La habitación que falta

14.2

En el fondo del taller, el diapasón de acero seguía vibrando sobre el banco con un zumbido imperceptible. Mulatos Castellanos estaba sentado en un taburete de madera baja, pasando un trozo de tiza gastada contra una pequeña pizarra rescatada de las ruinas. Dibujaba una y otra vez dos líneas paralelas torcidas, murmurando para sí mismo:

—Un punto de apoyo... solo hace falta un punto de apoyo y...

Nunca terminaba la frase. Borraba las dos líneas con la palma y volvía a dibujarlas: siempre las dos, siempre sin nada debajo que las sostuviera.

Camila y Cero-Siete se acercaron a la mesa. La Dra. Varela accionó la palanca de un viejo lector de cinta magnética y un monitor de fósforo verde parpadeó en la penumbra, reproduciendo una grabación fechada hacía apenas nueve años en una sala de conferencias de Placea.

En la pantalla apareció la figura del profesor Castellanos. Aunque la fecha del registro era de hacía apenas nueve años, el hombre del video parecía pertenecer a otra vida: se le veía erguido, vigoroso, con la mirada azul encendida por una lucidez arrolladora y la voz firme de quien dominaba las leyes del cosmos:

—*«El error de Placea no será mecánico, colegas; será el empeño de mirar»* —decía el Mulatos de la grabación, golpeando el atril con convicción ante su equipo de científicos—. *«Cuando un sistema pretende vigilar y predecir cada variable para suprimir el desorden, el observador congela el futuro. Esa es la Ley de la Perspectiva. Por la misma razón nadie puede cruzar una Falla cargando su memoria: porque tu propia mirada cae sobre el presente de los demás como un bloque de plomo. Si recuerdas el resultado antes de que ocurra, obligas al mundo a asfixiarse para encajar en tu cálculo. Para que el tiempo respire, el observador tiene que renunciar a saber.»*

Mientras la voz de su yo del pasado continuaba explicando con maestría la física del desgarro temporal, el Mulatos actual se detuvo. Sus ojos saltaron del monitor a la pizarra. Acercó la tiza para escribir la ecuación que acababa de escuchar. Trazó un número vacilante. Luego otro. Su mano empezó a temblar. Borró los trazos frenéticamente con la palma de la mano, manchándose la piel de blanco, pero al volver a intentarlo solo logró dibujar un garabato ciego y sin sentido. Apretó la tiza contra la pizarra con tanta fuerza que se partió en dos pedazos.

Mulatos soltó la tiza partida. Se llevó ambas manos a la cabeza, hundiendo los dedos manchados de polvo blanco en las sienes, justo sobre las gruesas cicatrices de su lobotomía. Un gemido agudo y desesperado, casi animal, brotó de su garganta. Empezó a hiperventilar, con el pecho subiendo y bajando erráticamente mientras gruesas lágrimas le surcaban el rostro desgastado.

El audio del monitor se apagó con un sonido de estática.

Camila se arrodilló lentamente junto a él, dejando el fusil a un lado. Su instinto de supervivencia cedió ante la desolación del anciano. Le puso una mano enguantada en el hombro, con suavidad.

—Profesor... —susurró Camila, buscando su mirada errática—. ¿Por qué llora?

Mulatos levantó la cabeza despacio. Sus ojos nublados estaban anegados en lágrimas, completamente desorbitados y perdidos en una angustia que no tenía contornos ni explicación lógica. Miró a Camila, miró sus manos manchadas de tiza, y su voz salió rota, temblorosa, vaciada de cualquier consuelo:

—No sé... —sollozó el anciano, encogiéndose sobre sí mismo en el taburete—. No sé.

Varela no había apartado la vista del monitor apagado.

—Yo estaba en una sala como esa —dijo—. Hace mucho. Los de neurología acababan de aprender a leer los campos electromagnéticos del pensamiento y estaban orgullosos: lo presentaron como un avance sanitario. Detectar la angustia de un ciudadano antes de que el ciudadano la sintiera. —Se pasó la mano humana por la cara—. Castellanos se levantó y preguntó qué le pasa a un pensamiento cuando hay alguien mirándolo. Nadie le contestó. Esa semana empezó a irse la gente.

Camila la miró.

—¿Se fueron por una pregunta?

—Por la respuesta —dijo Varela—. Que ya no es tuyo.

***

Junto a la compuerta de descenso, la Banda A ultimaba los preparativos. El clon Cero-Siete se acercó a Camila con el fusil terciado a la espalda. Guardó silencio unos segundos, mirando la espiral en la palma de la joven.

—Me gusta Álamo —dijo.

Camila lo miró.

—En los sueños hay un árbol que crece solo en el agua —continuó él—. Los oficiales decían que no existía. Que era un error de transcripción en los bancos genéticos. —Hizo una pausa breve—. Existe. Lo busqué en los archivos de botánica del campamento. Existe y tiene nombre.

—Alamo —repitió Camila.

—Álamo —corrigió él, marcando el golpe en la primera sílaba con la gravedad de quien firma un documento de propiedad sobre sí mismo.

—Ya veo. Un gusto en conocerte, Álamo. Yo soy Camila Denueve.

Camila extendió la mano. Álamo la miró un instante, dudó, y luego la estrechó con un agarre firme sin entender bien, pero sintiendo que sellaba un pacto de por vida.

Tac asomó la cabeza desde la mochila y apoyó su pequeña pata húmeda sobre los nudillos acorazados de Álamo. El clon, paralizado por su primer contacto con una criatura viva, acarició la cabeza del ajolote con un dedo tembloroso, aceptando el vínculo en silencio.




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