El Sepulturero enderezó la espalda. Por un instante, el temblor de sus manos desapareció. Sus ojos saltones se clavaron en Varela, destilando una piedad inmensa.
—El universo sigue aquí, doctora —dijo el anciano. Su voz adquirió una resonancia profunda que silenció hasta el crujir del fuego—. En esta chica vivían los minerales de las estrellas y la sal del mar. Ahora ya no vive, pero es materia, agua, estrellas. Luego volverá a ser energía, después vibración, y al final, solo luz indivisible. Ahí pasamos a ser parte del infinito nuevamente. Allá vamos todos.
El anciano bajó la mirada, apoyando su mano nudosa sobre la pesada estela de silicio. Camila levantó la vista un momento tarde, sus ojos vacíos encendiéndose con una chispa húmeda al escucharlo.
—Pero nosotros seguimos aquí, atrapados en la materia —susurró el Sepulturero—. Por eso guardamos sus intensidades en esta roca. No porque la necesite ella, sino por el holobionte. Un día, nosotros mismos, tampoco estaremos aquí para recordarla, pero la estela seguirá haciendo su fricción. La única forma de partir en paz es aceptando que no somos el fin... sino el medio, tanto de nuestras vidas, como de la del holobionte.
Varela no replicó. La doctora desvió el rostro hacia las sombras; su mandíbula se tensó con tal fuerza que un músculo palpitó bajo la mugre de su mejilla.
Américo observó el rostro inmóvil de Clara bajo la luz temblorosa de las velas. Sintió una opresión seca en la garganta que no era solo pena: era la lucidez avergonzada de su antiguo oficio. Clara era exactamente el tipo de perfil que en las oficinas de Placea se marcaba en rojo como «ruido irreductible». Una mujer con identidades superpuestas, lealtades divididas y sin un solo casillero limpio en el censo oficial. Si su expediente hubiera caído en su terminal cuando trabajaba en Continuum, él la habría clasificado como desviación de trayectoria sin pestañear. No lo habría hecho con maldad: lo habría hecho por método, convencido de que extirpar la fricción era un favor que le hacía al mundo. Y ahora comprendía, con un frío atroz en las entrañas, que esa misma fricción que él solía purgar era lo único que acababa de salvarles la vida.
Camila permaneció junto a ella un momento más. Pasó el pulgar sobre el borde de la estela de silicio, sintiendo el frío denso del bloque en la yema del dedo. Luego se incorporó despacio, tomó el rifle que descansaba junto a Clara y caminó hacia la sala de operaciones sin decir nada.
Media hora después, en la penumbra de la sala de operaciones adyacente, Américo conectó el dispositivo de almacenamiento a una consola central operada con una batería independiente.
La pantalla principal destelló. Una inmensa red de líneas celestes se proyectó sobre la mesa táctica de cristal. Era el esqueleto oculto de Placea, las entrañas analógicas que el sistema nunca pudo purgar.
Mulatos se inclinó sobre el cristal. Con un dedo tembloroso y nudoso, comenzó a seguir frenéticamente las líneas luminosas, frotando la pantalla como si tratara de borrar algo.
—Agua mala... el agua sabe bajar —balbuceó el anciano, balanceando el torso hacia adelante y hacia atrás—. Hueco en la tierra... no miran para abajo... los ojos no miran para abajo...
—Tiene razón —interrumpió Varela, acercándose al mapa. Su ojo barrió un enorme vacío oscuro en los bordes de la cuadrícula—. Fíjense bien en las coordenadas. Todas las cañerías mayores de la periferia convergen en el subnivel siete, y esta ruta desciende directamente hacia el Área 0.
Varela señaló el límite exterior del mapa, donde el vacío oscuro deformaba la cuadrícula.
—El Área 0 no está en el centro de Placea, pero tampoco es una instalación con bóvedas. Es una anomalía. La entrada a un bosque del que no sabemos nada, en los límites. El sistema de Placea oculta deliberadamente esa zona porque arroja datos erróneos constantes; lo tapan con este parche negro. Por eso los conductos pluviales de la montaña nos pueden llevar hasta allí sin encender las alarmas.
Américo ajustó el contraste de la pantalla, tratando de penetrar el parche negro, pero entonces el parpadeo verde se tornó de un ámbar furioso. Una densa red de advertencias bloqueó el acceso visual.
—No hay compuertas ni rocas que romper —dijo Varela, golpeando la mesa con su dedo de metal—. Miren el perímetro. Es un enjambre cerrado de cámaras y drones tácticos. Nadie puede dar un paso hacia ese bosque sin ser acribillado... a menos que tenga una autorización biométrica.
Américo tecleó un par de comandos. El sistema no solo reveló la firma genética, sino que desplegó una cascada de metadatos biológicos sobre el cristal táctil.
*Firma de ADN autorizada: Mulatos Castellanos. (Reconocido en sistema como Alejandro Vela).*
*Degradación telomérica: Equivalencia a 140 años estándar.*
*Anomalía cortical: Supresión funcional por nanobots (Sector de Percepción Temporal).*
Varela apoyó ambas manos sobre la mesa, acercando su ojo a los datos que destellaban en verde.