(Punto de vista de Olivia)
La luz de la mañana se filtraba de manera perezosa a través de las cortinas de mi habitación, dibujando líneas suaves sobre las sábanas revueltas. Durante los primeros segundos al abrir los ojos, experimenté una sensación extraña: una paz absoluta, un calor en el pecho que no recordaba haber sentido jamás. No había prisa, no había ruidos molestos, no había la habitual tensión fría que solía habitar en las paredes de esta casa.
Y entonces, giré ligeramente la cabeza.
El latido de mi corazón dio un vuelco salvaje, un cambio tan drástico en mi sistema nervioso que por poco me deja sin aliento. Ahí estaba él.
Marlon me miraba en silencio, con la cabeza apoyada sobre la almohada y una expresión tan tierna que desentonaba por completo con el hombre grande y de aspecto imponente que los demás veían en el centro comercial. Sus enormes y bellos ojos café me estudiaban con una devoción tan intensa, tan palpable, que sentí cómo un escalofrío delicioso me recorría de la cabeza a los pies.
No pude evitar sonrojarme hasta las raíces del cabello. Escondí la mitad de la cara bajo la cobija, sintiendo una vergüenza repentina pero dulce, muy distinta a la timidez a la que estaba acostumbrada.
—Buenos días, chiquita —su voz ronca, recién salida del sueño, me acarició el alma de una manera que me hizo suspirar.
Marlon estiró un brazo con total naturalidad, rodeó mi cintura por debajo de las sábanas y me pegó por completo a su pecho duro y caliente. Sentir su piel desnuda contra la mía hizo que mi respiración se descontrolara otra vez. Ya no había espacio entre nosotros; cada centímetro de mi cuerpo recordaba con precisión quirúrgica todo lo que habíamos hecho unas horas antes.
—Buenos días... —logré responder en un susurro, apenada, sintiendo mis mejillas arder mientras él me apartaba con delicadeza la cobija del rostro para no perderse ni un solo detalle de mis expresiones.
—¿De qué te da pena ahora, si anoche no tenías ni una sola gota de timidez? —bromeó él con una media sonrisa juguetona, mientras sus dedos trazaban círculos suaves y perezosos en mi espalda baja.
—Anoche... anoche estabas tú hipnotizándome, eso no cuenta —protesté con un puchero tierno, aunque me acurruqué todavía más contra su hombro, inhalando su aroma a limpio y a perfume mezclado con su esencia natural.
Marlon soltó una risa baja que vibró en todo su pecho, haciéndome sonreír. Me abrazó con más fuerza, como si tuviera miedo de que, con un parpadeo, yo fuera a desaparecer o a arrepentirme de todo lo que nos habíamos entregado.
—No sabes lo que daría por poder despertar así todos los días de mi vida, Olivia —murmuró de repente, con un tono tan extrañamente melancólico que me hizo detener la respiración.
Alcé la vista para mirarlo a los ojos. En ese instante, su mirada se ensombreció por un segundo fugaz, una especie de sombra pesada que cruzó sus pupilas y que desapareció tan rápido que pensé que lo había imaginado. Tenía los labios ligeramente apretados, y una arruga sutil se formó entre sus cejas, como si estuviera conteniendo un peso enorme en la garganta.
—Marlon... ¿estás bien? —le pregunté con suavidad, acariciándole la línea de la mandíbula con la yema de los dedos, sintiendo la textura de su barba de dos días—. Te noto... no sé, como si estuvieras pensando en otra parte.
Él parpadeó un par de veces, sacudiendo la cabeza con una rapidez fingida, y me regaló una de esas sonrisas cálidas que siempre lograban desarmar mis defensas.
—Estoy perfecto, chiquita. Lo único en lo que puedo pensar es en lo afortunado que soy por tenerte aquí —respondió, inclinándose para darme un beso suave y lento en los labios.
Me dejé llevar por el beso, olvidándome del mundo exterior, de la casa vacía, de los compromisos y de las sombras invisibles que a veces rondaban mi vida. En ese momento, acurrucada en sus brazos, creí firmemente que el tiempo se había detenido solo para nosotros. Hasta que recorde...
—¡Mierda, la hora! —exclamé de un tirón, incorporándome de golpe en la cama al mirar el pequeño reloj digital en la mesita de noche.
El pánico me sacó de la burbuja en la que Marlon me tenía atrapada. Si no me daba prisa, iba a llegar tardísimo a la floristería, y mi hermana me iba a interrogar hasta el cansancio.
Antes de que Marlon pudiera articular palabra o intentar retenerme con uno de sus abrazos, el tono estridente de mi teléfono comenzó a sonar sobre la mesa. Agarré el aparato a las carreras, olvidando por completo que estaba completamente desnuda. En un movimiento rápido, tomé la bata de seda que colgaba en el respaldo de la silla, me la envolví de cualquier manera y deslicé el dedo para contestar.
—¿Bueno? —dije con la respiración todavía agitada.
Del otro lado de la línea, la voz de mi hermana sonó con una mezcla de reproche y burla evidente:
—Olivia, pensé que habías desaparecido del mapa. ¿Has visto la hora? Tenías que estar aquí hace una hora, es tardísimo. ¿Te quedaste dormida o qué?
Sentí que las mejillas me ardan. Miré de reojo hacia la cama, donde Marlon se acababa de incorporar con total calma, vistiéndose únicamente con sus bóxer, para luego sentarse en la orilla del colchón a observarme con una sonrisa divertida y los brazos cruzados sobre el pecho.
—Lo siento, lo siento... —balbuceé, intentando mantener la compostura—. Anoche me desvelé y me acabo de levantar. Me ducho en un segundo y voy para allá.
Mi hermana soltó una risita picara desde el otro lado, y la imaginé mirando a través de los cristales de su propio local.
—¿Te desvelaste... o te desvelaron? —susurró ella con tono socarrón—. Porque acabo de asomarme y el niño lindo y atractivo de seguridad tampoco está en su puesto... ¡Espera! —chilló de repente, sin poder contener la emoción—. ¡¿Está contigo?!
El corazón se me dio un vuelco en el pecho. Por instinto, tapé la bocina del teléfono con la mano, asustada de que Marlon hubiera escuchado el grito de mi hermana.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 05.10.2026