Américo se congeló. Contuvo la respiración, cediendo a la presión de las manos de Camila.
—No está cayendo sobre nosotros —dijo Camila—. Está respondiendo al movimiento. Cada vez que corremos, aumentamos la presión y el túnel intenta compensarla.
El estruendo se extinguió en el acto. El polvo flotó inmóvil en el aire y los fragmentos de piedra detenidos a medio caer quedaron suspendidos, ingrávidos, a centímetros del suelo. La destrucción se había pausado en seco al cesar el movimiento.
Camila señaló el barro bajo sus botas.
—Mira las huellas. No son nuestras.
Américo observó el suelo. Las marcas se repetían en series irregulares: algunas frescas, otras endurecidas y cubiertas de salitre, otras tan antiguas que parecían pertenecer a otro grupo.
—Son nuestros pasos —dijo—. Pero todavía no los hemos dado.
Un fragmento de techo tembló sobre sus cabezas. El polvo suspendido comenzó a caer otra vez, grano por grano.
—La pausa se está acabando —susurró Camila.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No lo sé.
Un nuevo crujido atravesó el túnel. Esta vez no venía de atrás, sino del frente. La pared empezó a plegarse hacia ellos, como si el conducto intentara cerrarse desde ambos extremos.
Américo sacó la navaja.
—Tenemos que seguir.
—No. Tenemos que entender qué estamos repitiendo.
Él trazó una cruz sobre el hormigón. La incisión apareció de inmediato unos centímetros más adelante, antes de que la hoja llegara hasta allí.
Camila palideció.
—No la estás dibujando.
—¿Entonces qué hago?
—¿La estás alcanzando?
Una segunda cruz apareció junto a la primera. Era más profunda, más antigua, como si alguien hubiera pasado por allí después de ellos.
Mulatos levantó la cabeza desde el barro.
—No caminéis hacia la puerta —murmuró—. La puerta camina hacia nosotros.
El techo volvió a gemir.
Camila agarró a Américo de la chaqueta.
—Si corremos, aceleramos el colapso. Si nos quedamos quietos, el túnel nos alcanza.
—Entonces avanzamos sin movernos.
—Eso no tiene sentido.
—Estamos en la Falla, nada tiene sentido.
Américo miró las tres marcas. Una era reciente. Otra pertenecía a un tiempo que aún no habían vivido. La tercera parecía haber sido hecha por una mano mucho más vieja.
En el muro, bajo el salitre, apareció una nueva línea de ladrillos oscuros.
Camila apoyó los dedos sobre ella.
—Esto no estaba aquí.
—Sí estaba —dijo Mulatos—. Solo que todavía no lo habíamos encontrado.
La mampostería cedió hacia dentro con un estruendo sordo, revelando la cámara circular de hierro y tres compuertas numeradas.
Sobre el dintel de cada puerta destacaba una placa de fundición con números en relieve: **34**, **13** y **8**.
Junto a cada número, un reloj analógico de latón y cristal grueso marcaba un compás disonante:
El segundero de la puerta **34** avanzaba con una pesadez agónica, como si sus engranajes se movieran sumergidos en brea: un *tooc... tooc... tooc* sordo y dilatado.
El de la puerta **13** oscilaba con una regularidad monótona y familiar.
En la puerta **8**, las manecillas giraban en un torbellino febril, un *tac-tac-tac-tac* apresurado, como un insecto atrapado.
Mulatos avanzó arrastrando los pies. La luz de su collar temblaba sobre las tres puertas.
—Los nodos... los tiempos relativos... —murmuró.
Un golpe seco sacudió la cámara. El reloj de la puerta 8 aceleró hasta convertirse en un zumbido furioso. La compuerta vibró y una grieta se abrió en el suelo bajo sus botas.
—¡Atrás! —gritó Américo.
Tiró de Mulatos hacia él justo cuando una placa de hierro se desprendía del techo. Camila atrapó al anciano por el otro brazo y lo cubrió con su cuerpo. El fragmento cayó detrás de ellos, levantando una nube de polvo.
—¿Estás herido? —preguntó Américo.
Mulatos negó con la cabeza, confundido.
—Tengo frío.
Camila se quitó el pañuelo del cuello y se lo anudó alrededor de la garganta.
—Ya lo sé, solo no te lo quites.
Mulatos la miró durante un segundo, como si la muchacha hubiera atravesado una capa profunda de niebla.
—Elena también hacía eso.
El reloj de la puerta 34 se detuvo. La escotilla quedó cubierta de escarcha y, detrás del cristal, algo golpeó tres veces desde el otro lado.
Américo apretó el hombro de Mulatos.
—Quédate conmigo, abuelo. Mírame.
—No soy tu abuelo aquí.
—Lo eres en todas partes.
El reloj de la puerta 13 respondió con un tic grave y regular. Al oírlo, Mulatos giró la cabeza. Su collar emitió un pulso de luz.