La voz que escuchó Ferran parecía querer expresar un sonido claro, pero algo impedía que se desarrollara con nitidez, como si al menor intento de pronunciar una palabra con sentido, esta fuera cortada de golpe por una fuerza invisible.
Sin embargo, un tintineo metálico al final de aquel último intento confirmó sus sospechas. Sin pensarlo más, el muchacho se sentó en una ladera de hierba antes de llegar a las murallas de la ciudad, cerró los ojos fuertemente e intentó conectar con ese eco lejano. Ni él mismo entendía por qué lo hacía, pero decidió dejar que su propio cuerpo y su corazón lo guiasen; después de todo lo vivido, comprendía que todo pasaba por algo. Ir en contra de su propio instinto solo serviría para crear un nudo mucho más gordo, destructivo y tedioso.
En ese momento de concentración, volvió a sentir aquellas cadenas místicas rozando el suelo de su conciencia. Notó cómo se tensaban en un tirón violento, alcanzando un punto muerto del que no podían avanzar. Entonces, un nuevo intento de voz surgió entre la niebla mental, y Ferran percibió dos nombres entrelazados que se fundían en uno solo: FerrAiden.
Al sentir esa presión, Ferran pronunció sin querer un nombre que le pareció descifrar en el eco:
—¿Faren? ¿Quién es Faren?
Se hizo un silencio absoluto, pero en mitad de su pecho surgió un pinchazo agudo, un dolor desconocido y punzante que le obligaba a recordar una parte borrada del pasado. Casi al límite de quedar inconsciente por la intensidad del recuerdo, su memoria rescató una verdad de la antigua historia: Tsukigane tenía tres hijos, y algo en su interior le gritaba que este último, Faren, era especial.
Ferran abrió los ojos y miró la bolsa donde guardaba la esencia que la Gran Madre le había entregado en la espesura. «Si esto está pasando justo ahora, debe ser un mensaje claro», se explicó a sí mismo en un susurro. «Hay inquietud en el mundo de los dragones, y esas cadenas están ligadas directamente a Tsukigane».
Decidido a romper el muro, volvió a concentrarse, cerró los puños y gritó con todas sus fuerzas mentales:
—¡Tsukigane! Eres tú, ¿no? ¡Responde ahora o calla para siempre, gran dragón!
En ese mismo instante, un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Ferran. Una energía magnética y brutal lo aprisionó, ejerciendo tal presión sobre cada una de sus extremidades que el calor le subió a la cara y una línea de sangre viva comenzó a gotearle de la nariz, manchando la ceniza del suelo.
—Joven... no me queda mucho tiempo —la voz del dragón retumbó en su estructura ósea, quebrada y lejana—. La diosa me tiene prisionero y no me permite salir de los límites del bosque.
—Lo sé... —jadeó Ferran, limpiándose la nariz con el reverso de la manga—. Se debe a mi flojera, a mi debilidad y a mi falta de entrenamiento.
—No del todo, joven —replicó el siseo metálico de Tsukigane—. La diosa está asustada. Teme ver a sus hijos sufrir y por eso me mantiene bajo este hechizo especial. No te engañó, pero sé cauto: si no ve que produces beneficios para el equilibrio, no dudará en matarte. He intentado comunicarme contigo porque, por un breve instante, su guardia se debilitó. No sé qué has hecho o dónde has tocado.
—Yo solo pasé por el Templo —explicó el herrero internamente.
—El Templo... los leales guardianes de la Diosa —comprendió Tsukigane tras una pausa—. Eso lo explica todo. El poder de ella no interfiere en ese recinto sagrado debido a la promesa antigua.
—¿Promesa antigua?
Una tos cortante y seca interrumpió la conexión, pero el dragón realizó un esfuerzo supremo para transmitir sus palabras a través del maná:
—Antaño, la Diosa compartió una parte de su poder con el Templo y con los humanos normales. Les entregó una esencia a cambio de su lealtad incondicional. Esa esencia es una energía pura, no mágica... un residuo para ella, pues su ser es todo calidez y energía viva.
—¿Residuos? ¿Energía pura? —la mente de Ferran entró en contradicción—. Pero si ella es una deidad, ¿por qué iba a dar un residuo?
—Porque ningún dios es puro del todo, joven. La pureza absoluta es una debilidad que ellos descartan o reparten; aunque la producen en grandes cantidades, la menosprecian como tal. Pero en fin, déjame aclararte ese tema más adelante; ya hablaremos de teologías cuando nos reencontremos. La diosa no se fía de mí a pesar de mi castigo y mi prisión, pero en ti ve algo diferente. Ve algo oscuro y mágico que converge mezclado con esa energía pura del Templo. Tienes un triángulo en tu alma, Ferran... tres fuerzas que convergen en tu interior. Eso fue lo que ella susurró mientras me ceñía las cadenas.
Tsukigane hizo una pausa y la vibración de su voz se tornó grave y severa:
—Si siente que eres débil, es porque cree que esas tres energías terminarán por dominar tu ser. Y como teme con pavor que la gran tragedia del pasado se repita, no dudará en sacrificarte a ti... pero no solo a ti, sino a todos los seres vivos. Las cadenas que sufro son el reflejo de su miedo. Ella duda. Cree que eres demasiado débil fuera del bosque y teme que la oscuridad llegue a ti antes de que ella pueda tomar acción. Por eso, joven, siempre que hables con ella, mantén la guardia alta. Sigue tus propias palpitaciones. Aunque sea una deidad magnánima, no deja de ser un ser con alma que siente temor, como todos; solo que ella, por amor puro, es capaz de sacrificarnos a todos... e incluso a sí misma.