—No podemos contactar a Américo ni a Varela sin encender la radio —dijo Camila, apretando los dientes—. Y si seguimos corriendo, el lazo se cerrará. Nos queda una opción. Enfrentarlos aquí abajo.
—La señal de las esferas decae en la roca —sugirió Clara, señalando la galería que subía hacia la montaña—. Los túneles de pizarra. Las vetas de hierro de la roca romperán su telemetría. Tendrán que buscarnos a ciegas si desaparecemos de la onda general.
Se internaron en la pendiente ascendente, donde los conductos de hormigón cedían el paso a túneles excavados directamente en la roca negra y húmeda de la montaña. En cuanto cruzaron el umbral de piedra, la penumbra de la ciudad desapareció de golpe, dejándolas en una oscuridad absoluta. El frío allí era cortante.
Camila estiró la mano para guiarse en el vacío negro. Fue en ese instante de tinieblas totales cuando el lomo de Tac comenzó a soltar un verde muy tenue, un hilo de luz que no alumbraba nada y que, sin embargo, bastaba para revelar la textura de la piedra húmeda a sus pies. Camila se detuvo para escuchar si había vibraciones en la roca y, al desviar la mirada del animal hacia la bóveda del túnel para buscar el origen de un goteo, la oscuridad volvió a ser absoluta de inmediato.
Frunció el ceño. Buscó a tientas con sus manos en la negrura absoluta, intentando encontrar la luz y a Tac en el suelo rocoso. Sus dedos rozaron el lomo del animal, que permanecía inmóvil en el mismo sitio. En cuanto Camila enfocó de nuevo su mirada en esa dirección, la luminiscencia de la criatura reapareció en la baldosa, encendiéndose con su verde pálido de siempre en el instante en que sus ojos se posaron sobre él.
Camila parpadeó, desconcertada. Miró hacia la pared; la luz a sus pies se extinguió al instante. Volvió la cabeza con rapidez hacia el animal en la penumbra; el verde volvió de inmediato, revelando la silueta de Tac.
Se agachó y extendió la mano para tocarlo. El animal estaba allí, caliente, real y tangible. Sin embargo, al desviar la mirada deliberadamente hacia la galería contraria mientras mantenía las puntas de sus dedos apoyadas sobre el lomo, sintió bajo su palma que la vibración de la criatura parecía calmarse y entibiarse, como si la intensidad de su presencia física decayera al no ser observada. En cuanto volvía a mirarlo, el verde se encendía en su lomo y Tac recuperaba la fuerza de su temperatura y la textura firme de su piel de inmediato, emitiendo un ronroneo vibrante.
Camila retiró la mano, sintiendo un escalofrío. Tac no desaparecía del espacio físico, pero su brillo reaccionaba de forma directa a su mirada. El animal solo iluminaba el entorno en la medida en que ella le prestaba atención.
Fosforescencia. La palabra le llegó de golpe, de algún manual de la infancia: materia que absorbe la luz y la devuelve despacio, en la oscuridad, cuando ya no queda de dónde sacarla. Como las agujas de los relojes viejos. Solo que ninguna aguja esperaba a que la mirasen. ¿Qué clase de conexión tenía esa criatura con su propia presencia en este tiempo roto?
De pronto, un zumbido agudo y metálico reverberó en la tubería trasera. Un eco de rotores diminutos cortando el aire.
Clara se pegó a la roca, conteniendo la respiración. Camila la imitó de inmediato, cubriendo a Tac con su cuerpo mientras mantenía la vista fija en la dirección del sonido para identificar qué drones iban tras ellas. El zumbido se intensificó. Dos esferas exploradoras de Continuum cruzaron la intersección apenas a diez metros de distancia, proyectando un haz de luz roja sobre la pizarra húmeda. El haz barrió las paredes a escasos centímetros de sus botas, buscando cualquier fluctuación térmica o reflejo en la roca.
Camila escuchó el siseo del rotor pasar tan cerca que el aire desplazado le rozó la mejilla. La tensión en el túnel era tan densa como la pizarra. Tras unos segundos que parecieron eternos, el zumbido comenzó a alejarse hacia los conductos inferiores, incapaz de fijar su señal en la densidad de la montaña.
En la bifurcación del túnel pluvial de la montaña, una vez que el zumbido de los drones se disipó en las galerías bajas, Camila se incorporó despacio. Sus sospechas acababan de materializarse físicamente en la pizarra: el Continuum las venía siguiendo.
Sin perder tiempo, se arrodilló junto a la esclusa de derivación de agua pluvial. Apretó el soplete térmico contra su mano y comenzó a pelar con los dientes los cables de cobre para puentear los generadores analógicos de la válvula de presión. Su plan era inundar la galería trasera en cuanto las esferas de Placea cruzaran el umbral de los sótanos. La llama azul de su soplete térmico chispeó brevemente antes de extinguirse, dejando los cables puenteados y listos.
Camila miró a Tac. El animal la observaba en la penumbra, con el lomo latiendo en un pulso verde y constante que respondía directamente a su atención.
Clara, que vigilaba el túnel de acceso de espaldas a la compuerta, se volvió hacia ella. Su rostro pálido estaba bañado por el sudor frío de la caminata.
—Tengo una noticia buena y otra mala, Camila —dijo Clara, apoyó su frente contra la de ella un segundo, respirando juntas.
Camila se guardó la herramienta y arqueó una ceja.
—Dime la buena primero.
—Tenías razón, mi niña. El sensor de vibraciones de la esclusa acaba de registrar la estática de sus rotores. Nos vienen siguiendo desde la celda.
—¿Y la mala?
Clara señaló la esclusa metálica a sus espaldas, de donde procedía un crujido sordo de engranajes automáticos sellándose desde el exterior.
—Esas eran las compuertas de seguridad de la ciudad. Acaban de bloquear la derivación de retorno. Estamos atrapadas en la montaña.