—La trece —dijo—. Allí guardábamos las herramientas.
—¿Quiénes? —preguntó Camila.
—Todos. Elena, Alejandro... Federico quemaba el café.
Otra sacudida recorrió la cámara. La puerta 8 comenzó a abrirse sola, dejando escapar una corriente de aire tan rápida que estuvo a punto de arrancarle el mapa de las manos a Camila.
—¡No podemos quedarnos! —gritó ella.
Américo miró las tres puertas. La 8 rugía como una máquina descontrolada. La 34 permanecía congelada. La 13 seguía marcando un ritmo estable, pero su manija empezaba a hundirse en el metal.
—La trece —dijo Camila—. Es la única que todavía conserva una frecuencia humana.
—¿Frecuencia humana?
—El pulso de Mulatos se estabilizó cuando la escuchó.
Américo rodeó al anciano con un brazo y le sostuvo la nuca.
—Entonces vamos a casa, abuelo.
Mulatos apoyó la frente contra su hombro.
—No sé dónde está.
—Nosotros sí. Vamos contigo.
Camila tomó la palanca de la puerta 13. Américo sostuvo a Mulatos contra su pecho mientras ella tiraba con todas sus fuerzas. El metal no cedió.
—¡Ayúdame!
Mulatos levantó una mano temblorosa y apoyó los dedos sobre la placa.
—Decía que las puertas no se abren con fuerza.
—¿Quién? ¿Con qué se abren? —preguntó Américo.
—El Maestro. Decía que se abren con alguien al otro lado.
La manija descendió sola.
La puerta 13 se abrió hacia la oscuridad, y durante un instante llegó hasta ellos el olor cálido de café recién hecho.
—¿Más abajo? —murmuró Américo—. Esto no tiene sentido de ingeniería. Ya estábamos en el nivel más profundo de la red de drenaje.
—La temperatura está cambiando de dirección —respondió Camila, pasando los dedos por la roca rezumante—. Sigamos el declive.
El aire viciado del subterráneo fue cediendo ante una corriente fresca y densa que olía a clorofila y tierra recién llovida.
El túnel murió bruscamente en una hendidura entre dos enormes raíces petrificadas. Se deslizaron de costado por la abertura y, al incorporarse, se encontraron de pronto a cielo abierto, rodeados por la inmensidad del bosque.
Américo encendió el detector analógico de Mulatos para orientar el rumbo. La aguja oscilaba con picos erráticos, afectada por la proximidad del búfer que llevaba al cuello, pero marcaba una dirección general hacia el oeste. Comenzó a avanzar con paso firme, sujetando a Mulatos del codo para ayudarle a sortear las raíces húmedas, mientras Tac trotaba pegado a sus botas.
Camila los seguía a un par de metros de distancia, pero sus ojos no estaban en el suelo. Su atención de científica quedó atrapada de golpe por la estructura de los árboles que flanqueaban el sendero.
La vegetación vibraba con un zumbido audible. A su derecha, un tronco colosal exhibía una contradicción botánica absoluta: las ramas inferiores estallaban en brotes tiernos de un verde eléctrico y flores blancas con intenso olor a miel, mientras que la copa dejaba caer una lluvia lenta de hojas secas de otoño.
—Américo, detente un segundo... mira esto —susurró Camila, dando dos pasos hacia el tronco con fascinación genuina—. En un mismo tallo conviven brotes y hojas muertas.
Al no escuchar respuesta, Camila se giró sobre sus talones.
El sendero estaba vacío.
La bruma gris se había cerrado a su espalda y las pisadas de Américo y Mulatos se habían desvanecido por completo, como si hubieran cruzado a otro plano temporal mientras ella se detenía a observar.
—¿Américo? —llamó con fuerza—. ¡Américo!
El bosque solo le devolvió el siseo estático de la Falla. Estaba sola.
Respiró hondo, reviso sus instrumentos y dejó que su instinto analítico tomara el control sobre el desconcierto que vivia. Volvió a acercarse al árbol, cogió una hoja seca entre las yemas de los dedos y luego rozó con suavidad un brote joven.
—¿Qué enfermedad será esta? —murmuró para sí misma, fascinada—. ¿Una falla biológica? ¿Un error de desarrollo?
Se mantuvo contemplativa mitad observando el arbol, mitad pensando como encontrar al grupo.
Guardó silencio, desconcertada ante la imposibilidad biológica de que un arbol viviera las 4 estaciones del ano al mismo tiempo. Se colocó los auriculares del detector apagados, usándolos como barrera física para amortiguar zumbido del bosque y concentrarse.
Aun así, un eco perforó el acolchado. No era el viento ni las ramas, sino una voz nítida, atrapada en el aire y amplificada por la estática:
—"¡Podemos entrar, Castellanos! ¡Esto es la energía infinita que buscábamos!" —exclamaba un hombre mayor, con euforia febril desde todas partes.
Camila giró sobre sí misma, empuñando su rifle.
—¿Quién está ahí? —exigió—. ¿Américo?