. Giraba con gran fluidez y mis cortes y estocadas eran tan afiladas como mi mente. Mis padres me observaban de desde lejos sentados en una mesa tomando té y charlando sobre cosas de la secta.
En estos años mi aspecto también había cambiado, había heredado la belleza sin igual de mi madre. Piel clara y perfecta como jade blanco inmaculado, ojos grandes, brillantes y dorados acompañados de pestañas largas y coquetas, nariz pequeña y delicada, y labios pequeños pero jugosos, de un inocente color rosado que hacía juego con mis mejillas. Mi largo y sedoso cabello castaño solía llevarlo en dos coletas altas, adornadas con adorables y largos lazos rojos de fina seda que acompañaban la caída natural de mi pelo; cada extremo de los lazos llevaba un cascabel.
Aunque mi figura seguía siendo infantil, ahora era más alta y hermosa. Mi vestido hanfu corto, de tela suelta en color rosa con detalles en rojo, ondeaba con cada giro de mi técnica. El vestido era de corte palabra de honor, con mangas anchas e independientes a medio brazo. Mis delicados zapatos rojos también llevaban cascabeles decorativos en la zona del tobillo, acompañados por lazos.
Mi madre solía decir que cuando saliera de la secta debía usar un velo para ocultar mi belleza para evitar problemas, a menudo me contaba anécdotas de su juventud antes de conocer a papá, todo aquel hombre que veía su belleza incomparable la cortejaba y admiraba. Grandes personajes poderosos de todo el continente se enamoraron de ella, pero ella eligió a mi padre.
Hice girar mi espada a compás de que mi cuerpo giraba en una elegante y letal movimiento, pero tuve una sensación extraña en el corazón, como un apretón. Me detuve frunciendo el ceño por un segundo mirando la espada fijamente.
—Ling'er ¿Que sucede?— preguntó mi madre con voz serena.
—He sentido algo.
—Quizás solo estes cansada, ven y come un pastelito.
Asentí distraída caminé hasta un árbol cercano para recoger la toalla que dejé sobre una de sus ramas. Cuando me estaba secando el sudor llegó alguien volando en espada. Wei Ran, había pasado estos años en silencio reclusión. Solo con verlo podía deducir que al menos era de etapa de refinación de qi. Miré lentamente hacía arriba, Wei Ran con ahora trece años se veía mucho más alto, pero ese carácter de pavo real no había cambiado.
—¡Xu Ling'er! ¡Yo, Wei Ran he venido a retarte a la plataforma de desafío para vengar la humillación de hace cuatro años! — me apuntó con el dedo.
—Solo un perro que viene a ladrar... —murmuré con indiferencia.
—¿Acaso tienes miedo inútil? Tranquila lisiada, no seré un abusón, solo usaré mi fuerza física como tú ¿Te atreves?
Mi mirada lo encontró al instante de nuevo, está vez con fría rabia contenida. Lo apunté con el dedo.
—Cuidado con retractarte luego y hacer trampa, lo has prometido delante del patriarca.
—Ling'er, no tienes porque...—empezó mi padre .
—¡Lo haré!
—¡Ling'er no seas..! —quiso intervenir mi padre, pero mi madre posó suavemente su mano sobre la suya y negó ligeramente con la cabeza.
—Ling'er, haz lo que tengas que hacer, nosotros estamos a tú espalda. —dijo mi madre.
Yo asentí sin perder de vista a Wei Ran.
—Yo, Xu Ling'er. Acepto tu desafío.
—¡Bien, muy bien! ¡Te veo en la plataforma entonces, no llegues tarde!
Wei Ran se rió como un lunático antes de marcharse. Cerré los ojos y respiré hondo. Confiaba en mis habilidades marciales. Si las restricciones evitaban que ese pavo real usara su poder espiritual, estaba segura de poder pelear en una batalla justa.
En ocasiones me preguntaba mi misma cuando me levantarían el sello o si realmente sería algo permanente. Luego me decía a mi misma que sin importar las circunstancias, solo debía seguir avanzando. Abrí los ojos y miré hacia el cielo.
Sin perder ni un solo segundo, me di la vuelta hacia la plataforma de meditación y tomé mi espada, una de verdad, regalo de mi madre, luz de luna (月光, Yuèguāng) su hoja estaba hecha con obsidiana del vacío, un material tan duro, que casi llevaba el estigma de irrompible, la sensación del mango en mis manos se sentía familiar, seguro, como un ancla que me mantenía firme. Los cascabeles de mis coletas y mis tobillos soltaron un leve campanilleo al ajustar mi postura.
—No te contengas, Ling'er —la voz de mi madre resonó detrás de mí, serena como un pozo de agua cristalina—. Un pensamiento, un corte, una duda, una derrota.