La habitación que falta

14.3

A quinientos metros de allí, en la cornisa superior del desfiladero exterior, la Banda B tomó posiciones bajo una llovizna ácida y helada.

Antes de dispersarse por la cornisa, Nael repartió pequeños auriculares de cobre trenzado, sintonizados a la frecuencia interna del escuadrón.

—Cero-Nueve insistió en llevar esto —explicó Nael, un audífono de aspecto vetusto en la oreja de Américo—. Dice que si no lo escuchan no puede hacer su trabajo.

Américo ajustaba los cables de tres detonadores electrónicos, enterrando las cargas de dinamita estabilizada en las grietas de las rocas con la ayuda de Cero-Tres. A su lado, Nael terminaba de colocarle los audífonos al clon Cero-Tres.

A unos metros, un desprendimiento de rocas provocado por el trabajo aplastó la trinchera donde un joven vigía de la resistencia cayó de espaldas en el fango, soltando un grito ahogado con la pierna atrapada bajo un bloque de granito y la frente abierta sangrando profusamente.

Cero-Tres se detuvo con dos cartuchos de dinamita en las manos. Su mirada analítica escaneó al muchacho con la frialdad de un diagnóstico técnico: pulso acelerado, fractura expuesta de tibia, pérdida de sangre grado dos. En los barracones de Lateral, el procedimiento era automático: se le retiraban las baterías del arnés, se le confiscaba el fusil y se le dejaba en la zanja para no retrasar el despliegue del pelotón.

Pero la Dra. Varela ya estaba allí.

Frenó su silla de ruedas junto al muchacho herido, hundiéndose en el lodo hasta los ejes. Con sus manos y la ayuda de Américo, apartó el bloque de granito, sacó un frasco de antiséptico de su propio morral y comenzó a vendar la herida con movimientos rápidos, limpios y firmes, hablándole al oído en un tono áspero pero protector:

—Respira hondo, Tomás. Te vas a quedar aquí atrás cubierto por la roca, luego te llevaremos al campamento dos.

Cero-Tres observaba la escena inmóvil, con los dedos enguantados rígidos sobre los detonadores:

—Esa unidad tiene fractura inhabilitante y pérdida masiva de sangre —dijo Cero-Tres con su voz de informe militar intentando ganar el favor de la comandante—. Ya no puede sostener una línea de fuego ni operar una carabina. Deberían redistribuir sus cartuchos y asegurar las cargas antes de que lleguen las orugas.

Varela terminó de anudar la gasa con un tirón seco y le limpió el barro de los ojos al soldado herido con su propia manga. Luego levantó la mirada hacia el clon; su único ojo sano ardía con una fiereza que no venía en ningún libro de mando:

—Aquí no medimos a la gente por cuántos tiros le quedan en el cargador, supervisor —dijo la doctora, con una voz que cortó el viento helado—. Si dejamos atrás a un muchacho herido en el lodo para ahorrar tres vendas, nos convertimos en la misma mierda automatizada de donde tú vienes. Vuelve a tu trabajo.

Cero-Tres retrocedió dos pasos, desconcertado. Se arrodilló junto a Américo en el barro para conectar el cable de tierra. Sus dedos, antes impecables, temblaban levemente al retorcer el cobre:

—Si ese soldado no produce valor táctico... ¿por qué gastan vendas en él? —preguntó Cero-Tres en un susurro áspero, sin levantar la vista—. En Lateral, cuando una pieza se rompe, se reemplaza.

Américo clavó una piqueta en la roca y lo miró fijamente:

—Porque los seres humanos no somos piezas, Cero-Tres. En Placea yo creí durante doce años que si mantenía los balances en verde y era eficiente, el sistema me cuidaría. Pero el día que hice una pregunta de más, me borraron del sistema. Varela no cura a ese muchacho porque le sea útil; lo cura porque es de los nuestros y es nuestro deber cuidarlo.

Cero-Tres tragó saliva, mirando el código de barras grabado con láser en su propia muñeca:

—A los clones nunca nos dijeron qué es "ser de los nuestros".

—Nadie te lo va a decir en un manual —dijo Américo en voz baja—. Es algo que tienes que elegir tú.

Nael ajustó la última tuerca de la silla de Varela y se incorporó:

—Líneas completamente operativas, profesora —anunció Nael entre chispas de soldadura, pronunciando cada sílaba con una corrección casi teatral—. Si los blindados de Lateral cometen la imprudencia de ingresar al desfiladero, la vanguardia quedará sepultada bajo cincuenta toneladas de rocas.

Un fogonazo iluminó el lugar y el silbido de un proyectil de mortero estalló a diez metros, salpicando la trinchera de lodo ácido y esquirlas de piedra.

Nael soltó el soplete de golpe, se encogió con los ojos desorbitados y chilló preso del pánico:

—¡Ay la madge que me pagió! ¡Apgieta el botón, Amérghico, que esa gáfaga nos va a degetig a todos!

El eco del proyectil se disipó entre la lluvia. Nael parpadeó, tragó saliva con las orejas rojas de vergüenza y carraspeó con extrema solemnidad:

—Disculpen la distorsión fonética involuntaria. Quise manifestar que la proximidad del proyectil aconseja la inmediata detonación de las cargas.

Cero-Nueve soltó una risita sardónica desde la consola de radio:

—Tranquilo, mecánico. La "R" gutural suena muy distinguida bajo fuego de artillería.

Cero-Tres había trepado al techo de un viejo transporte blindado de los rebeldes, anclado en la cornisa, para asegurar la antena de transmisiones. Sus manos se movían con precisión mecánica, ajustando los tensores bajo la llovizna ácida, cuando un segundo silbido agudo rasgó el aire.

Un proyectil de mortero de las orugas de Lateral se desvió de su trayectoria y golpeó de lleno el costado del transporte.

La explosión fue ensordecedora. Una ola de calor abrasador y metralla barrió la cornisa. El transporte se ladeó violentamente, envuelto en llamas, con el tanque de combustible silbando a punto de colapsar. Cero-Tres salió despedido contra la roca, sintiendo el crujido de sus propias costillas y un calor húmedo que le empapaba el uniforme desde el abdomen.

Desde el lodo, su visión parpadeaba en rojo. El protocolo de daños le informaba una hemorragia masiva de grado tres. En la doctrina de Lateral, su unidad acababa de volverse inservible. El procedimiento estándar dictaba que sería abandonado. Cerró los ojos, esperando el calor inminente de la explosión del tanque.




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