La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 6: Después del túnel

Camila iba sentada en la parte trasera, con la mejilla apoyada contra el cristal frío de la ventanilla. Sus ojos vacíos observaban el paisaje negro y las siluetas retorcidas de los robles pasar a toda velocidad. La sangre de Clara, ya convertida en una costra marrón, le cubría los nudillos y manchaba las mangas de su chaqueta, pero ella no hacía el menor ademán de limpiarse. Su respiración empañaba levemente el vidrio. En dos ocasiones, el vehículo se detuvo para rodear derrumbes, pero Camila ni siquiera parpadeó; parecía haberse desconectado del mundo físico.

Junto a ella, envuelto en una pesada lona impermeable manchada de lodo pluvial, yacía el cuerpo sin vida de Clara.

En el asiento del copiloto, Américo giraba el rostro hacia atrás cada pocos minutos. Su abrigo estaba cubierto de hollín y polvo de pizarra. En la oscuridad, extendió su mano sobre el respaldo del asiento, rozando con torpeza los nudillos de Camila. En lugar de apartarse, ella volteó su mano y apretó los dedos de Américo con una fuerza desesperada, anclándose a su calor sin dejar de mirar por la ventanilla.

—Ya casi llegamos —murmuró Nael desde el volante, su voz ronca rompiendo el zumbido de los motores.

El radiotransporte descendió por una pendiente escarpada, adentrándose en las sombras de un acantilado donde la brea de Continuum aún no había logrado filtrarse. Cruzaron una cortina de musgo y líquenes que ocultaba la entrada principal del Holobionte.

La lluvia caía pesadamente sobre la explanada de roca frente al refugio. Un grupo de científicos y técnicos rebeldes los esperaba bajo la tormenta. En el centro, Mulatos Castellanos y Varela permanecían de pie. Cuando los faros del vehículo iluminaron sus rostros, ambos alzaron los brazos, con los puños apretados apuntando al cielo. A su alrededor, los técnicos levantaron sus linternas halógenas, agitando las luces en una celebración silenciosa. Habían logrado burlar a Continuum dos veces en una sola noche; las detonaciones en los túneles eran la prueba de un éxito táctico que los rebeldes no veían hacía décadas.

El vehículo frenó patinando sobre el barro. Américo abrió la portezuela y saltó a la intemperie.

Mulatos avanzó un paso, esbozando una enorme sonrisa que le arrugaba el rostro curtido, pero Américo bajó la mirada y negó lentamente con la cabeza. Sin decir una palabra, rodeó el radiotransporte y abrió la compuerta trasera.

Nael bajó la mirada hacia sus botas.

Camila descendió lentamente. Detrás de ella, Américo tiró de las asas de la lona impermeable, deslizando el cuerpo de Clara hacia la luz de la tormenta.

Los puños en alto de los científicos cayeron pesadamente a sus costados. El destello de las linternas descendió hacia el barro. La sonrisa de Mulatos se desvaneció, reemplazada por un temblor imperceptible en su mandíbula. Varela no emitió un solo sonido; los servomotores de su mano de titanio rechinaron con un chillido agudo mientras sus dedos metálicos se aferraban a su propio muslo, apretando hasta que las juntas amenazaron con partirse.

Américo levantó la lona y, con la ayuda de dos técnicos que se acercaron en silencio, apoyaron a Clara en una camilla de hierro.

Nadie tuvo que preguntar qué había pasado.

Al entrar a la gran caverna principal del refugio, Varela alzó su mano humana.

—Apaguen los motores —ordenó con voz áspera—. Corten la red. Todo.

Los técnicos obedecieron de inmediato. Uno a uno, los ruidosos generadores eléctricos, los ventiladores y los relés de datos se silenciaron. El zumbido constante de la supervivencia tecnológica murió, sumiendo la cueva en una quietud absoluta, profunda y natural. En la oscuridad, los "viejos sabios" comenzaron a encender fuegos analógicos. Velas de cera de abejas y mecheros de aceite proyectaron una cálida luz ámbar que bailaba sobre las paredes de piedra.

Era el rito fúnebre del Holobionte.

Camila caminó hacia la camilla de hierro iluminada por las llamas. Tac asomó la cabeza de su abrigo, emitiendo un verde muy lento, muy pacífico, que a esa distancia todavía alcanzaba a teñir el rostro pálido de Clara.

La joven se inclinó sobre la mujer que había sido su compañera en los túneles. Con movimientos precisos, Camila palpó la nuca de Clara y, usando la punta de un cuchillo táctico, extrajo el pequeño nodo de identificación percutánea que el sistema de Placea obligaba a llevar a sus ciudadanos. El microchip brilló fríamente bajo el fuego.

Camila apretó el chip entre sus dedos manchados de sangre y lo arrojó al fuego central. El plástico y los circuitos chisporrotearon y se fundieron en segundos, alzando una voluta de humo oscuro.

—Ya no eres un número. Ya no eres un registro —susurró Camila, cerrando los ojos de Clara con suavidad—. Estás libre del sistema, hermana, ya no tienes que correr.

Un leve arrastrar de suelas rompió la quietud. De entre los técnicos surgió un hombre muy anciano, encorvado bajo el peso de un delantal de cuero repleto de pequeños bolsillos abultados. Sus ojos saltones, húmedos e inyectados en sangre, parpadeaban con un fervor que parecía a punto de desbordarlo. Se arrodilló junto a la camilla con un jadeo agudo y extrajo de su delantal un bloque negro, denso y tosco: cuarzo puro y circuitos deliberadamente muertos.

—Estar libre del sistema no significa esfumarse en la nada, jovencita —dijo el anciano. Su voz temblaba, cargada de una emoción cruda, mientras depositaba el bloque pesado sobre el pecho inerte de Clara—. En Placea, la muerte es un desvío estadístico que se corrige borrando los metadatos. Eso es archivar. Pero yo soy el Sepulturero... y nosotros no archivamos. Nosotros guardamos para que pese.

Varela dio un paso al frente. El servomotor de su pierna protestó con un quejido mecánico.

—Le asignamos su propia *estela de silicio* —explicó la doctora, señalando el bloque negro opaco que descansaba sobre Clara—. Hardware sordo. Desconectado para siempre de cualquier red. Volcaremos ahí sus audios, sus tics, el mapa de su retina. Su estela ocupará espacio físico. Estorbará en los bolsillos, pasará de mano en mano, generará fricción. Continuum jura que los vínculos de alta fricción son ineficientes, pero las acciones de Clara perdurarán.




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