El olor a ungüento antiséptico y azufre llenaba el estrecho pasillo de las celdas.
Camila sostenía una gasa empapada en solución salina, limpiando la quemadura que cruzaba el hombro de Cero-Siete. El clon estaba sentado sobre el banco de piedra. Aunque sus muñecas ya no tenían cadenas, las mantenía juntas sobre su regazo, a la distancia exacta de un grillete de acero, sin atreverse a separarlas. Cada vez que el algodón rozaba el tejido vivo, la mandíbula se le tensaba hasta hacer crujir los dientes y un espasmo le recorría el cuello, pero no emitía ningún sonido.
—No tienes que fingir que no te duele —dijo Camila en voz baja, aplicando una capa de crema regeneradora sobre la piel abierta—. No hay ningún oficial de Lateral anotando tus métricas de resistencia.
Cero-Siete levantó la cabeza despacio. Sus ojos grises, enrojecidos por la fatiga y la falta de sedantes, la miraron con una mezcla de desconcierto e incomprensión:
—Las unidades del Lote Siete... no registran dolor en el informe de campo. El protocolo prohíbe la queja.
—El protocolo es una mentira para que mueras sin hacer ruido —replicó Camila, vendando el hombro con vueltas firmes y precisas—. ¿Cómo te llamas?
El clon parpadeó. Un tic nervioso sacudió la comisura izquierda de sus labios:
—Designación: Lote Siete, unidad cuatro. Cero-Siete.
—Te pregunté tu nombre, no tu código de barras.
Cero-Siete bajó la mirada hacia sus manos pálidas. Sus dedos apretaron la tela de su pantalón:
—Los clones no recibimos nombres. Somos clones.
—Deberían tener un nombre, ¿no? —dijo Camila con voz suave.
—¿Tú tienes nombre?
—Camila.
—¿Y lo elegiste tú?
—Yo ni siquiera sé quién me nombró. Creo que una inteligencia artificial.
—¿Y eso te hace sentir menos humana?
Camila detuvo el trapo sobre la herida por un segundo. Perdió la mirada en la penumbra húmeda del techo de piedra antes de contestar:
—Algunas veces sí. Me confundo y pienso si cambiaría algo que yo no existiera. Luego duermo y logro olvidarlo.
—Cuando duermo en las bodegas de Lateral... a veces veo cosas. Luces verdes. Árboles altos que no he visto antes. Los oficiales dicen que son residuos de transcripción celular, que son errores que hay que purgar con neurobloqueadores.
El clon guardó silencio y añadió, casi sin voz:
—...No soy una mascota para que me pongas un nombre y te sientas mejor. Pero si salgo de aquí... quiero elegir uno que no venga impreso en mi cuello, y serás la primera en saberlo.
Camila aseguró el nudo de la venda con un tirón firme. Silencio breve:
—¿Qué ves cuando sueñas? —preguntó Camila en voz baja.
—Creo que son árboles inmensos.
—¿De qué color?
Cero-Siete pensó un momento. Como si la pregunta fuera un músculo que no había usado nunca:
—Verde. Pero no el verde de los monitores. Uno más oscuro. Con agua adentro.
Camila asintió despacio.
—Tal vez hacia allá apunta tu brújula —dijo—. Cuando estés listo, busca esos árboles.
El clon no respondió, pero por primera vez sostuvo la mirada sin bajar los ojos.
Camila dobló las vendas sobrantes y salió de la habitación. La galería estaba sumida en una penumbra húmeda, lejos del bullicio del campamento principal. Se sentó sobre un cajón de municiones vacío, desenfundó el rifle de largo alcance —el mismo que Clara había llevado colgado al hombro como una segunda columna vertebral— y empezó a desarmarlo pieza por pieza sobre un trapo extendido en las rodillas. Sus dedos se movían con precisión mecánica, pero solo porque llevaban años aprendiendo a no temblar en público.
Tac trepó por el borde de un barril oxidado y se instaló a su lado, con el lomo latiendo en un verde bajo y constante.
—¿Sabes de quién era esto? —le dijo Camila, sin levantar la vista del cañón, pasando el trapo con una calma que no sentía—. De Clara. Nunca te lo conté, ¿verdad? Claro que no.
Tac ladeó la cabeza. Camila sonrió apenas, sin humor.
—Ella tenía las manos más firmes que he visto nunca. Podía apuntar tres días sin comer y no le temblaba ni un dedo. Solo la vi temblar una vez. —Hizo una pausa, ajustando el cerrojo con un chasquido seco—. Estábamos encerradas en un túnel, esperando morirnos de hambre o de estática, y ella limpiaba este mismo rifle, así, exactamente así, como si el mundo dependiera de que cada pieza quedara perfecta. Y de la nada me pidió un favor. Con esa voz que ponía cuando fingía que no le importaba nada.
Camila cerró los ojos un segundo.
—Me dijo: «Si algo me pasa, sácame el chip. Quémalo. No dejes que me guarden como un número en un archivo.» Y mientras lo decía, las manos le temblaban sobre el metal. Ahí fue cuando entendí que tenía tanto miedo como yo. Solo que ella lo escondía limpiando un arma, y yo... —Camila se miró las propias manos, quietas ahora sobre el cañón, y las cerró en un puño—. Yo también, al parecer.
Tac emitió un ronroneo bajo y apoyó el hocico contra su muñeca, justo sobre la cicatriz de grafito. Camila no se apartó.
—Se lo cumplí. Espero que, donde sea que esté, lo sepa.
Volvió a montar el cerrojo con un golpe firme. Apoyó el rifle contra la pared a un par de metros de distancia y levantó a Tac con ambas manos.
—Vamos, pequeño reloj. Se nos acaba el tiempo.
Antes de que pudiera dar un paso, un zumbido agudo y múltiple comenzó a descender por las chimeneas de ventilación en el techo: tres siluetas metálicas cayeron girando en el aire. Era una patrulla de tres micro-drones de reconocimiento y asalto de Lateral.