La habitación que falta: El tiempo

3.3

Varela lo miró, con su único ojo cian brillando en la penumbra del pórtico. Su rostro arrugado no mostraba miedo, sino una fría resolución científica.

—¿Ya lo comprendiste, Vela? —dijo la doctora, su mano de titanio apoyada en el cañón de su rifle—. Con mi pierna de metal y los rastreadores encima, no saldremos los dos de este bosque. La única manera de que el mapa llegue al Holobionte es separándonos. Y tú tienes las mejores probabilidades de escabullirte. Lleva el mapa.

—¿Qué? —Américo dio un paso atrás—. No... no la dejaré aquí sola...

Antes de que pudiera terminar la frase, la mano humana de Varela impactó con un golpe seco en la mejilla de Américo. La bofetada le hizo girar el rostro. De inmediato, los dedos mecánicos de la mano de titanio de la doctora lo aferraron con fuerza de la solapa de su abrigo, levantándolo unos centímetros del suelo con un chirrido de los servomotores de su hombro.

—No es momento para heroísmos de simulador, analista —le siseó Varela, a milímetros de su rostro—. Demuestra si eres el hijo del cobarde traidor Alejandro Vela, o el hijo del valiente que ayudó a los primeros viajeros del tiempo.

Varela lo soltó con un empujón seco que lo hizo tambalearse. Abrió su morral y extrajo un módulo secundario. Con un gesto rápido y doloroso, ubicó sus dedos en la cuenca del ojo que le faltaba, retirando el dispositivo óptico de escaneo que llevaba integrado y depositándolo en la palma de Américo junto con la memoria del mapa. Luego, con un clic metálico de su muslo, retiró otra memoria de almacenamiento integrada directamente en el chasis de su pierna y se la entregó.

—Ahí está todo lo que reuní del Núcleo 0 —dijo Varela—. Ahora muévete.

Américo, con la mejilla ardiendo y las manos temblorosas, miró los dispositivos. Luego desvió la vista hacia el morral de la doctora.

—¿Puede... darme un poco de esa masilla que usó abajo? —preguntó Américo con un hilo de voz—. Dos de esos tubos.

Varela frunció el ceño, pero no dudó. Extrajo dos tubos completos envueltos en aluminio y se los arrojó al pecho.

—Adiós, doctora —dijo Américo, guardando la goma explosiva en sus bolsillos—. Espero verla de nuevo en el refugio.

—Corre, Vela. Y no mires atrás.

Américo se internó en la espesura del bosque de robles cubiertos de brea, moviéndose con rapidez entre las sombras.

La científica se deslizó hacia la falda de la montaña, guareciéndose detrás de una saliente de pizarra húmeda. Escuchó los pasos de las botas de los agentes golpeando la grava y el silbido de los rotores de los drones exploradores que acababan de ser encendidos en los techos de los transportes de Continuum. La doctora llevó una mano a su costado, retirando la batería gastada de su caja torácica y deslizando una unidad de poder de repuesto con un chasquido seco. Sus articulaciones de titanio vibraron con una energía renovada.

Gatilló su rifle táctico, ajustando el selector a máxima descarga.

En el instante en que los agentes desplegaron una docena de drones exploradores que se elevaron como avispas rojas sobre el bosque, Varela asomó el cañón de su rifle y disparó una potente carga electroestática. Un arco de energía azulada y siseante rasgó la lluvia, impactando en el nodo de control de las naves. Una a una, las luces de los drones se extinguieron y los aparatos cayeron al suelo como piedras inertes.

—¡Tirador en la ladera oeste! —gritó una voz amplificada desde el convoy táctico.

Los focos de alta potencia de los vehículos blindados giraron al unísono, barriendo la pared de roca en busca de la posición de la doctora. Varela se pegó a la piedra, esperando el inicio del fuego de contención.

Los focos no lograron encontrarla, de pronto una metralla de balines de plomo golpeó la roca a escasos centímetros de la cabeza de la doctora, alcanzando su pierna de titanio que dejo salir una nube de gas.

-van a necesitar mas que eso si quieren atraparme pequeños. -dijo Varela con una sonrisa desafiante, mientras extraia un par de granadas escondidas en su muslo de titanio.

La líder del Holobionte se incorporó con desición de acero con ambas granadas en sus manos, un destello naranja y gigantesco se encendió espontaneamente en la cima del cerro de enfrente a ella, al otro lado de la hondonada.

Varela observó la escena, atónita. Una antorcha, brillaba con violencia en la oscuridad. Américo estaba de pie en la cima, agitando la antorcha sobre su cabeza y gritando con todas sus fuerzas hacia el convoy táctico.

—¡Aquí estoy, basuras de Continuum! ¡Creen que pueden venir a mi casa y asustarme?! —bramaba Américo, su voz resonando en todo el cañón de la montaña.

Los comandantes de Lateral no dudaron. Ordenaron el avance inmediato. Los focos de los blindados se concentraron en la silueta de Américo en la cumbre, mientras el grupo táctico principal comenzó a subir a toda prisa por la empinada ladera del cerro de enfrente, con las armas listas para capturarlo.

Varela observaba la escena sin comprender. Américo estaba acorralado en un acantilado, sin salida posible.

La avanzadilla de Lateral se movió como un relámpago hacia su posición. Cuando estaban a escasos metros de la antorcha, se escuchó un estruendo ensordecedor que hizo vibrar el suelo bajo las botas de la doctora.

Una serie de detonaciones encadenadas rasgó la base de la cumbre del cerro. Rocas y tierra volaron por los aires en una eyección de escombros. La cumbre entera pareció ceder bajo el impacto de las cargas explosivas que Américo había adherido a los puntos de fricción geológica de la roca. Un estrepitoso rugido de piedra triturada llenó el cañón cuando una colosal avalancha de detritos y rocas gigantescas se precipitó colina abajo, arrastrando con una fuerza de impacto demoledora al escuadrón táctico de Continuum y golpeando con violencia los vehículos blindados de la base, aplastando los guardabarros y sepultando los motores bajo toneladas de pizarra.




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