La habitación que falta

CAPÍTULO 15: La Sala de los Relojes

En las profundidades del estrato abisal, el suelo no era de roca continua, sino una sucesión de losas de cuarzo suspendidas sobre un abismo de niebla estática, de un verde tan oscuro que costaba llamarlo luz, que zumbaba con la frecuencia de una colmena eléctrica.

A su alrededor, el espacio se curvaba en una arquitectura imposible. Cientos de esferas de relojes de torre, péndulos de bronce de diez metros de largo y trenes de engranajes oxidados flotaban congelados en el aire a distintas alturas, como los restos de un naufragio mecánico sepultado en el tiempo. Algunos minuteros giraban en un torbellino vertiginoso que desdibujaba el metal; otros permanecían clavados en las doce en punto, cubiertos por una escarcha gris que devoraba la materia.

Álamo tropezó al borde de una pasarela. Al apoyar la mano contra una columna metálica, la manga de su uniforme se deshilachó en un parpadeo y la tela se convirtió en polvo seco que cayó al vacío. El clon retiró el brazo de golpe, con los ojos desorbitados:

—El aire... este estrato está devorando la materia.

—No toques nada que no tenga condensación de agua —advirtió Camila, avanzando con el fusil en guardia y el pulso firme—. Las zonas secas son bolsas de aceleración entrópica. Si metes un pie en ese cuadrante, tus huesos envejecerán cincuenta años antes de que puedas gritar.

Mulatos sonrió desde atrás, señalando el morral de Camila:

—Dejen de mirar los relojes muertos. Miren al que está vivo.

Tac asomó la cabeza entre los pliegues de la lona impermeable. Sus branquias externas se desplegaron como abanicos de seda, captando las microcorrientes del abismo. Su lomo comenzó a pulsar con una cadencia hipnótica: un pulso largo y sereno cuando la losa era transitable, acelerándose hasta un temblor rapidísimo cada vez que el aire delante de ellos se cargaba de distorsión temporal.

El pequeño animal saltó al suelo con un chapoteo suave sobre la roca húmeda. Avanzó con pasos cortos y firmes, deteniéndose a olfatear los bordes de la niebla y marcando con su estela de luz el único sendero seguro entre las trampas de tiempo muerto.

—Síganlo a un metro de distancia —susurró Camila—. Si Tac se detiene, nadie da un solo paso.

Avanzaron durante veinte minutos en una fila india perfecta, sorteando abismos donde el sonido de los péndulos resonaba con un eco metálico desfasado: *tic... tac... tic... tac...*

De pronto, la Falla palpitó en el fondo del abismo... y a Camila le ardió la mano como si le hubieran vaciado plomo derretido directamente en el torrente sanguíneo.

No era una simple molestia térmica en la mano: era una quemadura viva y expansiva que le quemó los alvéolos con cada bocanada de aire. Cada vez que la gigantesca grieta dimensional oscilaba trescientos metros más abajo, las líneas de grafito en su palma se encendían al rojo vivo, haciéndole crujir los dientes mientras el pulso de su sangre se sincronizaba a la fuerza con el latido atroz del abismo. Camila soltó un gemido sordo, cayó de rodillas sobre la losa de cuarzo y soltó el fusil para aferrarse la muñeca con una mano empapada en sudor frío.

El grafito incrustado en la espiral de su muñeca estaba ardiendo. Las líneas negras brillaban con una incandescencia verde y profunda que transparentaba los tendones, los huesos y las venas de su antebrazo.

—Camila... ¿qué ocurre? —preguntó Álamo, arrodillándose a su lado con el fusil en guardia.

—La Falla... —jadeó Camila, con los labios temblorosos por el dolor—. No está solo ahí abajo... Me está quemando por dentro. Siento cómo se abre en mi propia carne.

Camila levantó la mirada hacia el vacío.

Abajo, a trescientos metros de profundidad, la niebla estática se abrió por un instante, revelando el corazón mismo de la anomalía: la Falla primordial, la gigantesca grieta de luz verde y profunda que desgarraba el espacio-tiempo, y donde esperaba el maestro de Mulatos, el Uno.

No era una fractura caótica ni una línea recta de energía.

El desgarro del universo trazaba una espiral logarítmica perfecta. Cada curvatura del abismo, cada vector de distorsión gravitacional, cada bucle de luz que devoraba los engranajes flotantes coincidía con una exactitud milimétrica con los trazos de grafito grabados en la palma de Camila. Era el mismo dibujo. El mismo grosor de trazo. El mismo punto ciego en el centro.

Camila sintió que el suelo se le escapaba bajo el peso de la quemadura:

—Tiene la forma de mi cicatriz...

Mulatos se colocó a su lado, mirando alternativamente la palma encendida de la joven y el abismo que latía al unísono con su carne. Sus ojos azules brillaron con una fascinación que no tenía consuelo:

—O tu cicatriz tiene la forma de la Falla... —murmuró el anciano en un susurro—. ¿Mano como la falla, o falla como la mano?

La pregunta quedó suspendida en el aire helado como una paradoja sin respuesta. La causa y la consecuencia se fundían en un círculo cerrado donde ninguna matemática podía decidir quién había sido el origen.

En ese instante, un chillido mecánico rasgó la bóveda de cuarzo superior.

Un enjambre de tres drones pesados de Lateral descendió a través de la chimenea de aire, abriendo fuego con proyectiles de brea caliente que impactaron contra las pasarelas flotantes. Detrás de ellos, tres soldados clones de asalto se deslizaron por cables de descenso táctico, disparando ráfagas de dardos eléctricos.

Uno de los soldados, alcanzado por el fuego de Álamo, perdió el equilibrio en el borde de la pasarela y cayó girando hacia la niebla estática de abajo. No se escuchó ningún golpe. Solo un sonido sordo, como una implosión cerrándose, y el zumbido de la niebla eléctrica bajó medio tono.

Álamo se arrojó sobre una losa baja, levantando su carabina analógica para cubrir a Camila:

—¡Son unidades del Lote Cuatro! —gritó el clon, disparando con precisión contra sus antiguos camaradas—. ¡Tienen visores de barrido térmico!




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