La geometría de tu mirada

Capítulo 28: huellas en la piel

Punto de vista de Marlon

​Besar a Olivia era, sin duda, como tocar el cielo.

​Nunca, ni en mis fantasías más locas de los últimos meses, imaginé que tenerla entre mis brazos y probar sus labios sería mil veces mejor que cualquier pensamiento. La besaba con una urgencia que me quemaba por dentro, intentando acallar en cada roce el dolor sordo de ese maldito correo electrónico que llevaba guardado como un secreto en lo más profundo de mi ser. Doce horas de distancia. Dos semanas de plazo. Esos pensamientos eran un veneno que intentaba ahogar devorándome sus labios.

​Tuve que separarme un segundo por pura falta de oxígeno. Al abrir los ojos, la miré con un deseo tan denso que me pesaba en las manos, pero más que eso, la miré como al tesoro más grande que la vida había decidido ponerme enfrente y que sabía, con el corazón roto, que me costaría la vida entera soltar.

​Estaba sonrojada, con el pecho agitado, jadeando suavemente y con los labios hinchados y rojos por el fuego de nuestro beso. Me miraba en silencio, expectante, con una entrega que me desarmaba.

​No me pude resistir más. La tomé de la nuca y volví a besarla, esta vez con más fuerza, más seguridad, marcando cada rincón de su boca. Pero entonces, Olivia hizo algo que mandó mi escaso autocontrol directo al carajo. Bajó sus pequeñas manitos de mi cuello y me agarró por la espalda, tirando con fuerza de la tela de mi camisa para pegarme aún más a su cuerpo.

​Mis manos, siempre temerosas de cruzar la raya o de hacerla sentir incómoda, bajaron titubeantes por su espalda hasta detenerse a solo centímetros de su trasero. Me sentía absurdamente tímido, aterrorizado de tocarla sin su autorización explícita. Sin embargo, al notar mi duda, ella se apretó todavía más contra mí.

​Me separé un instante del beso, con el pecho subiendo y bajando, y le solté entre jadeos:

​—Debemos separarnos, chiquita... o no voy a poder controlarme.

​Su respuesta me dejó completamente anonadado. La mujer tímida, la que siempre huía de las miradas y le temía al qué dirán, había quedado totalmente fuera de este juego. Con sus lindos y rosados labios entreabiertos, me soltó una frase que me revolvió la cabeza:

​—¿Y quién dijo que quiero que te controles?

​Me miró fijamente, se mordió el labio inferior con una picardía irresistible y, antes de que pudiera procesarlo, fue ella quien me tomó del cuello de la camisa y me acercó para volverme a besar con desesperación.

​Esa acción me tomó tan por sorpresa que tardé un par de segundos en seguirle el ritmo. Cuando lo hice, mis manos recorrieron su espalda con devoción. En un movimiento audaz, Olivia bajó sus manos, desabrochó el primer botón de mi camisa y me miró a los ojos.

​—No estás obligada a hacer esto... —le advertí con la voz ronca.

​—Lo sé —respondió ella, sin apartarse ni un centímetro de mi boca—. Pero te quiero sin camisa en mi cocina.

​Aparté lentamente sus manos y, sin romper el contacto visual, terminé de desabrochar los botones de mi camisa hasta quitármela por completo, quedando con el pecho al descubierto. Olivia me miró, ahora un poco más tímida, con las mejillas encendidas, y balbuceó de forma entrecortada:

​—Pensé... pensé que llevabas camiseta abajo...

​Negué con una sonrisa suave. Tomé su mano y la llevé directamente a mi pecho, apoyándola sobre mi piel caliente.

​—Me querías sin camisa en tu cocina... Y ahora, ¿qué vas a hacer? —le susurré al oído.

​Ella me acercó de nuevo y me besó. Fui bajando despacio, dejando besitos húmedos por su mandíbula, recorriendo su cuello sensible hasta llegar a sus hombros. Aparté con delicadeza la tela de su ropa para besar su piel desnuda. Olivia arqueó la espalda de inmediato, permitiéndome un mejor acceso, mientras mis manos le rodeaban la cintura y se deslizaban por los costados hasta la orilla de su blusa. Metí los dedos bajo la tela para sentir su piel suave, y ella solo exhaló un suspiro, dejándose llevar por el escalofrío que le provocaba mi tacto.

​Me detuve a unos centímetros de su cara, subiendo un poco la prenda, y le pregunté con la voz más tierna que me salió:

​—¿Puedo quitártela?

​Olivia soltó una risita nerviosa y asintió, mirándome con una complicidad que me mataba.

​—Marlon... ¿me vas a preguntar si me puedes quitar cada prenda de ropa? —bromeó—. ¿No has notado que quiero ser completamente tuya?

​La miré con anhelo puro y, con sumo cuidado, le saqué la camisa por encima de la cabeza. Al verla alli sentada en el meson, frente a mí solo en brasier, un instinto de pudor la hizo cruzar los brazos para cubrirse. Inmediatamente le aparté los brazos con suavidad, obligándola a sostener mi mirada.

​—Sé que a lo mejor has visto chicas mejores... con mejor cuerpo y más jóvenes —murmuró ella con un hilo de inseguridad que me rompió algo por dentro.

​Le coloqué un dedo sobre los labios, interrumpiéndola de inmediato.

​—Calla, Olivia. No te minimices —le dije con absoluta firmeza—. No te miro buscando defectos; te miro porque eres perfecta. Si antes, con tus suéteres anchos y tus ropas holgadas, ya me tenías completamente embobado... verte así, casi desnuda, solo para mí... Eres perfecta. Juro que ahora sí me enamoré por completo.

​Me acerqué a besarla con una ternura infinita, y sin pensarlo más, la tomé en brazos y la cargué. Ella rodeó mi cuello con sus brazos y enredó sus piernas en mi cintura, guiándome con confianza a través de la pequeña casa hasta llegar a la habitación.

​La recosté sobre el colchón con sumo cuidado, como si fuera de cristal. Ella me miró desde las sábanas y soltó una sonrisa traviesa:

​—Eres todo un tierno... No dejaras de sorprenderme, Valderrama.

​—Y eso que aún no hago nada... —le devolví la sonrisa, antes de inclinarme para besarla de nuevo.

​El beso se volvió más profundo, hambriento y desesperado. Mis manos recorrieron cada centímetro de su cuerpo con devoción, bajando con lentitud hasta la pretina de sus jeans. Desabroché el botón y la cremallera, deslizándolos hacia abajo hasta quitárselos por completo, dejándola únicamente en ropa interior sobre la cama.




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