La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 7: Las puertas de la intersección

Agazapados tras un peñasco húmedo, Américo, Camila, Tac y Mulatos observaban el linde del Área 0.

El zumbido de decenas de rotores mecánicos saturaba el aire, acompañado por un olor penetrante a circuitos sobrecalentados. Américo pegó la espalda contra el peñasco mientras un dron de patrulla descendía lentamente; su escáner láser proyectó una malla de líneas luminosas que se retorcían sobre las hojas. Américo levantó torpemente su rifle electromagnético, intentando fijar al dron a través de la bruma.

Camila apoyó dos dedos firmes sobre el cañón del arma de Américo, bajándoselo con suavidad.

—No compenses con los brazos —susurró ella, acomodándole la culata contra el hueco exacto del hombro—. El aire aquí es denso por la estática. Si disparas en línea recta, el calor desvía el proyectil tres centímetros a la izquierda. Apunta a la junta del rotor... y suelta el aire lentamente antes de presionar.

Camila apoyó su propio rifle contra la arista de la roca. Inmóvil, su respiración se volvió imperceptible. Con un chasquido apagado y limpio, disparó: el proyectil sin perder ni un milímetro de su postura, cortó la niebla y destrozó la lente óptica del dron a doscientos metros de distancia, haciéndolo caer en espiral sobre la maleza sin detonar la alarma perimetral.

Américo la miró de reojo, impresionado por la frialdad milimétrica de su pulso.

—¿Dónde aprendiste a tirar así?

Camila bajó el cañón despacio. Una sombra amarga y melancólica cruzó sus ojos al mirar las manchas oscuras en sus propios nudillos.

—Clara —respondió en un murmullo que casi se llevó el viento—. Decía que un segundo de pulso firme te ahorra diez años de remordimientos.

Guardó silencio un instante, apretando la empuñadura antes de señalar la hendidura entre las raíces.

—La superficie está tomada, no tenemos tantas balas —dijo, recuperando su tono analítico—. Si queremos cruzar tiene que ser bajo tierra. Varela no exageraba: los planos del drenaje son nuestra única ruta limpia.

Américo asintió, desplegando el mapa de papel sobre una roca lisa. Los viejos conductos pluviales serpenteaban bajo las raíces como venas de un animal muerto.

—Vamos, es por aquí —dijo Américo.

Camila le sujetó la muñeca antes de que siguiera avanzando.

—Estás sangrando.

—Es una herida ya de hace una década —dijo Américo.

—Eso no lo deciden los heridos.

Américo bajó la mirada hacia el cuello de ella, todavía manchado de sangre seca. Sacó un trozo de tela del bolsillo y le vendó el cuello sin pedir permiso. Camila no se apartó. Durante unos segundos permanecieron unidos por la venda, ambos se tensaron al escuchar un retumbe profundo en la tierra.

—No te separes de mí —dijo ella.

—No pensaba hacerlo.

—No te lo digo por el túnel.

Américo levantó la mirada. Camila ya observaba la oscuridad delante de ellos.

—Lo sé.

Tac emitió un chillido suave. Sus rayas, que hasta entonces apenas brillaban, se encendieron con un resplandor tenue sobre la espalda de Mulatos.

De pronto el túnel comenzó a desmoronarse. Echaron a correr, pero a cada zancada contra el suelo embarrado, el derrumbe ganaba violencia. Trozos de techo se desplomaban justo a sus espaldas, sincronizados de forma macabra con el ritmo de su carrera. El pasadizo comenzó a deformarse: los ángulos rectos se curvaban y todo parecía más pequeño cada vez.

De pronto, Mulatos frenó en seco. Clavó los talones en el fango y se sentó en el suelo.

—¡Sin sentido no hay destino, solo camino! —entonó el anciano, con melodiosa voz pedagógica.

—¡Mulatos, carajo, levántate! —Américo intentó izarlo por las axilas, arrastrándolo unos palmos con desesperación mientras los escombros caían cada vez más cerca.

—¡Américo, detente! —gritó Camila, interponiéndose de golpe y sujetándole los brazos con fuerza—. ¡No des un solo paso más!

—¡Nos va a aplastar el techo, Camila!

—¡No, no lo entiendes! ¡Somos nosotros! —insistió ella, obligándolo a fijar la vista en el suelo—. Cada vez que aceleras el paso, el derrumbe se adelanta. ¡Quédate quieto!




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