El primer dron flotó a tres metros de Camila en el pasillo estrecho. Su láser carmesí de fijación de blanco se clavó directamente en el centro de su pecho.
Camila se quedó congelada contra la pared de roca. No tenía el fusil a su alcance; estaba en un ángulo ciego y la aguja balística de tungsteno tardaría menos de un décimo de segundo en perforarle el corazón.
El capacitor del dron silbó acumulando carga para el disparo.
En ese instante, Tac saltó de sus manos como un resorte. Su lomo se erizó y el verde estalló en un latigazo tan violento que deslumbró los sensores ópticos de las dos máquinas restantes.
Rebotó ágilmente por las paredes de roca para enfrentar a los otros dos drones, esquivando sus láseres con una agilidad que superaba cualquier algoritmo de vuelo programado.
El proyectil del primer dron sobre Camila se desvió con un espasmo violento y se clavó en la roca, levantando una lluvia de esquirlas a medio metro de su cabeza. Acto seguido, los rotores del dron fallaron y el aparato se estrelló contra el suelo, soltando un hilo de humo blanco.
Al mismo tiempo, los otros dos drones, aún confundidos por el fogonazo verde de Tac, intentaron reubicarse y girar hacia la galería principal.
Américo salió al pasillo alertado por el estruendo, tomó una pesada palanca de hierro apoyada contra el muro y lanzó un golpe para interceptar a una de las máquinas, pero la inexperiencia de ingeniero le hizo fallar por completo.
A pocos pasos, asomado al pasillo, Cero-Tres observó el fallo con una punzada inmediata de desprecio militar: *«El comandante Vargas jamás habría fallado ese golpe. Vargas le habría partido el chasis en el aire sin esfuerzo»*.
El tercer dron intentó fijar a Américo, pero Nael irrumpió por el recodo del túnel empuñando una manguera de nitrógeno a presión: disparó una densa nube helada que congeló los rotores de ambos aparatos en pleno vuelo, haciéndolos caer al fango donde se partieron en mil esquirlas de plástico y hielo seco.
Nael aplastó una de las placas con su bota y soltó una maldición entre dientes:
—Sondas de escaneo óptico... Lateral ya está mapeando los tiros de aire. Los tanques están a menos de veinte minutos de la garganta. Avísenle a la comandante Varela.
Américo soltó la palanca, que cayó al suelo con un tintineo metálico, y corrió directamente hacia Camila. La tomó por los hombros con una urgencia desprovista de cualquier protocolo, revisándole los brazos y el rostro con la respiración entrecortada:
—¿Estás bien? ¿Te alcanzaron los proyectiles? ¿Estás entera?
Camila lo miró a los ojos y asintió despacio, calmándolo con una mano sobre su pecho:
—Estoy entera, Américo. No me dieron.
Cero-Tres se quedó inmóvil. La pesada palanca de hierro que había empuñado minutos antes resbaló de sus dedos enguantados, golpeando el lodo con un sonido sordo. Su mirada quedó fija en las manos sucias de Américo aferradas a los hombros de Camila. Un espasmo imperceptible le cruzó la mandíbula; era incapaz de procesar la imagen de un comandante tocando a un soldado herido sin golpearlo por descuidar la guardia, sin revisar primero el estado del fusil.
Camila se agachó despacio y recogió los restos del primer dron. Abrió la tapa lógica con la uña: el microprocesador estaba calcinado. El sistema militar de Lateral no cometía fallos de puntería a tres metros; el dron había sido desviado en el último instante.
Camila se guardó el chip en el bolsillo de su abrigo sin decirle nada a nadie, sintiendo un ahogo nuevo en el pecho.
Américo respiró hondo, recobró el pulso y miró hacia la puerta:
—Cero-Tres, volvamos a las cajas. Tenemos que terminar de preparar las cargas antes de que la columna enemiga entre al cañón.
El clon cuadró los hombros en silencio y regresó a la armería, con la cabeza bullendo de preguntas que ningún manual de Lateral podía responder.
***
Camila se quedó en el pasillo. Oyó la voz de Américo preguntar.
—¿Cuánto tiempo fuiste supervisor de lote? —mientras pasaba el dedo por la munición.
—Ocho años —respondió Cero-Tres sin dejar de contar cajas—. Desde el tercer ciclo de producción.
—¿Qué supervisabas?
—Registro de desviaciones. Reporte de unidades con fricción de conducta.
Américo levantó la vista del listado:
—¿Qué pasaba con las unidades que reportabas?
Hubo una pausa milimétrica en el movimiento de los dedos del clon sobre el metal.
—Las derivaban a reacondicionamiento.
—¿Y sabías qué era el reacondicionamiento?
—Sabía lo que el protocolo decía que era.
—Eso no es lo mismo.
Cero-Tres depositó la última caja en el estante con un golpe seco y exacto:
—No —dijo—. No es lo mismo.
El silencio pesó entre los dos, roto únicamente por el crujido del papel en manos de Américo.
—¿Por qué delatabas a los clones? —preguntó Américo.
Cero-Tres lo miró por primera vez en toda la conversación. Sus ojos tenían los mismos rasgos que los de Cero-Siete y Cero-Nueve, pero su postura mantenía la rigidez de un soldado en formación:
—Porque el comandante Vargas me enseñó que la compasión es una falla de rendimiento. Los clones no somos civiles: somos unidades de asalto, engranajes de un ejército. Y mientras fui útil reportando las desviaciones... mantuve a mi escuadrón operativo.
Américo apretó el listado hasta arrugar el papel en su puño:
—Vargas —repitió Américo, con un odio antiguo y frío raspándole la garganta—. Fue él quien firmó la orden de captura de mi padre cuando Alejandro intentó frenar las purgas. Y fue él quien me tuvo encadenado en los sótanos de Lateral, prometiéndome que me dejaría respirar si seguía auditando cifras sin hacer preguntas.
—El comandante Vargas es un oficial estricto —replicó Cero-Tres con la voz tensa, defendiendo su única certeza—. Nos quitó los nombres para evitar fricciones de identidad. Nos redujo las raciones y nos aplicó bloqueadores neuronales para que la mente no se disperse con dudas en el combate. Nos mantiene con vida. El orden militar exige sacrificios.