La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 5: El sonido de la roca

Camila estiró la mano hacia el suelo. Sus dedos rozaron el lomo de Tac. El pequeño animal yacía acurrucado, sumido en un letargo protector; el verde apenas era un hilo intermitente en las escamas, un pulso moribundo. En el aire se sentía el espesamiento de la falta de oxígeno; las rejillas superiores de ventilación, ahora silenciosas, ya no dejaban filtrar el sonido del viento exterior, tapadas por el peso sordo de la brea.

Camila dejó caer la cabeza contra la pared húmeda.

—Clara…

—¿Sí?

—Necesito hacerte una pregunta.

—Si es sobre cuánto oxígeno nos queda, prefiero seguir ignorándolo.

Camila sonrió.

—No.

Esperó unos segundos.

—¿Todavía te avergüenza lo del conducto diecisiete?

Clara cerró los ojos.

—No puedo creer que hayas esperado hasta este momento para sacar ese tema.

—Entonces sí.

—Muchísimo.

Camila soltó una carcajada que rebotó por el túnel.

—Tenía doce años.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Yo iba tan tranquila… y de pronto escuché ruidos raros.

Clara se cubrió la cara con una mano.

—Por favor…

—Pensé que alguien estaba herido.

—Camila…

—Así que me asomé…

Clara dejó escapar un largo suspiro.

—Y ahí estaba la respetable funcionaria del Estado.

—No sigas.

—…besando a un desconocido contra una tubería.

—Contra una válvula.

Camila la miró sorprendida.

—¿Todavía recuerdas el detalle?

—Es difícil olvidar el lugar donde uno pierde toda autoridad frente a una niña.

Las dos rieron.

Durante unos segundos la montaña desapareció.

Solo quedaron ellas.

Camila volvió a hablar.

—Desde ese día empecé a preguntar antes de doblar cualquier esquina.

—Lo sé.

—¿Hay alguien?

Clara respondió automáticamente, como si hubiera atravesado esos túneles miles de veces.

—Puedes pasar.

Las dos sonrieron.

Camila negó con la cabeza.

—No. Nunca decías eso.

Clara frunció el ceño.

—¿No?

—Siempre respondías: “Espera un minuto.”

Esta vez la risa de Clara fue tan fuerte que terminó tosiendo.

Cuando recuperó el aire dijo:

—Nunca te pedí perdón por aquello.

—Nunca hizo falta.

Hubo un silencio cómodo.

Camila rompió el hilo.

—¿Nunca más volviste con él?

Clara bajó la mirada.

—No.

—¿Terminaste con él?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Clara observó la oscuridad delante de ellas.

—Nunca más llevé a nadie a los túneles.

—¿Por vergüenza?

Tardó varios segundos en responder.

—Eso creía.

Camila esperó.

—Pero hace años entendí que era por otra cosa.

—¿Cuál?

—Porque dejaron de ser mi escondite.

Camila la miró.

Clara sonrió apenas.

—Porque los túneles se volvieron compartidos.

Otra vibración recorrió la roca.

Esta vez ninguna habló hasta que volvió el silencio.

Camila rompió la quietud.

—¿Sabes cuál fue el día que más miedo me dio aquí abajo?

—¿Cuando te presenté a los rebeldes?

—Sí.

—Pensé que iban a matarte.

—Yo también.

—Y, sin embargo…

Camila terminó la frase.

—…me dieron un nombre.

Clara asintió.

—Confiaron en ti porque te vieron muy decidida.

Camila negó lentamente.

—No.

—¿No?

—Confiaron en mí porque tú decidiste hacerlo primero.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.

Clara apoyó la cabeza contra la roca.

—Qué extraño.

—¿Qué cosa?

—Nos conocimos porque una niña me sorprendió haciendo el ridículo con un hombre.

Camila sonrió.

—No.

—¿No?

—Nos conocimos porque me aceptaste en el túnel.

Clara la observó largo rato.

—Puede ser.

El aire volvió a llenarse de silencio.

Después Clara habló con una voz mucho más baja.

—¿Sabes por qué nunca dejé de bajar a los túneles?

Camila negó.

—Porque era el único lugar donde nadie me preguntaba quién era.

Camila respondió casi sin pensar.

—Yo tampoco te lo pregunté.

Clara sonrió con una ternura cansada.

—Ese es el punto.

Hizo una pausa.

—Nunca tuviste que hacerlo.

Respiró con dificultad.

—Con los científicos era una persona.

—Con los agentes, otra.

—Con los rebeldes… otra distinta.

Cerró los ojos un instante.

—Llegó un momento en que ya no sabía cuál de todas era la verdadera.

Camila tomó su mano.

Clara continuó.

—Pero cuando escuchaba tu voz preguntando “¿Hay alguien?”…

Una lágrima resbaló sin que ella pareciera notarlo.

—…recordaba que todavía existía alguien que solo esperaba encontrar a Clara.

No a la funcionaria.

No a la espía.

No a la traidora.

Solo a Clara.

Camila apretó su mano con fuerza.

Y, por primera vez desde que quedaron atrapadas, ninguna sintió que estaba sola.




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