El trayecto hasta el centro comercial se sintió demasiado corto. La brisa de la mañana nos golpeaba el rostro mientras yo iba aferrada a su cintura, sintiendo todavía el calor de su piel grabado en la mía. Al llegar al estacionamiento, el mundo real comenzó a reclamarnos de golpe. Sabíamos que no podíamos ser obvios; ahí, en medio de los pasillos y las columnas de concreto, él tenía que mantener esa fachada de chico serio, imponente y distante que todos respetaban, aunque una servidora, con mi metro sesenta de estatura, lo tuviera completamente rendido a sus pies.
Apagó el motor de la moto y me deslicé con cuidado hacia el suelo. Iba a dar media vuelta para caminar apresurada hacia la entrada, temiendo que alguien nos viera, pero una mano fuerte me detuvo del brazo.
—¿Y pensabas irte sin despedirte, chiquita? —me preguntó Marlon con una ceja alzada y esa media sonrisa que me descolocaba los sentidos.
Sentí el calor subirme de inmediato a las mejillas. Miré a los lados, nerviosa, y al ver que el pasillo del estacionamiento estaba despejado, me acerqué un poco. Me puse de puntitas, estirué el cuello y le di un beso rápido y tímido en la mejilla.
—Nos vemos más tarde... guapo —le susurré casi sin voz, dándome la vuelta para escapar.
No me dejó dar ni un paso. Con un movimiento rápido y fluido, me agarró por la cintura y me pegó por completo a su cuerpo en un abrazo firme antes de atrapar mis labios en un beso breve pero intenso. Me soltó antes de que pudiera parpadear, regalándome una mirada cargada de travesura.
—Así es como debes despedirte de mí, chiquita —dijo con voz ronca.
Me di la vuelta con la cara ardiendo por completo, sintiendo las piernas hechas agua, y caminé a toda prisa hacia la entrada del centro comercial hasta meterme a la floristería.
Apenas crucé la puerta, mi hermana Olenna me interceptó sin darme tiempo ni de respirar.
—¡Quiero saberlo todo! —exclamó con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Por qué estás tan sonrojada? ¿Por qué te brillan los ojos de esa manera? Ay, Dios mío... ¿Es lo que me estoy imaginando? ¡¿Qué tal es?! Pero, sobre todo, ¿cómo te sentiste?
—¡Shh, cállate! —le hissed, tapándole la boca con la mano y mirando hacia la columna de Marlon, aterrorizada de que pudiera escucharnos—. Él ya está en su puesto, Olenna, nos puede ver.
Me fui directo al mostrador, me senté con las piernas temblando, me giré hacia el pasillo para verlo de reojo y luego miré a mi hermana con una mezcla de bochorno y éxtasis puro.
—Es... es todo lo que te imaginas multiplicado por mil —admití en un susurro, mordiéndome el labio inferior—. Es simplemente perfecto. Aunque él insista en que es un tipo normal y aburrido... Con él me siento como una adolescente tonta.
Me encogí de hombros, cubriéndome la cara con las manos y mirándola con genuino pánico:
—Olenna... ¿Y si me estoy enamorando de él? Ay, no, por Dios. Es solo un muchachito, yo no puedo hacer esto...
Mi hermana soltó una carcajada suave, se cruzó de brazos y me miró con una ternura infinita.
—Si te hace feliz, todo lo demás es completamente irrelevante, Oli. Te ves radiante, de verdad. A lo mejor y ese polvito era justo lo que te hacía falta para revivir.
—¡Cállate, idiota! —le grité un poco más alto de lo normal, sintiendo que el humo me salía por las orejas de la vergüenza.
Olenna se echó a reír a carcajadas y se metió al almacén trasero para seguir trabajando. En ese preciso instante, alcé la vista y vi que Marlon, desde su columna, había girado la cabeza al escuchar mi grito, intentando disimular una sonrisa socarrona. Genial. Hoy era oficialmente el día de hacerme sonrojar hasta el colapso.
Me tapé la cara con las manos, avergonzada de mí misma, y decidí hacerme la fuerte abriendo una libreta para revisar facturas pendientes.
Pero entonces, el teléfono sobre el mostrador vibró.
Una notificación apareció en la pantalla, y con una rapidez aplastante, todo el destello de felicidad, calor y magia que llevaba dentro se derrumbó como un castillo de naipes:
«El viaje se adelantó. Mañana estoy llegando a casa y tengo cosas muy serias que decirte.»
Me quedé completamente pálida. El color abandonó mi rostro. Leí el mensaje una, dos, cinco veces, sintiendo que el aire se me atascaba en la garganta, tan absorta y petrificada en mis propios pensamientos oscuros que ni siquiera sentí cuando se acercaron.
Unas manos musculosas, grandes y marcadas por la familiar tinta de un tatuaje en el antebrazo dejaron con delicadeza un emparedado envuelto y un jugo frío sobre la madera del mostrador.
Obligué a mis ojos a subir lentamente. Ahí estaba él, con esa sonrisa cálida que hasta hace un segundo era mi refugio favorito.
—El desayuno que te debía —dijo Marlon con voz suave—. Come algo, chiquita.
Se inclinó por encima del mostrador, me dio un beso tierno en la frente y dio un paso atrás para retirarse a su puesto.
Desde el fondo del almacén, Olenna se asomó fingiendo hacer corazones con las manos en el aire. Al ver que Marlon se alejaba, se acercó a mí y me susurró al oído:
—Hermanita... tarde. Ese hombre está enamoradísimo de ti.
Pero yo ya no sentía el desayuno. No sentía apetito. No sentía nada de calor. Mi cuerpo entero se había quedado helado, mientras en mi cabeza solo daba vueltas una verdad aplastante: mañana volvería mi pareja, y este hermoso sueño con Marlon tenía las horas contadas.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 05.10.2026