La habitación que falta: El tiempo

5.1

El silencio regresó a la esclusa, trayendo de vuelta la pesadez del aire. Las dos mujeres permanecieron inmóviles en la penumbra. Camila miraba el fango acumulado en las juntas de hormigón, mientras Clara acariciaba el cañón de su rifle. Las provisiones se habían agotado hacía horas; no quedaba agua, ni raciones, ni calor en los sistemas del búnker. Planearon golpear la compuerta de acero para forzar una alerta sísmica en la red de Continuum y atraer a los drones, pero la probabilidad de salir victoriosas de un combate a pedradas contra las unidades de Lateral en un conducto cerrado y sin oxígeno rozaba el cero absoluto. Cada cálculo conducía a la asfixia o a la inmovilización por descargas de estática. Significaba casi con seguridad la muerte, pero ambas preferían caer luchando antes que dejarse apagar lentamente por el hambre y el frío.

Cuando Camila estaba a punto de levantarse para recoger los fragmentos de pizarra del suelo, Tac se inquietó de golpe. El animal soltó un chirrido agudo y sus escamas estallaron en un verde más vivo que nunca, latiendo a una velocidad que Camila no le había visto jamás. Parecía súbitamente animado, sacudiendo la cola con energía. De un salto ágil, Tac salió corriendo hacia una de las esclusas metálicas obstruidas del fondo de la galería.

Camila y Clara se miraron un instante y corrieron tras el animal. Al acercarse a la esclusa de hierro, un sonido extraño cruzó el metal: golpes toscos y una conversación murmurada a través de la compuerta.

—Trae los cables —se escuchó una voz ronca y familiar desde el exterior.

—La poesora dijo yo conducir no tghaer cables —respondió otra voz, atropellada.

—¿Quieres abrir esto o no? —replicó la primera voz, frustrada.

Camila apretó con fuerza el brazo de Clara. Sus ojos se abrieron en la penumbra.

—¿Américo? —gritó en voz alta contra la compuerta.

—¿Camila? —se escuchó la respuesta del otro lado, ahogada pero llena de inmediato asombro.

Camila dio un pequeño salto de felicidad en el lodo.

—¿Por qué te tardaste tanto, Vela? —reclamó Clara, con una mezcla de celos graciosos y un afecto protector, casi como una hermana mayor vigilando el portal.

—Lo siento… estaba explotando a unos agentes —respondió Américo al otro lado.

—¡Bypass... bypass trabado por la bghea en las bisaghas! —gritó la voz de Nael—. ¡Aléjense de la compuehta! ¡Amérghico va a volarla!

Clara tiró del brazo de Camila, arrastrándola detrás del muro de roca húmeda. Américo, en el exterior, pegó las cargas de masilla de la mochila de Varela sobre el cerrojo trabado y activó el detonador analógico.

Un pitido corto.

*¡Bum!*

La detonación sacudió el túnel pluvial. El pasador de acero saltó en pedazos y la pesada compuerta cayó doblada hacia el interior del conducto, abriendo una brecha entre el humo y el olor acre a pólvora.

Américo irrumpió a través de la humareda con el rostro manchado de hollín y el soplete táctico en la mano, seguido por Nael que cargaba una palanca de hierro. Al ver a Camila y Clara a salvo, Américo dio un paso al frente y estrechó a Camila en un abrazo firme y denso.

Clara se sacudió el polvo de los hombros y lo miró con resolución.

—Vámonos rápido antes de que lleguen —dijo Clara, con la mano en su rifle.

—Hay que ir en el otro sentido —dijo Américo, cortando su paso con firmeza—. Ya revisamos el exterior y estamos rodeados. Saben perfectamente que estamos aquí. En este momento, el lugar más seguro es dentro del túnel.

Clara abrió los ojos, estupefacta.

—Llevamos tres días encerradas aquí dentro, Vela. ¿Te has vuelto completamente estúpido?

—Confía —dijo Américo.

La palabra le sonó extraña en la boca, casi ajena. Un analista de Placea jamás pedía confianza: entregaba márgenes de tolerancia y desviaciones estándar. No tenía un solo porcentaje que respaldara la decisión, ningún algoritmo que le garantizara que el derrumbe no los sepultaría a todos, y sin embargo la orden había salido de su garganta con una certeza física que no admitía réplica.

Echaron a correr en sentido opuesto a la entrada destruida. A sus espaldas, un haz de luces blancas e intensas recortó el polvo de la humareda. Los drones de Continuum ya sabían de la intrusión; encendieron sus sensores infrarrojos e iniciaron la caza en el interior de la galería como una horda de insectos.

—¿Tienes un plan, analista? —gritó Clara mientras saltaban sobre las rocas pluviales—. ¡Porque tengo serias dudas de que exista uno!

—¿Qué armas traes? —le preguntó Camila a Américo a pleno pulmón.

—¡Ninguna! —bramó Américo.

Corrieron a lo largo de dos kilómetros de conductos oscuros, con el siseo agudo de las turbinas de Continuum soplándoles en la nuca. El agua del túnel les salpicaba las botas en cada zancada. Américo le hizo una seña rápida al joven mecánico.

Nael, cuyo rostro de diecisiete años estaba encendido por la emoción del peligro, extrajo de su cinturón un pequeño transmisor analógico de cobre con dos botones.

—¿Ya puedo hacého? —preguntó a toda velocidad.

—¡Hazlo ya! —ordenó Américo.

Nael apretó el primer botón. Un retumbo colosal sacudió las paredes del acueducto a lo lejos, apagando el siseo trasero de parte de las turbinas.

—¿Qué fue eso? —gritaron Camila y Clara a la vez.

—La puerta por donde entramos está destruida —respondió Américo, sin disminuir la velocidad—. Solo queda la esclusa del frente. Eso evitará que den información al exterior y nos flanqueen.

Llegaron frente a la enorme compuerta metálica del subsector cuatro. Américo arrojó el morral de lona al suelo, extrajo la masilla explosiva que le quedaba de Varela y comenzó a amasarla con ambas manos, con una destreza rápida y precisa que Camila nunca le había visto. En pocos segundos, colocó la masilla estratégicamente en el borde de la esclusa y en las bisagras superiores.

Dio cinco pasos atrás y esperó el destello sin parpadear.




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