En las puertas del Templo, un Ferran desaliñado y con una sonrisa de oreja a oreja despertó la curiosidad del sacerdote más joven, quien desde el minuto uno tenía una opinión totalmente desfavorable hacia él. Este sacerdote, llamado Isen —cuyo nombre significaba igual que el de Ferran—, cuestionó las acciones del herrero de inmediato:
Primero, se plantó allí y no se dispuso a rezar; solo fue directamente a pedir respuestas.
Segundo, aun confirmando un vínculo con la espada, prefería desafiar al destino.
Tercero, se supone que aceptó a regañadientes, pero sin previo aviso y sin siquiera notificar nada, se presentaba con aquel aspecto y esa sonrisa…
—Oh, ¿qué hace aquí un mendigo que ni siquiera se digna a saludar? —balbuceó Isen.
Ferran continuó con su sonrisa y dirigió sus pasos hacia donde se encontraba el sumo sacerdote. En eso, Isen lo agarró con el ceño fruncido y le dijo:
—Oye, que te estoy hablando.
Ferran se quedó en silencio, se apartó de un tirón y siguió su paso.
—Sumo sacerdote —dijo mientras se arrodillaba con una justeza y agachaba la cabeza.
—Oh, joven Ferran, cuánto tiempo —lo recibió este mientras se acariciaba su larga barba.
«Será mentecato... si lo vi antes y ni me miró», murmuró Isen apretando los dientes en la esquina.
En eso, el joven sacerdote interrumpió la estancia y dijo en voz alta:
—Mira con qué pintas se presentó a este lugar sagrado. Encima es un maleducado, ni saluda ni nada; va solo a su conveniencia. ¿Cómo puede ser este el elegido si sigue escuálido y seguimos registrando avistamientos rojos?
—Oh, sumo sacerdote, no sabía que habían adoptado a un perro. Así entiendo que el mal no se acerque —respondió Ferran sin perder la sonrisa.
—¡¿Qué has dicho?!
El sumo sacerdote sonrió y no hizo caso al insulto, pero como el joven continuaba agachado en el suelo, le invitó a levantarse.
—¿A qué has venido, Ferran?
—Verás... primero, ¿el perr... quiero decir, Isen, dice que hay avistamientos rojos?
—Bueno, algunas personas vienen de peregrinaje aquí al templo y, cuando pasan cerca de donde está la espada, palabras llenas de ira son susurradas en sus mentes. No sé cómo notan la presencia de esta, pues está en el fondo de este recinto con unas cadenas bañadas en plegarias antiguas. Las personas normales no podrían; solo nosotros, los sacerdotes que entrenamos el maná, y personas especiales como tú.
«Entonces, la Calamidad se está moviendo de verdad», pensó Ferran en un instante de lucidez.
—Pero supongo que no has venido aquí movido por esas noticias —continuó el anciano—. Y viendo tu atuendo, pareciera que fuiste a una incursión.
—Ah, cierto, disculpe su eminencia, me desvié del tema.
—No pasa nada, joven, prosigue.
—Mejor vayamos a otro lugar más reservado.
—Tranquilo, Isen no dirá nada; él nunca iría en contra de lo que ama proteger. Ahí donde lo ves, entrena “en secreto” con una espada de madera imbuida con maná.
—¿Pero cómo? Entonces, ¿quién es él…?
—Como tú, alguien especial, pero sin estar contaminado. Fue abandonado aquí en el Templo de niño, creció con una fuerte determinación de proteger a sus gentes y a menudo tenía sueños extraños sobre una criatura. Cuando nos los contaba, su maná se manifestaba solo.
—¿Quiere decir que era otro caballero?
—Si recuerdas la historia, Aiden no estaba solo; eran un poblado, un grupo entero, y estaba el sacerdocio, que en sus tiempos poseía un maná igual de fuerte que el de los guerreros. Sopesamos que desciende de uno de ellos. Pensamos incluso que Isen era el elegido, pero descubrimos que su poder era volátil, como esferas de maná que enblanquecen todo lo que tocan.
—Entonces debería ser él el elegido. Es mucho más puro que yo.
—Por eso mismo no lo es. Lo puro se corrompe fácilmente, ya ves su carácter. En la naturaleza debe haber equilibrio y, aunque su maná es puro, su corazón creció alimentándose de una ira heredada.
—But... ¿con usted es respetuoso, no?
—Jaja, es lo normal, lo criamos nosotros. Él solo reacciona con esa furia ante ti…
—Vamos, que me tiene manía persecutoria.
—No es así. Su energía es pura pero sus pensamientos son inestables y, como lo sabe, muestra una máscara. De hecho, en manos de la Calamidad sus poderes podrían hacer estragos, pero curiosamente ese carácter inestable es su coraza. Por eso puede detectar a la gente y enviarlos… bueno… cómo decirlo… a paseo.
El anciano sacerdote mencionó aquello sin saber muy bien dónde meterse al usar esas palabras tan mundanas.
—En fin, joven, me volví a desviar. ¿Qué me ibas a contar?
—Ah, sí, disculpe. Verá, la diosa de la naturaleza, que resulta ser quien tiene el vínculo más fuerte con la Calamidad, se manifestó ante mí en el bosque. Tiene sellado a Tsukigane porque fue contaminado por la Calamidad y teme que este, pese a ser un preso en el metal, pueda perder el control e intentar dominar con la palabra. Además, ella protege los otros restos de sus familias, custodiados en el suelo por descendientes un tanto reservados y algo hostiles debido a la situación.
Ferran tomó aire antes del remate:
—Entonces, me dio la alternativa de quitarle el sello, pero solo allá en la espesura. Me fue franca y dijo que mi energía y mi fortaleza no son lo suficientemente fuertes para estar en comunión con la fuerza de un dragón; y menos uno que en su momento aniquiló a su propia especie al ser dominado por la Calamidad.
El sumo sacerdote se quédo pensativo, pero sabía que había algo más detrás de la visita del muchacho.
—¿En qué podemos ayudarte, Ferran?
—Verás, como veo que estoy en lo cierto, la Calamidad está en movimiento y la gente no es tonta. Si vieran a un herrero cargar cacharros pesados e ir a un bosque prohibido día tras día, despertaría las sospechas de cualquiera, y algún infiltrado de la sombra hallaría el lugar sagrado. En cambio, si vengo aquí, todos pensarán que rezo para intentar curarme de mi dolencia o por algún tipo de desesperación. Es de conocimiento público en el taller que tengo tendinitis crónica y me dedico a la herrería; no sería extraño que fuese a pedir un rezo por el empeoramiento de mi estado.