El bosque respondió con una segunda voz, más joven, desesperada y aguda. A Camila se le heló la sangre al reconocer el timbre, era Mulatos Castellanos!
—"¡No, no es energía infinita! ¡Es un circuito!"
Las voces chocaron contra los troncos en una lucha eterna. Camila bajó el arma despacio. Aquella palabra —*circuito*— resonó en su mente como un compas pegajoso.
—¿Un circuito...? —susurró para sí misma, mirando el arbol con ojos completamente renovados—. Está bien. Voy a tratarte como un sistema. Tal vez es incorrecto llamarte Falla.
Decidida a buscar la estructura física de ese circuito, se agachó frente a un grupo de flores silvestres que vibraban sutilmente y comenzó a contar sus pétalos.
—Ocho —murmuró. Se acercó a otra planta de la misma especie—. Trece.
Buscó una tercera flor, un poco más grande. Contó, creyó equivocarse, sacudió la cabeza y volvió a contar uno a uno.
—Veintiuno...
Camila soltó una risa nerviosa. Siempre eran los mismos números. La siguiente flor tenía treinta y cuatro.
Y entonces se quedó quieta.
Ocho. Trece. Treinta y cuatro. Los tres estaban grabados en relieve sobre los dinteles de hierro que habían cruzado media hora antes, bajo tierra.
El veintiuno no. El veintiuno no se lo habían ofrecido.
Miró la flor que sostenía entre los dedos y sintió un frío que no venía del aire. El bosque conocía los números de las puertas. Y tenía uno más.
Todas eran distintas y, sin embargo, todas hablaban el mismo idioma. No era ruido. No era caos.
—No es una anomalía orgánica —susurró, con la voz entrecortada por la fascinación—. La flora no está imitando el desorden. Está buscando un equilibrio.
Rodeó el árbol lentamente. El lugar no mostraba violencia ni deterioro; al batir las alas, un grupo de mariposas oscuras dejaba tras de sí microestelas de pigmento denso que no se disipaban, quedando impresas en el aire durante varios segundos como si el espacio mismo tuviera memoria.
Camila contuvo el aliento, siguiendo con la mirada aquellas curvas suspendidas en el vacío. Una. Otra. Después una tercera antes de que comenzaran a desvanecerse. Flores, conchas fósiles, tormentas; siempre las mismas curvas se repetían una y otra vez, trazadas en el aire por el aleteo pausado de los insectos y talladas sobre la corteza por las vetas concéntricas del musgo.
—No es una falla... —susurró para sí misma, con la piel erizada—. Es una respuesta.
Camila sacó el mapa y el lápiz de grafito. Apoyó el papel contra la corteza del árbol y trazó la primera curva.
El grafito desapareció.
No se borró: la línea retrocedió hacia la punta del lápiz, como si el papel estuviera absorbiendo el movimiento.
Camila volvió a intentarlo. Esta vez el trazo permaneció dos segundos antes de disolverse.
—No —susurró—. No vas a decidir qué puedo recordar.
Miró su mano.
Durante un instante no reconoció los dedos que sostenían el lápiz. Eran más delgados, más viejos. Había una cicatriz en el pulgar que ella no recordaba.
Parpadeó.
La mano volvió a ser suya.
Desde el interior del árbol llegó una voz:
—Visión... cerró la visión con mi sangre...
Camila retrocedió. Era la voz de Mulatos, pero no la de ahora. Era la voz de alguien atrapado en un recuerdo.
—No —dijo, apretando el lápiz—. Yo no soy él.
El bosque comenzó a duplicarse. El mismo tronco apareció a su izquierda, luego a su derecha y después frente a ella. Las flores se abrían y cerraban en una secuencia perfecta: ocho, trece, veintiuno, treinta y cuatro.
Camila intentó anotarla.
El papel volvió a borrarse.
Cerró los ojos. La espiral siguió visible detrás de sus párpados, pero cada vez que intentaba recordarla, una parte desaparecía. Primero el centro. Después la curva exterior. Luego el rostro de Américo.
—No voy a perderlo.
Se abrió la palma con la punta del grafito y hundió la mina en la piel.
El dolor fue inmediato, limpio, verificable.
La primera curva quedó marcada en sangre.
La segunda apareció sobre la piel antes de que ella la dibujara.
Camila se quedó mirando su mano. La espiral ya no estaba solamente en el árbol: parecía crecer bajo su carne, siguiendo las líneas de los tendones.
—Así lo hiciste tú —murmuró—. Así te quedaste vacío.
La voz de Mulatos respondió desde los troncos:
—No mires demasiado tiempo.
Camila alzó la cabeza.
—¿Qué parte de ti te quitaste, Mulatos?
El bosque guardó silencio.
Una luz parpadeó entre los árboles. Por un momento creyó ver a Américo de pie al otro lado de la bruma. Después vio a Mulatos. Después se vio a sí misma, sentada junto al árbol, con la palma abierta y el lápiz hundido en el hueso.
Camila cerró los ojos. La herida seguía allí, latiendo al compás acelerado de sus sienes.
—Eso aún no pasa. Yo estoy aquí.
Cerró el puño con fuerza. La sangre tibia, espesada por el polvo de grafito, resbaló entre sus dedos y goteó sobre el musgo petrificado.
El dolor era punzante, real, innegable. La espiral ya no estaba en el papel ni en la corteza; estaba anclada en su propia carne, bombeando con cada latido.
—No vas a borrarme —susurró Camila hacia la penumbra del bosque.
A lo lejos, quebrando la niebla hacia el oeste, resonó un chasquido sordo de ramas, seguido por el silbido agudo y desquiciado de una turbina oxidada: la señal inconfundible de un dron de Placea fijando un blanco en la espesura.
Camila montó el rifle con precisión y seguridad, apretó los dientes contra el ardor de su mano y se lanzó a la carrera hacia el origen del sonido.