La fortuna de Oli

La fortuna de Oli

Ahí estaba Oliver Cooper, una vez más, caminando solo de regreso a casa después de haber perdido el camión.

Quienes lo veían pasar sabían que debería estar en la escuela, aunque desconocían que había sido suspendido por supuestamente robarle dinero a un compañero.

Y pensar que aquel había sido solo uno de sus problemas.

El día había comenzado con el despertador negándose a sonar, lo que le costó el desayuno y una carrera desesperada hasta la escuela. Al llegar, descubrió que había olvidado la tarea sobre la mesa de la cocina. Para colmo, cuando finalmente consiguió algo de comer durante el primer descanso, un compañero tropezó con él y su almuerzo terminó desparramado por el suelo.

Y, como si todo aquello no fuera suficiente, las nubes grises sobre él plateaban un escenario deprimente.

Estaba tan distraído imaginando todas las formas en que su madre podría arrancarle la cabeza que todavía no podía creer lo ocurrido justo al salir de la escuela, cuando había tropezado con la hermosa Cindy Prescott. Por un instante, incluso consideró escapar del país al imaginar la enorme mancha que seguramente habría dejado el jugo que le derramó encima.

Cuando pensó que no podía ponerse peor, la lluvia se desató.

Miles de litros de agua contribuyendo a su pésimo día. Sabía que un tranquilo camino nublado era demasiado bueno.

Pero fue ahí, en medio del torrente que caía, y segundos después de pedirle un milagro al universo, cuando un estruendoso trueno lo hizo estremecerse y bajar la mirada. La luz del relámpago ilumino algo bajo su pie: una tarjeta autografiada de Rino Von Rico, el jugador estrella del 86, dueño del récord de bloqueos en la historia de la NBA.

Se agachó de inmediato para recogerla, ignorando que el automóvil que pasó junto a él levantó una ola de agua sucia que estuvo a punto de empaparlo por completo.

Sostuvo la tarjeta con cuidado entre los dedos y limpió con la manga de su sudadera las gotas de agua que cubrían el rostro del jugador. Para su sorpresa, estaba autografiada y en perfectas condiciones, protegida por una funda de plástico hermética.

No podía creerlo. Había pasado años buscando aquella tarjeta.

Desde pequeño, él y su padre compartían una afición por coleccionar tarjetas de baloncesto. Cada vez que podían, compraban un sobre nuevo con la esperanza de encontrar alguna pieza que todavía no formara parte de su colección.

Su padre siempre decía que una buena colección no se medía por la cantidad de tarjetas, sino por las historias que había detrás de cada una. Entre todas aquellas, la de Rino Von Rico era una de sus favoritas.

Por eso, encontrar una tarjeta edición limitada de aquel hombre, tirada en medio de la calle, parecía demasiado increíble para ser verdad.

Después de caminar unos metros admirando la tarjeta entre sus manos, la lluvia comenzó a disminuir hasta desaparecer por completo, dejando tras de sí una brisa fresca que hizo más agradable el regreso a casa.

Supuso que solo había sido una nube pasajera. Luego, al contemplar nuevamente la tarjeta, lo reconfortó pensar que, después de todo, aquel día no sería un completo desastre.

Al llegar a casa, recordó la razón por la que regresaba temprano.

Oliver se quedó unos segundos frente a la puerta. Ninguno de los escenarios hipotéticos que imaginaba sobre la reprimenda terminaba particularmente bien para él.

Abrió la puerta con la mano temblorosa, sabiendo que la escuela ya le habría informado a su madre de su hijo el delincuente.

Su madre lo esperaba en la sala. Tenía una expresión seria, aunque no parecía especialmente molesta. Antes de que pudiera inventar alguna explicación, le contó que la escuela había llamado hacía unos minutos.

Todo había sido un malentendido.

Después de revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad, los profesores habían descubierto al verdadero responsable: Jorge Linus, a quien las imágenes mostraban entrando a escondidas al salón de clases durante el descanso, sacando dinero de la mochila de un compañero.

Siempre creyó que aquellas cámaras eran simples adornos para obligar a los estudiantes a portarse bien. Su supuesto funcionamiento le parecía otra leyenda, como aquella que aseguraba que la escuela se había construido sobre un cementerio o que un payaso rondaba las canchas por las noches.

Aunque nunca había dudado de su inocencia, tampoco era alguien que buscara confrontaciones, mucho menos cuando algunos de sus compañeros aseguraban haberlo visto robando.

Cuando su madre terminó de darle un sermón, se sintió aliviado. Recordó entonces la tarjeta de Rino Von Rico y sonrió para sus adentros. Después de todo, parecía que su día comenzaba a mejorar.

No tuvo demasiado tiempo para disfrutar de aquella tranquilidad. El teléfono de su madre comenzó a sonar y, tras una breve conversación, ella se apresuró a buscar sus cosas y se marchó.

Alcanzó a mencionar algo sobre una emergencia en el hospital y el dinero que había dejado sobre la mesa para que pidiera comida.

Aquellas salidas repentinas no eran ninguna novedad. Ser doctora significaba estar disponible incluso en los momentos menos oportunos. Por eso, su madre acostumbraba dejar algunas comidas preparadas en el congelador, listas para calentarse en el microondas cuando ella no estuviera.



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En el texto hay: juvenil, cuento, suerte

Editado: 27.10.2026

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