Koar y Sandra, ahora dos reconocidos piratas, cocidos en el caribe como el Navegante Negro y la Dama de los océanos, estaban muy ansiosos por llegar. Habían pasado algunos meses y temían por el bienestar de su hermano pequeño.
Hasta ahora la buena fortuna los había apoyado en su misión. Aunque para disgusto de Koar, habían tenido que recurrir a actividades de algunos piratas, cuentos como robar barcos de las monarquías y saquear a sus hombres. Aún con estas actividades, el capitán había ordenado la disciplina y la buena conducta, además de solo atacar definitivamente a los soldados. No quería injusticias y no las iba a permitir en su barco. Por fortuna todos acordaron seguirlo así, la economía había sido suficiente para todos gracias a los saqueos y grandes estrategias de su capitán, así que la moral estaba muy alta.
Al llegar a Monserrat Koar se encontró con un estado francés que se la vivía en guerra con sus vecinos, principalmente contra Países Bajos e Inglaterra quienes gobernaban las ciudades de Antigua y Barbuda y Nevis.
La zona del mar cercana a estas islas era un campo de guerra. Las tres naciones se saqueaban mutuamente sus barcos y tenían la intención de tomar sus ciudades a cualquier costo.
Cómo la guerra era eterna y los recursos buenos, algunas de estas ciudades optaron por contratar los servicios de piratas para ayudarles en la guerra. Para esto Monserrat y el imperio Francés habían hecho la mejor contratación meses atrás. Contaron con la ayuda de un líder pirata de mucho renombre la cual había logrado equilibrar la balanza a su favor. Dicha pirata era conocida como “La emperatriz”, apodo ganado a pulso por ser la reina de aquella parte del caribe. Había mantenido su reputación intacta así como las victorias en su trayectoria. Era alguien de quién todos habían escuchado.
La tripulación de Koar se dió cuenta de eso, miró la bandera de dicha capitana en varios barcos e incluso en la propia ciudad, que comenzaba a adorar a los piratas más que a los soldados, pues ellos representaban una mejor defensa para ellos en aquella guerra. Debido a eso les fue fácil entrar a la ciudad dejando su barco en el puerto.
Una vez que desembarcaron su destino estaba marcado. Tenían que ir a la granja que el español les indicó. Allí encontrarían a los ancianos que compraron a su hermano.
Sin perder el tiempo se dirigieron hasta ahí.
Durante el camino se encontraron con personas muy hostiles que se manifestaban. Estaban cansados de la guerra que su gobernador estaba liberado solo por poder, descuidando así la economía y el bienestar del pueblo.
Tuvieron que avanzar con mucho cuidado, pues también había piratas por todos lados, muchos pertenecientes a la tripulación de la emperatriz, mientras que otros deseaban ser reclutados por ella.
Después de un largo camino llegaron a la apartada granja tal como les describe el español.
Al llegar analizaron el lugar, todo se veía muy tranquilo. Muchos animales, hierba, molinos, entre otras cosas. Pero lo que más llamó su atención fue un grupo de niños que corrían por el pastizal. Eran muchos para ser contados con presión pero podían estimar de 35 a 40.
Entre esos niños pudieron ver al hermano pequeño que tanto habían buscado. Lo reconocieron inmediatamente, se veía feliz mientras corría con los demás
—¡Es Mauris!—Gritó emocionada Sandra mientras tocaba el hombro de su hermano.
Koar asintió con su cabeza y se acercaron corriendo para hablarle.
—¡Hermanito, estamos aquí por ti!—Le dijo Koar una vez que llegaron hasta ellos.
La mayoría de los niños voltearon, algunos retrocedieron por miedo, mientras que otros se acercaron curiosos. Mauris fue uno de los que se acercaron, su mente reconoció la voz de su hermano aunque sus ojos no lo hacían. Ante él apareció un hombre con un rostro más maduro y seco que el del hermano que conocía. Aún así se mantuvo expectante.
—Ven, danos un abrazo.—Esta vez fue Sandra la que se comunicó con él.
El rostro de la joven pirata si fue más familiar para Mauri, incluso con el cambio de look él se dió cuenta que se trataba de su hermana.
En ese momentos corrió para abrazarla, fue un reencuentro muy tierno y satisfactorio.
El abrazo duró pocos segundos pues una voz de adulto los interrumpió bruscamente.
—¿Qué creen que están haciendo?—Se acercó corriendo hasta ellos.—Estos niños son nuestros.
La persona que les reclamaba era el anciano del que el español les habló. Era un hombre muy vigoroso para su edad. Tenía ropas de granjero y un semblante de malhumorado en su rostro.
—Señor, este niño es nuestro hermano.—Habló Koar con amabilidad.—Lo hemos buscado por todo el caribe.
—No importa quienes sean, ese niño ahora es propiedad nuestra.
—¿Propiedad?, ¿Cómo puede decir eso de un ser humano?
Sandra se vió molesta, cómo nunca lo había hecho antes.
—No son mis leyes señorita.—Dijo el hombre sin detener su tono frío.—Son las leyes de este mar.—Los analizó detenidamente y continuó.—Al ser piratas deberían entenderlo mejor.
Koar no se molestó en debatir si era o no, estaba concentrado en recuperar a su hermano y así se lo hizo saber.
—Venimos por él y no nos iremos sin llevarlo de regreso.—Se acercó al anciano mientras sacaba una bolsa de dinero.—Le pagaré lo que usted pagó por él.
—Eso no es así de fácil.—Agregó el hombre.—Si quieren hacer negocios con estos niños será mejor que hablen con ella.
Koar y su tripulación se quedaron desconcertados, no sabían a quién se referían. El anciano se dió cuenta de eso y les explicó la situación.
Le dijo que esa granja así como todo lo que había ahí, era propiedad de la emperatriz pirata. Ella había gobernado ese espacio así como los mares. Eran alguien tan poderosa que constantemente necesitaba soldados para expandir su dominio. Pero contratar hombres era demasiado caro así que ideó un plan. Buscó niños huérfanos, los criaba y los entrenaba ella misma. Los pequeños al llegar a cierta edad se sentían agradecidos y peleaban por ella sin cobrar lo que hombres normales harían. Además ganaba mucha lealtad con ese proceso. Los niños la veían como una madre y una figura de admiración. Tendría soldados que darían la vida por ella.