La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 4: El laberinto de las tres noches

Américo entró arrastrando los pies, con los hombros cargados de polvo grisáceo y las mangas de la chaqueta todavía impregnadas del olor acre de la explosión. A su lado, la doctora Varela avanzaba apoyada en una pesada vara de roble; su pierna de titanio, desgastada por la fricción de la grava y los charcos de ácido, emitía un chasquido ronco y seco a cada paso debido a la falta de lubricación.

Nael se levantó de golpe de su mesa de ensamblaje, dejando caer una bobina de cobre sobre el banco de madera con un golpe seco. Se acercó de inmediato, ayudando a la doctora a sentarse en una caja de herramientas de metal.

—¡Están vivos! —exclamó Nael, apartando las piezas de su mesa—. Opeadores pehdiehon telemática en tocha alta hace tes días. Pensamos... Continuum los encapsuló con la brea. Fin del hastro.

Américo tardó en reconocer la sala. El suelo alrededor del sintonizador estaba sembrado de virutas de cobre y de goterones de estaño, y había una manta arrugada bajo el banco de trabajo. Nael no se había movido de ahí en tres noches.

—Tuvimos... un contratiempo de transporte —dijo Varela, dejándose caer con un gemido sordo. Se golpeó el muslo mecánico con rabia—. Esta chatarra perdió presión en las válvulas de retorno. Tuvimos que rodear la hondonada a pie por las grietas.

Américo no respondió. Se apoyó contra el muro de hormigón húmedo de la caverna, frotándose la quemadura de la mano derecha. Sus ojos buscaron de inmediato el fondo de la galería lateral. Miró el camastro de lona de la enfermería y luego el banco de descanso de Camila. Estaban vacíos.

—¿Dónde están? —preguntó Américo.

Nael bajó la mirada, pasándose un trapo sucio de grasa por la nuca.

—Sin señal, analista —respondió Nael con ojos cansados—. Setenta y dos hoas. Ningún pulso en cables pasivos de dgenaje. Estado: sin ghegistro.

Desde la penumbra de la enfermería, un balbuceo rápido y errático rompió el silencio. Mulatos Castellanos se incorporó a medias en su camastro. Con su mano temblorosa, aferraba el detector analógico de cobre contra su pecho, haciéndolo resonar contra los botones de su camisa.

—Tranquilo poesor —susurró Nael, acercándose para colocarle una mano en el hombro y devolverlo con suavidad al camastro—. Modo de reposo activo. Descansa.

Américo sintió una punzada helada bajo las costillas. Miró a Varela.

—No podemos esperar más —dijo Américo, dando un paso al frente. Sus dedos se cerraron con firmeza alrededor del búfer de memoria que llevaba en el bolsillo—. Traemos los mapas de la red de drenaje que descargamos en la Mansión Vela. Y los registros del Núcleo 0 que recuperamos de sus implantes.

Varela asintió levemente, señalando con la cabeza la consola central del refugio.

—Conéctalos, Vela. Veamos qué nos costó la Mansión.

Américo se acercó a la consola. Retiró la cubierta de protección e insertó los tres dispositivos: la memoria de almacenamiento del data center, el módulo óptico que Varela se había extraído del ojo y el chip físico recuperado de su pierna de titanio. Los relés mecánicos de la consola chasquearon y la pantalla de fósforo verde cobró vida con un zumbido agudo, proyectando líneas vectoriales vibrantes sobre la pared de piedra caliza de la cueva.

Nael se acercó a la proyección, sus ojos abriéndose ante la complejidad del plano.

—Fontaneghía vieja —murmuró Nael, trazando el vector con el dedo—. Fundición de hierro. Juntas de plomo. Diseño previo a la IA de la ciudad. Cero sensores digitales. Todo flujo analógico y phesión por gravedad.

Américo cruzó los logs de seguridad que Varela había rescatado del Núcleo 0 con el mapa de las cañerías. En la pantalla de fósforo verde, una luz roja parpadeó en un punto exacto donde la montaña de pizarra se unía con el alcantarillado industrial.

—Miren aquí —indicó Américo, señalando la esclusa de derivación de agua pluvial—. Las compuertas de seguridad automáticas de la ciudad se cerraron hace tres días debido a una alerta sísmica en la ladera alta. El sector de pizarra quedó sellado por fuera.

—LA piegdha es blindaje natural, Amérghico —añadió Nael—. Bloquea ondas téhmicas. Bloquea todo. Si entraron ahí por lazo pasivo, señal muerta. Pero Continuum vierte brea en gietas. Costra negra en supehficie. Tapará ghespiraderos en pocas hoas. Estado crítico: asfixia por sellado.

Varela golpeó la vara de roble contra el suelo.

—Esa compuerta blindada no se puede abrir desde adentro sin energía. Y Camila no tiene cómo alimentar los relés electromecánicos.

—Yo iré —dijo Américo con firmeza.

—No —dijo Varela.

Américo se giró hacia ella. La doctora no lo miraba a él, sino al mapa.

—Setenta y dos horas dentro de una montaña sellada, sin aire renovado y sin telemetría —dijo—. Usted sabe lo que significa ese número mejor que nadie en esta cueva, analista; se ganó la vida con ellos. No pienso gastar a los vivos en los muertos.

Américo tardó un segundo en contestar. Cuando lo hizo, no levantó la voz.

—Usted ya tiene el mapa —dijo—. Lo descargamos los dos y lo lee mejor que yo. Tiene el Núcleo 0 en la pierna. Tiene a Nael, que le vale por tres hombres, y tiene un campamento que la obedece. —Hizo una pausa exacta—. Dígame qué pierde, exactamente, si yo no vuelvo.

Varela abrió la boca y no dijo nada.

—Nada —contestó Américo por ella—. No pierde nada. Soy el único de esta cueva que no le hace falta. Mándeme a mí.

Le salió limpio, sin esfuerzo, con la cadencia de un idioma aprendido de niño en la mesa larga de su padre: poner sobre el tablero lo que al otro le duele perder y esperar en silencio a que lo cuente. Solo al terminar se dio cuenta de que acababa de tasarse a sí mismo con la misma aritmética con la que Placea lo había firmado como material sobrante. Y de que le había funcionado.

Varela lo miró un rato largo.

—Su padre negociaba igual —dijo.

Nael, al borde de la mesa, no había abierto la boca. Había una resolución en el analista que no estaba allí cuando salieron al exterior por primera vez. La costra de ceniza en su rostro y la forma en que sostenía el soplete gastado en su cinturón denotaban que el empleado de Placea había quedado atrás en el bosque de robles.




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