La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 8: El eco del futuro

Al oeste del bosque fracturado, Américo avanzaba junto a Mulatos, quien caminaba en silencio después de un breve descanso. El anciano científico no dudaba en sus pasos, aunque a veces se detenía a tocar la corteza rugosa de los árboles o alzaba el rostro para escrutar las copas petrificadas. Su respiración pausada parecía responder a algo enterrado en el subsuelo, como si mantuviera una conversación sin palabras con la propia anomalía.

—¡Camila! —gritó Américo, ahuecando las manos alrededor de la boca.

La niebla absorbió el eco sin devolver respuesta.

—Vamos a encontrar a Camila, abuelo —dijo Américo, más para convencerse a sí mismo que a su acompañante—. Este bosque no puede ser infinito. Hay que llegar al claro del mapa.

Mulatos ladeó la cabeza.

—El mapa mide metros. Los metros son dóciles; se quedan quietos en el papel. El tiempo no. El tiempo se estira cuando lloras y se encoge cuando bailas.

Américo ajustó la correa de su rifle y sujetó al anciano por el codo para ayudarlo a superar una raíz gruesa.

—Entonces no la buscaré con el mapa —dijo—. La buscaré con lo que el tiempo no sabe esconder: sus huellas, su respiración... y el lugar donde estaba cuando desapareció.

Mulatos lo observó con una atención repentina.

—¿Y si el bosque también cambia eso?

Américo miró hacia la niebla.

—Entonces le recordaré quién es. Camila no es una coordenada, abuelo. Es la persona que estaba conmigo. Y voy a encontrarla.

Un zumbido agudo cortó la bruma a su izquierda. Entre las ramas bajas emergió una esfera metálica flotante. No se parecía a los drones tácticos que sobrevolaban la superficie del Área 0: su chasis era de una aleación pulida y aerodinámica, con un diseño infinitamente más estilizado y avanzado que cualquier modelo militar conocido para Américo, pero su superficie estaba devorada por líquenes negros, óxido y cables expuestos que chisporroteaban estática. Flotaba a tirones, como un autómata zombi condenado a patrullar un perímetro olvidado sin recibir órdenes durante décadas.

El aparato se detuvo frente a ellos. Una lente fisurada giró con un chirrido mecánico y proyectó un haz rojo tembloroso directamente sobre el rostro de Mulatos.

*«Objetivo... Sujeto C-1.1 Confirmado... Ejecutar protocolo...»*, carraspeó una voz sintética, arrastrada y distorsionada por la degradación del modulador.

El cañón retráctil del dron comenzó a desplegarse con un chillido metálico. Américo reaccionó por puro instinto: empujó a Mulatos al suelo y se interpuso cubriéndolo con su cuerpo mientras alcanzaba su arma.

—¡Abuelo! —gritó Américo.

El dron zumbó con violencia, como si intentara acumular una última carga de energía en sus condensadores vacíos. Emitió un agudo silbido de engranajes agarrotados, se sacudió en el aire como un animal herido y cayó inerte sobre el manto de moho. La corrosión interna y los años de humedad lo habían reventado por dentro. El chasis se partió al medio al chocar contra la tierra, desprendiendo una nube de óxido y polvo grisáceo.

Américo se incorporó despacio, jadeando, con el corazón martilleándole el pecho. Se arrodilló junto a los restos y apartó los cables calcinados con la punta de la bota. Por puro automatismo profesional —doce años de catalogar piezas en la terminal—, sus ojos buscaron la placa matriz de aleación para leer el grabado láser: lote de fundición, revisión de arquitectura y sello de manufactura de Placea.

Los caracteres estaban allí, limpios y nítidos bajo el hollín. Pero los dígitos del número de serie y la nomenclatura del chasis correspondían a una línea de producción que el sistema todavía no había diseñado. Su mente procesó los datos a velocidad burocrática antes de que su estómago pudiera reaccionar: estaba leyendo, con perfecta familiaridad técnica, las especificaciones exactas de su propia persecución futura.

Un escalofrío le interrumpió el pensamiento.

—Placea... —susurró Américo, pasando los dedos sobre el metal rugoso—. Nos están buscando en un tiempo que todavía no ocurrió.

Mulatos se desplomó contra un tronco petrificado, apretándose el pecho. El collar de cobre en su cuello empezó a parpadear con un fulgor ámbar desbocado, como un corazón en taquicardia.

A espaldas de Américo, desde los restos destrozados del dron, lo alertó un chasquido agudo.

El dron descompuesto cobró vida en una ráfaga de chispas. Un pulso electromagnético sacudió el aire, abriendo un pitido insoportable en los tímpanos de Américo. El display agrietado del chasis proyectó tres líneas de texto en rojo antes de fundirse:

TRANSMISIÓN DE BALIZA: ACTIVA

COORDENADAS SUJETO N.º 2

COORDENADAS EMITIDAS A RED ENJAMBRE

A lo lejos, en lo profundo de la niebla impenetrable, respondieron tres, cuatro, incontables ecos idénticos. Un coro de zumbidos mecánicos y distantes rasgó el silencio del bosque. Venían hacia ellos.

—¡Tenemos que movernos ya! —gritó Américo, aferrando el brazo de su abuelo para levantarlo.

Mulatos no respondió. Tenía los ojos desorbitados, fijos en la copa de los árboles. Las venas de su cuello se marcaban iluminadas por el destello ámbar del collar.

—Nos encontró... —musitó el anciano en un estertor—. La frecuencia... está entrando.

El suelo tembló. No era un temblor de tierra; era una onda sónica pura y brutal que subió desde las raíces petrificadas. El barro y las hojas muertas se despegaron del suelo, flotando en el aire en suspensión estática.

Américo intentó dar un paso, pero el aire se volvió denso como plomo. La vibración no entraba por los oídos: le taladraba los huesos de la mandíbula y le comprimía los pulmones.

En su muslo sintió de súbito una quemadura de hielo, seca. El búfer de memoria de su madre había entrado en resonancia simpática con la onda del bosque.

Américo llevó la mano al bolsillo por instinto. Al rozar el metal helado, una descarga bioeléctrica le atravesó el brazo y le cerró la garganta con la violencia de un hachazo. El mundo se borró en un fogonazo blanco y cegador.




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