En la galería lateral del refugio, Mulatos Castellanos abrió un ojo. Saliendo de su plácido letargo, observó la penumbra de la caverna. Los pocos técnicos y científicos disidentes que quedaban en el campamento corrían de un lado a otro, apiñándose con gestos agitados frente a los osciloscopios y las consolas de rastreo analógico. Nael estaba de pie junto al sintonizador de frecuencia, apretando una llave de tuercas con una frustración tensa y rígida.
—La señal pasiva del coche de la Comandante y Vela se cortó antes de subir la ladera alta —dijo uno de los operadores de radio, su voz temblando mientras hacía girar el dial de cobre con prisa—. Si la brea los atrapó, la doctora no tendrá oportunidad con esa pierna de titanio.
Nael miró el osciloscopio apagado, apretando la llave de tuercas hasta que la muñeca le temblaba. Giró el rostro hacia Mulatos. El anciano suspiró levemente y volvió a cerrar el ojo, frotando la palma de sus manos contra sus piernas.
***
Américo conducía a través del camino de grava grisácea y baches profundos, esquivando las laderas donde la brea de Continuum se extendía bajo la luna como una costra negra que no devolvía nada. Sin el piloto automático de la red, aferraba el volante físico con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Era la segunda vez en su vida que manejaba un vehículo analógico, y cada embrague rústico hacía que la transmisión soltara un chasquido sordo que sacudía el habitáculo.
A su lado, Varela permanecía inmóvil, con la mano de titanio apoyada en el salpicadero. Su ojo se desvió del camino para observar los movimientos rígidos del analista.
—Diablos Vela, guarde su odio para Continuum —dijo Varela, esbozando una mueca irónica—. Placea te dio cuatro títulos en termodinámica pero olvidó enseñarte a coordinar los pies, si Nael te ve conducir así, el pobre no podrá dormir en días.
Américo tragó saliva y redujo la velocidad, intentando suavizar la trayectoria. Varela volvió a mirar por la ventanilla, contemplando las hondonadas cubiertas de brea.
—Continuum está vertiendo brea pesada en la hondonada —continuó la doctora, señalando con la barbilla la fosa profunda de la ladera derecha—. La fosa está completamente sellada. La brea cubrió el rifle de Elian y las marcas que quedaron en la roca hace trece años. El sistema quiere borrar todo desorden. Incluso la mansión de los Vela. Los tiempos han cambiado muchacho.
Américo no respondió. El estómago se le contrajo al divisar la silueta de la mansión Vela. La antigua residencia familiar, construida con pesadas vigas de roble tradicional en un intento por conservar la calidez analógica del exterior, yacía parcialmente sepultada bajo una costra negra y mate que le había borrado media fachada. El peso de la brea doblaba el alero de madera, que crujía con un gemido sordo bajo la presión del polímero.
Aparcaron en la penumbra de una gran roca. Avanzaron a pie por la pendiente resbaladiza, esquivando los charcos amarillentos de lluvia ácida. Américo se adelantó hacia el pórtico de entrada, donde la placa de escaneo genético apenas sobresalía de la costra negra.
Colocó su mano derecha firmemente sobre la placa fría. Hubo un silencio tenso; los relés de la mansión tardaron varios segundos en procesar los datos. Empujaron el portón de madera crujiente y entraron al inmenso vestíbulo cubierto de polvo. Las sábanas blancas que cubrían el mobiliario familiar parecían siluetas espectrales en la penumbra. Sin detenerse, Américo guió a Varela escaleras abajo, hacia el sótano de piedra donde se custodiaba el servidor local offline de su padre.
Al final del pasillo subterráneo, una pesada compuerta blindada de aleación mate bloqueaba el acceso al data center. Sobre el cierre brillaba un precinto físico de seguridad activa de Placea, un sello electrónico de color ámbar.
Américo se acercó a la terminal de control lateral y presionó el lector óptico. La pantalla de fósforo verde cobró vida con un zumbido, cargando los logs históricos de acceso del sistema de contención. En las líneas de datos, una coincidencia genómica capturó su atención de inmediato:
*«Registro de Autorización Genética Especial (Hace 13 años). Usuario registrado: Alejandro Vela. Firma de ADN autorizada: Mulatos Castellanos. Coincidencia genómica: 99.8%. Nodo de emisión: 21. Estado: Autorizado como "Alejandro Vela" para el sistema offline del domo.»*
Américo se quedó petrificado frente a la pantalla, con la luz verde reflejándose en sus ojos.
—Varela... —susurró Américo—. Mira esto. Mi padre registró la firma genética de Mulatos como si fuera la suya propia en el sistema offline de la mansión antes de desaparecer. El sistema genético de la ciudad cree que Mulatos es Alejandro Vela.
Varela se acercó, examinando las firmas ópticas con su ojo sano.
—Vela, Tambien fui alumna de Castellanos, conocí bien a tu padre —murmuró Varela, con la voz áspera y los ojos fijos en la coincidencia—. Alejandro, fue él quien escondio a Mulatos de lateral para ayudarlo a escapar antes de ser purgado, fue él quien despidio a todo su equipo de investigación para encubrir el paradero de Castellanos. Ahora lo entiendo... ellos no fueron eliminados. Entraron directamente en las fallas.
La pantalla de la terminal parpadeó en rojo y emitió un pitido intermitente. La cerradura electromecánica se bloqueó por completo. El precinto de seguridad activa del domo se encendió en un carmesí brillante.
—Maldición —masculló Américo—. El sistema offline detectó la incompatibilidad telemática tras el escaneo. Si forzamos la cerradura digital de forma remota, se activará una alerta silenciosa directa a Placea.
—No hay tiempo para hackeos, Vela —dijo Varela con firmeza—. Este es el único acceso físico a la base de datos de los conductos. Hay que reventar la puerta de una vez.
La doctora abrió su morral táctico y extrajo tres pequeños paquetes envueltos en papel de aluminio brillante. Con manos hábiles pero rudas, despegó el envoltorio revelando una masilla grisácea y maleable, similar a un chicle espeso. Amasó los bloques con sus dedos de carne, pegándolos con fuerza sobre los pernos de las bisagras y el pestillo de la compuerta de aleación.