—Esto es imposible —susurró la doctora, perdiendo todo rastro de su habitual ironía—. Es posible que ustedes dos luzcan más jóvenes porque saltaron hacia el futuro, esquivando el desgaste lineal. Pero las células de Castellanos... su desgaste biológico acumula más de un siglo de vida.
Américo la miró, palideciendo.
—¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cuánto tiempo ha estado Mulatos perdido, en realidad?
—Nos equivocamos —dijo Varela, inclinándose sobre el cristal táctil hasta que su respiración empañó los gráficos—. Esto no es demencia senil, Vela. Miren el lóbulo parietal. No hay atrofia, no hay derrame: hay un corte limpio. Una incisión micrométrica asistida por nanobots que vació todo el circuito asociativo. Le extirparon un trozo de masa cerebral como quien raspa la grasa de un tubo. Nadie sobrevive a una mutilación así conservando el habla... a menos que haya guiado el bisturí él mismo.
Mulatos levantó la vista del cristal, sus ojos desorbitados por un pánico súbito. Comenzó a frotarse las palmas de las manos contra el abrigo con desesperación, como si intentara arrancarse la piel.
—Vela... —balbuceó el anciano Mulatos con la respiración cortada, meciéndose sobre sí mismo—. Visión... cerró la visión con mi sangre... Vela... percepción... los ojos rojos en los árboles... ¡no puedo volver a mirar, Vela! ¡No puedo!
—No sé por qué mi padre usó tu registro genético como la única autorización para cegar al enjambre —dijo Américo, conectando los fragmentos de aquel delirio—. Pero si no escanean tu biométrica para desactivar los drones, nunca podremos dar un solo paso dentro del bosque.
—Entonces no hay opción —completó Varela con frialdad—. Castellanos tiene que ir con ustedes.
Varela tosió, llevándose una mano al pecho. El movimiento hizo que de la articulación de su rodilla de titanio brotara un hilillo oscuro de fluido hidráulico que manchó el suelo de la caverna.
—Yo me quedo —dijo la doctora, su voz sonando como el acero frío—. Mi chasis está perdiendo presión por la metralla, y si bajo a los túneles seré un ancla si no estoy al cien por cien. Además, alguien tiene que coordinar las falsas alarmas en la ladera para distraer a los drones de Continuum mientras ustedes avanzan hacia el centro.
—Yo me quedo también —dijo Nael, acercándose con una pequeña caja metálica en las manos. Extrajo dos transmisores analógicos de cobre, idénticos al que había usado para volar el acueducto, y se los entregó a Américo—. La poesora va a necesitahg que le repare la pieghna.
Américo tomó su bolso para prepararse. Nael dudó un segundo antes de abrazarlo con torpeza, apretando su abrigo manchado de hollín.
—Gacias —susurró el chico—. Esto es lo más gande que he hecho en mi vida.
—¡Ja! Para mí también. Espero volver a verte, Nael —respondió Américo, devolviéndole el abrazo con firmeza.
Todos giraron hacia Camila. Ella reaccionó dos segundos después. No había apartado los ojos de las líneas celestes proyectadas en el cristal. La luz azul del mapa se reflejaba en su rostro pálido y sus labios partidos.
—El ramal secundario del subnivel siete está inundado, no podrán pasar por ahí —dijo ella de pronto, trazando una ruta con su uña sobre el mapa, borrando años de polvo de la pantalla táctil—. Pero el conducto diecisiete está intacto. Lo sé porque... lo caminamos hace tres días.
Camila observó un segundo a Américo, se limpió los ojos con la manga del abrigo y le sonrió levemente.
—Eres muy bueno con los explosivos —dijo ella, con una timidez extraña que rompió el hielo del cuarto—. Y... gracias por ir a buscarnos.
Américo bajó la mirada un instante, permitiéndose un destello de fragilidad, pero antes de que pudiera responder, la voz áspera de Varela cortó el aire.
—Muy conmovedor, Vela. Lástima que usaste casi todas nuestras reservas de C-4 en los túneles perimetrales. Espero que sepas hacer explosiones con la saliva de Mulatos allá abajo.
Camila tiró de la palanca de cerrojo del rifle. El chasquido metálico resonó contra las paredes de la cueva, frío y definitivo, metiendo una bala en la recámara.
—Preparen el equipo que queda —ordenó, colgándose el arma al hombro—. Vamos a acabar con esto.
Varela y Nael se quedaron en silencio. Américo avanzó primero, encendiendo su linterna táctica; el eco de sus botas se fue ahogando hasta que la oscuridad húmeda de la montaña se los tragó sin hacer ruido.